viernes, 28 de febrero de 2014

CORDURA O LOCURA


CORDURA O LOCURA


LA CONFERENCIA


Todos los alumnos están sentados en donde han podido encontrar un lugar. La conferencia del maestro en literatura se retrasó por motivos personales un día. Así que el salón que anteriormente había sido designado para el evento no estuvo disponible al siguiente día. Muy amablemente el maestro preguntó a su público si estaban dispuestos a escucharlo en el único espacio posible: el jardín. Todos dijeron que sí, de por medio iba su calificación. Debían hacer un trabajo sobre la conferencia.

Un lugar muy amplio. Eran las nueve de la mañana cuando inició. La mayoría se sentó sobre el pasto enfrente del maestro. El clima era agradable. Pero de súbito las nubes despejaron el cielo. Un sol abrasador,  tomó posesión como el asistente más allegado. En pocos minutos todos sintieron los efectos. Algunos pudieron colocarse bajo la sombra de un árbol, pero no había suficiente cobijo para todos.

Era temporada de lluvia, Sofía sacó de su bolsa un paraguas, los estudiantes la miraron son extrañeza. Era la única que tenía uno para protegerse. El maestro hablaba sobre el tema de la normalidad. Tomó el ejemplo, dijo: lo normal es lo que hace la mayoría. En este momento la mayoría está asándose, bajo el sol. Bajo este argumento podíamos decir que esto es lo normal,  y que la única persona que se cubre del sol con un paraguas, por estar fuera de la norma, está loca, desadaptada, o fuera de lugar.

 


LUCRECIA


Lucrecia camina por el pueblo durante los días calurosos con un sombrero sobre su cabeza y lentes obscuros. Ella nació y creció ahí, sabe que su forma de vestir confronta a los demás pobladores. El sombrero y lentes son propios sólo de los turistas. Cuando ella pasa, las miradas y sonrisas burlonas la siguen, a  ella no le importa. Hace mucho que aprendió a ignorar los comentarios que no conducen a ningún lado. No necesita la aprobación de nadie, así que sale a la calle como le place, la gente la juzga, la llaman presumida, pero lo único que ella hace es protegerse del sol.

Lucrecia encuentra a su tía en la calle, se saludan. La señora va de casa en casa, vendiendo tamales, el sudor le escurre por la cara, su piel esta requemada, dice a su sobrina que se ve muy fresca, ella le dice que sí, que está muy a gusto con su sombrero y a su vez, le pregunta por qué ella  no usa uno para cubrirse del sol mientras vende. La tía responde que le da pena, que le preocupa lo que digan de ella, que van a decir que es gringa.

Lucrecia sonríe ante la respuesta y le dice: bueno, pues entonces siga vendiendo así.


VANESSA


Vanessa tiene doce años, desde muy pequeña cuando aún no sabía hablar, le gustaban las zapatillas con adornos y muy altas, el maquillaje y el cabello pintado.  Frente al televisor mirando un video de una popular cantante de música pop, bailaba todas las mañanas imitando sus movimientos y vistiéndose con la ropa de su madre.

De pronto se pusieron de moda unos zapatos de plástico y tela con flores, muy angostos y con la punta levantada. En realidad son muy incómodos para caminar, pero ella de todos modos los usa. A Vanessa le gusta siempre vestir a la moda. Al final del día tiene los pies ampollados y doloridos. Se pone un poco de aceite y se los masajea al tiempo que dice: sólo hay una cosa peor que el dolor…perder el glamour.



ARIADNA




Ariadna es una joven delgada y un poco alta en relación al promedio de las chicas de su pueblo. Pero en la ciudad su estatura no sobresale. Siempre ha querido ser diferente, destacar, brillar como una estrella. No quiere ser como las demás pueblerinas.

Se compra zapatillas muy altas y cada que va al pueblo, es un reto a su equilibrio transitar por las calles empedradas, disparejas, llenas de hoyos y polvo. Se contonea tanto que su andar pareciera el de una mujer borracha.

Siempre a la moda con ropa muy entallada para lucir su cuerpo. Pero en su cintura se nota ya, las primeras “llantas” por tanta comida chatarra y refrescos.

Su maquillaje exagerado la hace ver grotesca y su cabello rubio con raíces muy negras sólo la hace ver  más morena de lo que en realidad, es.  Se decolora las cejas, pero sus ojos y pestañas tan negros no pueden ocultarse ni con los pupilentes verdes.

Algunos la miran compasivamente, otros ríen a sus espaldas cuando comprenden que vive cada segundo de su vida, tratando de ser lo que no es. Como prisionera de un disfraz, que solamente ella no es capaz de notar.



LALITO



Dicen que es el loco del pueblo, siempre viste playera de algodón, pantalón corto a la rodilla y una cinta atada a su cabeza de la misma tela del pantalón que deliberadamente rompe hasta hacerlo del tamaño que le agrada.

Por las mañanas suele ir a caminar al cerro, desde ahí ve los amaneceres de cada día. Los contempla tranquilamente, sentado sobre el suelo, pero su mirada se ve más lejana que el horizonte. Callado, apoyando el cuerpo sobre su brazo izquierdo, mientras con el otro brazo abraza su rodilla derecha doblada a la altura de su pecho. La cabeza ligeramente inclinada a la izquierda en actitud contemplativa. Así puede pasar mucho tiempo.

Después de una hora y media regresa al pueblo, no tiene prisa. Llega y se sienta a la entrada de alguna tienda. La gente lo conoce desde hace años, siempre hay alguien que al ir de compras le ofrezca algo de la tienda, él acepta y da las gracias. Espera pacientemente una hora, dos, tres, lo que sea necesario.

A veces espera mucho tiempo y cuando el hambre lo apremia, suele decir a quien atine a pasar por ahí: “acompletame para unas papas”. Cuando le preguntan cuánto necesita, él responde: “todo”. Toda la gente del pueblo sabe que cuando Lalito se sienta en frente de algún lugar en donde se vende comida, es porque quiere comer y es común que cualquier persona le compre sus tacos, su agua o lo que sea que se venda, una vez que come se va del lugar.

Lalito esta siempre en alguna calle del pueblo sentado, viendo pasar a la gente. Los niños le suelen preguntar cosas sobre sus tareas, les divierte preguntarle las tablas de multiplicar, que él responde siempre correctamente. Dicen que de joven era muy  brillante, un excelente estudiante.   

Las personas acostumbran saludarlo por su nombre, él responde con el nombre de la persona, o con el de algún familiar cercano o bien con uno distinto. Por ejemplo a algún niño pequeño puede llamarle como a su abuelo o tío, parece que usa el nombre de la persona con quien le encuentra más parecido. A una señora llamada Juana siempre le dice Inés y cuando ella le preguntó por qué le llamaba así, el respondió que por Sor Juana Inés de la Cruz.

Lalito es una persona pacífica que le gusta caminar por el campo, subir a las montañas y que jamás agrede a nadie, por lo cual es bien aceptado por todos. A veces coincide con otras personas que también gustan de las caminatas, entonces se mantiene a una distancia prudente, si son mujeres generalmente va adelante y si ve que se retrasan se detiene a esperarlas, una vez que llegan al pueblo a salvo, él toma su camino.

En algunas ocasiones la gente suele emplearlo en algún pequeño trabajo, le dan comida y dinero. Aún en las fiestas siempre es bien recibido, se sienta en las mesas como cualquier otro invitado. Después de comer a veces se queda un rato mirando a la gente divertirse o escuchando la música.

Así es su vida desde hace más de 30 años, con caminatas por el pueblo y el cerro. No tiene ninguna preocupación ni prisa de nada. Tranquilamente espera cada día. Sin miedo, sin angustias, sin envidias, sin frustraciones. Tiene siempre todo lo que necesita.

ADELINA


ADELINA


Adelina es la tercera hija de una familia de cinco hermanos. Antes de ella tiene dos hermanas, le sigue otra y por último un hermano. Viven en un pueblo en el que su padre se dedica a la agricultura y su madre doña Licha ha sido ama de casa desde que se casó. Una mujer sumisa, temerosa, incapaz de levantar la voz ni la mirada ante nadie, menos ante un hombre, ni siquiera ante su hijo  

Don Julián es un hombre que piensa que las mujeres no tienen derecho a opinar nada menos aún a tomar alguna decisión, ni siquiera sobre sus propias  vidas. Exige su derecho a ser atendido de inmediato por su esposa e hijas. Nada en su casa se hace sin su consentimiento y cualquier desacato, por pequeño que sea, es severamente castigado. Adelina y sus hermanas mayores le tienen mucho miedo, saben que si no es obedecido puede castigar no sólo a una sino a todas.

En cuanto don Julián llega del trabajo, ellas tiemblan de miedo apenas oyen su voz. Su llegada a la casa no se acompaña de un saludo, sino de palabras altisonantes: “¿dónde están pinches viejas güevonas?”.  Guarda su caballo y sus aperos de labranza. Mira a sus hijas y si falta alguna de ellas de inmediato pregunta a dónde está. Su esposa responde con voz apenas audible y con la mirada hacia abajo. Ella ha sido golpeada por su esposo incontables veces aún sin motivo, sólo porque don Julián esta borracho, o por defender a sus hijas.

Adelina tiembla ante su padre y obedece de inmediato todas sus órdenes, pero ni así se ha salvado de su furia cuando por alguna situación inesperada se le hace tarde para llegar a casa después de salir de la escuela. Entonces no hay explicación que valga. Para don Julián existe sólo su voluntad que debe ser obedecida en todos los casos.

Pero a diferencia de sus hermanas mayores, Leticia la más pequeña no se doblega con golpes. Ella no tiene miedo, el dolor simplemente no le importa. No sólo es desobediente, sino también desafiante. La única que le contesta a su padre y lo mira a los ojos retadoramente. Leticia llega tarde todas las veces que quiere aunque sabe lo que le espera. Una golpiza con el cinturón de cuero de su padre, a veces incluso con la hebilla metálica,  a pesar de ello de sus ojos no sale una sola lágrima. Tiene la espalda marcada por todas las veces que ha sido castigada.

Julián es el único hombre de la familia. A pesar de ser el menor de todos es a quien su padre  concede derechos sobre sus hermanas por el único motivo de ser hombre. El derecho a mandarlas y a ser atendido por ellas. Pero desde los diez años, su padre decidió que era el momento de enseñarle a mandar a las mujeres, a dominarlas por completo y empezó a ordenarle que las golpeara cuando no obedecieran. Que las golpeara sin piedad, tan fuerte como sus fuerzas se lo permitieran, so amenaza de golpearlo a él si no lo hacía bien. Julián no tuvo reparo en hacerlo, disfruta y se ufana de lo que cree es su derecho natural. A la que más ha golpeado es a Leticia

Por la tarde don Julián se va a la calle, en una esquina junto con otros hombres juega a la baraja, apuesta dinero y con frecuencia pierde. Se va a tomar cerveza con sus amigos y los fines de semana se pone borracho en alguna fiesta. Su vicio no le resta ninguna autoridad. Al llegar a su casa se tira en la cama mientras su esposa o hijas le quitan las botas y el sombrero y lo cubren para que duerma. En cuanto despierta exige a gritos su café y sus chilaquiles.

Adelina está harta de su situación. No quiere volver a sentir miedo, escenas como las de su casa las ha visto con frecuencia en las casas de sus tíos. Está convencida de que todas las familias son así, y de que todos los hombres son violentos.  No quiere verse algún día en la misma situación de su madre a quien no sabe si compadecer a reprochar por tanta sumisión. No sueña con casarse y tener una familia. Sólo quiere irse lejos, lo más lejos posible de los hombres. Irse lejos de su casa y de sus padres, pero no tiene demasiadas opciones. La decisión de su padre de permitirle estudiar sólo para terminar la escuela secundaria no habrá quien la cuestione. Para él una mujer no necesita estudios, su destino es el cuidado del hogar y los hijos. Adelina lo sabe, en su interior un deseo de rebelarse crece. Sólo el tiempo dirá si encontrará dentro de sí la fuerza y la manera de escapar del muro que su padre le pone.

LA ROSA BLANCA


LA ROSA BLANCA



He leído este libro varias veces, como muchos de mis libros favoritos. Este es uno de los autores que más me gustan, por su estilo sencillo, directo y  claro, porque puede pintar con palabras las imágenes de las que habla con gran exactitud. Bruno Traven, recurro a él cuando necesito despejar mi mente y relajarme, olvidarme de las complicaciones de la vida y recuperar el camino que me lleva sólo a mí.


Además sus textos son todos tan recientes, como si hubieran sido escritos, hoy mismo. Hablan de las cosas que veo casi a diario en mi país, mi gobierno, mi pueblo. Su mirada observadora muestra con gran detalle formas de vida y de pensamiento vigentes. Comparto un fragmento:


“Los hombres y las mujeres civilizados, todos esos tan orgullosos de su alta cultura y avanzadas ideas, gozan de los complicados aparatos de estos días, gozan de las complicadas máquinas que parecen tener cerebro humano y se creen felices porque poseen una radio de onda corta, un aparato de televisión o aviones gigantescos en los que pueden viajar con la comodidad y lujo de un hotel de primera clase y llegar de New York a Londres en veinticuatro horas. Nosotros admiramos y gozamos de los hermosos y maravillosos productos de estos tiempos, porque hemos perdido nuestra verdadera patria. La pérdida de nuestra patria nos deja tan lisiados que podemos soportarla nada más porque nuestra mente se ha vuelto tan perezosa que no le es dado reconocer su magnitud. Para poder olvidar nos intoxicamos, tratamos de borrar nuestras penas, nuestras tristezas, con gasolina que se traduce en velocidad, en rapidez. Tan intoxicados estamos, tan nublada se encuentra nuestra mente, que cada vez necesitamos de mayor velocidad para huir de las interminables penas de nuestro corazón y de nuestra alma”.  (pág. 287-288).



La lectura me remite inevitablemente a mi propia vida. ¿Cuántas de las cosas que poseo en esta que es mi casa me son imprescindibles para vivir y ser feliz? Si soy honesta conmigo misma debo decir que  no muchas. La mayoría de ellas están aquí por la comodidad que me proporcionan, por el esfuerzo físico que me ahorran o simplemente porque me gustan.


¿Cuando empecé o codiciar tener una computadora, una casa, ropa, dinero, viajes? Sí, no hay duda, en aquél momento en que vi que otros lo tenían. Porque de algo estoy segura en el mundo en que viví de niña todo esto no era importante.


Los niños de hace algunos años, poseíamos tan pocas cosas, tan pocos juguetes, que teníamos que inventar nuestra diversión, con las cosas simples que había en la naturaleza. Si, parte de la diversión era crear las cosas con las que jugábamos. Crear barcos de papel, autopistas de tierra, hacer ropa para las muñecas, incluso hacer las muñecas. Ahora esto ya no es necesario, los carros caminan con baterías, las muñecas se venden con todo su set de cocina, sala, ropa, etc.  No hay necesidad de crear nada. El tiempo que los niños de mi generación empleaban en crear, ahora los niños lo emplean sólo en exigir más y más, lo último en tecnología de diversión, incluidos celulares y juegos de video. No hay necesidad de esforzarse todo está hecho ya.


En 20 años la vida dio un cambio tan veloz que es imposible estar al día en nada. Y muchas de las cosas simples de la vida ya no existen. Por ejemplo, un niño ahora no puede jugar a atrapar luciérnagas en las tardes de verano de julio y agosto, por una sola razón, ya no hay. Hoy día los cultivos también se han modernizado. Anteriormente no se utilizaban abonos químicos,  pesticidas, herbicidas o fungicidas. Sin embargo, ahora tienen que ser  aplicados en mayor o menor medida, si se quiere obtener una cosecha. Colateralmente, esta práctica ha exterminado algunas especies de plantas e insectos. Entre ellos las hermosas luciérnagas, tras las cuales mis hermanos y yo corríamos cada tarde para atraparlas. De modo que los niños hoy, no pueden maravillarse con esa luz que se encienda y apague  entre sus manos. Tampoco podrán jugar a cazar mariposas, porque si bien estas todavía revolotean por los lugares húmedos, a las orillas de las barrancas que se desbordan de agua en las temporadas de lluvias ya no lo hacen en demasía, hoy son muy pocas. Mucho menos podrán jugar a dejarse mojar en el agua de las barrancas, porque la desforestación ha hecho que el agua corra solamente cuando llueve y después todo está tan seco como si la lluvia no hubiera caído jamás. Además la mayoría de las barrancas están contaminadas por la basura que la gente arroja en ellas y por las aguas negras que en ella se desechan.


Ya los niños no acostumbran ir al campo, ahora se encuentran prisioneros de la tv, de la internet, de los juegos 3D, de la exbox o,  de las películas cada vez más avanzadas en efectos especiales y violencia ,y más recientemente de las redes sociales virtuales como el  facebook  y de los celulares. Ya no son capaces de vivir la vida sin consumir lo que la tv., les anuncia, quieren siempre más de algo que es completamente ajeno a ellos. No son capaces de contemplar la belleza de un atardecer, de contemplar la enorme diversidad de insectos y plantas que a su alrededor se encuentran. Menos aún pueden distinguir una planta de otra. Confunden las moscas con las abejas, las arañas con las cucarachas. Han perdido el contacto con la tierra, no pueden cultivar una planta, regarla, abonarla, quitarle la yerba.  Incapaces de ir a campo traviesa, ni escalar una montaña, o de orientarse en la soledad del campo, teniendo como única referencia el sol. Su diversión les exige únicamente estar sentados o manipulando un control, la falta de ejerció físico les ha hecho incapaces hasta de echarse una maroma en el pasto o trepar un árbol.


Primero comenzamos a cultivar el campo con abonos químicos. Después a comprar cosas artificiales para nuestra casa, trastes de plástico, manteles de hule, todo desechable.  Enseñamos a nuestros hijos esa cultura del consumismo, de la comodidad, del menor esfuerzo y ¿qué es lo que hemos conseguido? Solamente niños débiles de cuerpo y de mente, niños que se enferman por nada, niños que no saben afrontar retos, niños flojos que ni siquiera corren para su propia diversión, niños obesos con pésimos hábitos alimenticios, niños mal nutridos y poco aptos para sobrevivir el mundo adverso que estamos creando con la falta de respeto a la vida y a la naturaleza.  


¿A  dónde nos lleva esta carrera contra nosotros mismos? Corremos desesperadamente sin mirar atrás, sin mirar lo que dejamos. Sin darnos cuenta de que tal vez estamos dejando lo más valioso para ir en pos de algo que tal vez brille más pero que no puede llenar nuestro corazón de satisfacción. Corremos viendo que el vecino está alejándose de nosotros,  sin preguntarnos si queremos llegar a ese lugar a donde la mayoría se encamina. Corremos para no quedarnos solos en un lugar, pero no logramos escapar de la soledad,  porque todos corren sin mirar ni esperar a nadie. Cada uno persiguiendo un fin individual, un beneficio personal. Sin preguntarnos si será ese el mejor lugar para nosotros, corremos porque los demás corren, sin escuchar la voz de nuestro propio corazón.


Hay cientos de personas con millones de “amigos” en las redes sociales, gente que nunca sale de su casa, que ni siquiera saluda a su vecino, ni interactúa con familiares ni amigos reales. Gente incapaz de socializar, que incluso al lado de su pareja se encuentra absorto pendiente de los mensajes de su celular. Millones de amigos en la red, tal vez uno, en la vida real. Inmersos en una vida de apariencias en la que ocultan su enorme soledad.


Pero como sociedad nos sentimos orgullosos de las maravillas de la tecnología, de la rapidez con la que podemos comunicarnos con millones de personas en cualquier parte del mundo, de la posibilidad de saber lo que ocurre al otro lado del planeta en el momento mismo en que ocurre un evento. Una tecnología que nos lleva muy lejos, cada vez más lejos, aún de nosotros mismos.


jueves, 30 de enero de 2014

CARTA A MIS LECTORES




CARTA A MIS LECTORES   II



Henos nuevamente aquí, un año más ha concluido. Durante este tiempo he recibido muchos más comentarios de los que podía haber esperado y desde los lugares más remotos a pesar de que parece que no pueden escribirlos directamente en el blog, muchos de ellos me son reenviados, incluidos comentarios que se dan en el facebook o twitter.


Ha sido un año en que si bien a veces parecía que se me habían agotado las ideas para escribir, cuando se llegaba la última semana de cada mes, mi parte creadora entraba en acción, escribiendo rápidamente lo que no había hecho en todos los días previos. Aún con los inconvenientes que la vida me presenta, siempre he podido cumplir mi meta en cuanto lo que me propuse escribir cada mes.  A principios de año pasado  no pude publicar porque mi computadora colapsó sin remedio, igual ha sucedido en esta ocasión en que por mes y medio me he quedado sin mi herramienta de trabajo vital.


En esos días, enfocada a conseguir el dinero para una nueva computadora no tuve la oportunidad de escribir. Sí ya sé que algunos dirán que se puede escribir a mano, y yo también puedo escribir a mano, pero no el tipo de textos que tengo en mi blog. Para ellos necesito atrapar las ideas rápidamente y después irlas estructurando, lo cual sólo puedo hacer en la privacidad y tranquilidad de mi casa y con la ayuda que me permite la computadora.


Dar rienda suelta a mi parte creadora se ha vuelto una necesidad que durante esos días vi completamente frustrada.  Las súplicas desesperadas, pidiéndome seguir escribiendo me divierten, quizás, porque es la misma desesperación que siento yo por no poder escribir. Escribo por el gusto de escribir. Pero ser una escritora que no recibe un peso por lo que escribe, tiene sus inconvenientes. El tiempo que puedo dedicar a esta actividad es muy poco. Y quizás por ello, mi satisfacción cuando leo los comentarios de mis lectores es mayor. Gente de todas las edades, desde especialistas de la literatura, del arte, de la música, de los medios de comunicación, antropólogos, historiadores e incluso personas que se declaran no aficionados a la lectura, pero que una vez entran el blog, no pueden dejar de seguirlo.

Algunas colegas escritoras han encontrado en mi blog una motivación para atreverse a publicar sus propios textos. Hay quienes me comparten no haberlo hecho por falta de dinero. Hay quienes dicen que el mundo se mueve con dinero. Puede ser, todo depende del mundo que quiera moverse. Pero yo he descubierto que hay un mundo que puede moverse a través de la escritura de palabras.


Algunas personas todavía creen que los relatos sobre gente indígena son exagerados o fuera de época, a mí me haría muy feliz que eso fuera verdad. Pero sólo describo lo que otros no pueden ver con sus propios ojos. Organizaciones internacionales que han trabajado con comunidades marginadas en México, pueden dar fe de ello, del mismo modo que lo hace una lectora de quién les compartiré sus palabras textuales en face book: “a mi me gustó el reportaje sobre la megamentira que es la falsérrima Cruzada vs el Hambre. Nada que ver con la realidad. Yo estuve como Atenea en un pueblito cercano de Coatza, en Veracruz y no fuimos a ninguna comunidad asegún porque no había condiciones. Pero eso sí nos llevaron en camionetas de lujo de SEDESOL al cierre de actividades en ese estado. Un asco. Dales duro atenea”


Por lo demás, tampoco pretendo convencer a nadie de nada. Mi único objetivo es compartir lo que veo, oigo, siento e imagino. Cuando mis lectores me escriben que algún texto mío los hizo reír, llorar, sufrir, entristecerse, enojarse, indignarse,  incluso perder el sueño o simplemente pasar un buen rato con familiares y amigos, entonces sé, que estamos en el mismo canal.


Al lector que me pregunta de dónde saco los textos que publico en este blog, le aclaro que no los saco de ningún lado más que de mi mente. Todos son creación mía y este es el primer lugar en que se han publicado. Soy una lectora, escritora, madre, estudiante vitalicia, subempleada y mis múltiples responsabilidades, aunadas a las presiones económicas y de tiempo sin duda pueden influir en que algunos textos estén mejor logrados que otros. No tengo la posibilidad de dedicar demasiado tiempo a escribir, cuando mucho dos horas al día, aunque no todos los días. No obstante creo que cada uno de los textos es lo suficientemente bueno para compartirlo.


 En general, todos los textos son escritos durante el mes en que los subo al blog, a veces incluso, muy pocos días antes, sobre todo cuando problemas de salud míos trastocan el orden de mi vida. Pese a los inconvenientes que puedan retrasarme en publicar, seguiré escribiendo.


Un saludo a todos los lectores que han tenido la atención de escribirme sus comentarios y que constantemente están pendientes de lo que público: Perú, Chile, Colombia, Argentina, España, Grecia, Ucrania, E. U., Haití, Holanda, Suiza, Islas Azores, El Salvador, Uruguay y por supuesto todos los estados de México. 



Agradezco a mi creador la posibilidad de tejer redes  de  palabras.

 Agradezco las  palabras que animan mi espíritu.

 Agradezco a mi espíritu la capacidad de ver, sentir, oír e imaginar.

 Agradezco a la vida la oportunidad de estar aquí.


Atenea del bosque

CAMINATA NOCTURNA




CAMINATA NOCTURNA

Los primeros días de mayo son los más calurosos, incluso el viento se siente como una ráfaga caliente que en lugar de refrescar abochorna más. Durante el día los rayos de sol caen despiadados sobre los techos de las casas sobrecalentando el interior. Para cuando llega la hora del reposo nocturno, descansar sobre la cama es imposible. Cinco minutos recostada son suficientes para sudar copiosamente. Las sales eliminadas de manera natural por el cuerpo, irritan la piel del cuello y de la cara. Una molesta picazón me hace levantarme continuamente a limpiarme y refrescarme pasando una toalla húmeda en dichas partes. Muchas veces no es suficiente, se hace necesario entrar al baño a ducharme. Así, escurriendo de agua, para mantenerme fresca el mayor tiempo posible vuelvo a la cama a tratar de dormir. Mi cabello largo y abundante me mantiene fresca el tiempo suficiente para conciliar el sueño  y lograr un reposo de por los menos dos horas antes de despertarme nuevamente empapada de sudor.

Así son las noches de mayo previas a las primeras lluvias de la temporada. Calurosas, sofocantes, de sueño interrumpido. Por eso aquél sábado por la tarde en que escuché que mi padre y mi hermano irían de cacería después del anochecer les pedí que me permitieran acompañarlos. Desde niña conocí el campo, los cerros, pero nunca había caminado por ellos en la noche, esa era la oportunidad perfecta para hacerlo, en lugar de quedarme en casa frustrándome en tratar de conciliar el sueño. Ellos accedieron a llevarme de modo que fui a ponerme ropa adecuada para la ocasión.  

Me vestí con pantalón y camisa de manga larga, ambos obscuros para mimetizarnos en la oscuridad de la noche y no ser descubiertos por las posibles presas antes de tiempo.  Zapatos de montaña, de preferencia botas, puesto que en el campo habitan las serpientes de cascabel cuyo veneno resulta mortal para los seres humanos. Además había que cuidarse de arañas capulinas y alacranes que también pueden ser mortales. No podía faltar una botella de agua y por supuesto, una lámpara.  

Después de cenar estuvimos listos para la aventura. Iniciamos nuestro recorrido cruzando el pueblo, para internarnos en la selva. Desde el inicio me dieron las instrucciones que debía seguir para evitar cualquier accidente: ir en silencio, no retrasarme, ir siempre detrás de las personas que llevaban un arma (o sea, mi hermano y mi padre). Debo aclarar la importancia de acatar estas medidas porque ha ocurrido a otras personas que se separan para cazar, que han llegado a matarse entre sí por confundirse con algún animal. Sucede que en la noche, en medio de la oscuridad densa del follaje, lo único que puede verse brillar son los ojos. Pero los ojos humanos pueden confundirse con los de otros mamíferos y depredadores como el puma o gato montés. Por instinto un cazador dispara de inmediato y sólo después verifica a lo que le ha disparado.

He vivido en el campo toda mi vida, así que sé perfectamente las razones de todas las indicaciones que me dieron, por lo que las acaté al pie de la letra. No pensé jamás en cuestionar ni poner en duda un conocimiento ancestral que me era transmitido para mi propia seguridad. 

Después de caminar media hora por el camino estrecho, nos metimos entre las milpas, o mejor dicho, lo que quedaba de ellas después de haber sido cosechadas. Había apenas un poco de rastrojo. En ciertas zonas húmedas, crece un pasto muy verde, ahí exactamente es hacia donde nos dirigimos. Un poco de pasto verde es un manjar para los conejos cuando todo lo demás está seco.  Cuando la tarde se despide es el momento en que aprovechan los conejos para ir por su comida. Sin los ardientes rayos del sol acosándolos, salen de sus madrigueras confiando en la seguridad de la noche. 

Caminamos por entre los surcos, saltamos cercados y llegamos al sitio. Íbamos en silencio para sorprender a las presas. Mi padre iba a la cabeza, el tirador más experto y rápido, se desplazaba con sigilo. A veces volteaba hacia nosotros, asegurándose de que todo estuviera bien. De vez en cuando, al escuchar algún ruido, con la mano nos hacía una señal para que nos detuviéramos, mientras él avanzaba con mayor cautela. Después nos invitaba a seguirlo nuevamente. 

Pronto llegamos al lugar del pasto verde, nos quedamos quietos y en silencio por un gran rato, esperando a la presa. Un disparo inesperado me hizo sobresaltarme. Un tiro preciso, nos acercamos al lugar que mi padre señalaba, sobre el suelo vi un conejo tirado en sus últimos estertores. Un espectáculo violento y desagradable a mis ojos. Algo en mí está en desacuerdo.

Me sobrepongo al momento, quizás no es la mejor de las muertes, pero lo cierto es que, así es como el alimento llegó a mi mesa por muchos años. Mi padre parece acostumbrado a esta clase de incidentes. Lo recoge y lo mira satisfecho al comprobar que es un macho. Sólo lo he escuchado lamentarse de su caza cuando la presa es una hembra que está amamantando a sus crías o que está preñada. Lo guarda en su morral, aprovecha para tomar un poco de agua y nos vamos del lugar. Después del disparo, es seguro que por lo menos esta noche, no se acercará ningún otro animal.
 
Seguimos avanzando en silencio, nuestros ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, creí que sería más difícil ir por un terreno irregular, pero fue más fácil de lo que esperaba. Además la luna había llegado a lo más alto, la noche era tibia, demasiado tranquila. Después de dos horas y media de andar nos encaminamos hacia la casa. Habíamos rodeado medio pueblo atravesando milpas y cercas.

Llegamos a un lugar en el que mi padre nos previene para tener especial cuidado. Hay muchos alacranes, dice, y por lo mismo debemos poner cuidado cuando apoyemos nuestras manos en las piedras de la cerca. Una advertencia muy oportuna. Bajo la luz de la luna vi muchos alacranes caminando sobre las piedras, lucían fosforescentes. Me sorprendí al verlos, nunca imaginé que bajo la luz de la luna brillaran de esa manera. Es la primera vez que los veo en esas condiciones. Todas las veces anteriores los he visto con la luz del día o de algún foco en el interior de una casa. Me pregunto, ¿cuantas cosas más pueden verse diferentes en la noche?



Me gusta ir con mi padre al campo. Me sorprende su sabiduría impresionante. Me explica tantas cosas de los árboles, las flores, los animales, los lugares donde hay mayor peligro y yo me pregunto ¿De dónde o de quien proviene su sabiduría? De la escuela no, eso es seguro pues sólo cursó el primer año de primaria…

Llegamos a casa a las dos de la mañana. Yo estoy un poco cansada, pero satisfecha por la experiencia. Sorprendida de todas las cosas que todavía puedo aprender de mi padre. Maravillada de la fluorescencia de los alacranes. Del brillo esplendente de la luna. De andar en la oscuridad y ser capaz de adaptarme…

Me cambio de ropa y me meto a la cama. Muy relajada me duermo sin dificultad. Un día con otras sorpresas me espera.

lunes, 9 de diciembre de 2013

PALABRAS DESDE LA AUSENCIA

 
 
 
En una tarde fría, después de realizar algunas compras en el centro de la ciudad decido tomar un descanso. Ha sido un día agitado, las tiendas tan llenas de gente me hacen recordar la expresión: ”un hormiguero no tiene tanto animal” del sarcástico cantautor mexicano Chava Flores, en su canción Sábado Distrito Federal cuando se refería a los lugares saturados. Sonrío cada vez que lo recuerdo. Y siempre que oigo sus canciones vuelvo a reír como la primera vez que lo escuché.

Entro en un café casi vacío, el ambiente  es tranquilo con música clásica de fondo. Ubicado en un edificio histórico, tiene paredes gruesas que aíslan del ruido. Pido una tisana. Mientras me traen mi orden, leo un libro. Algunos vendedores ambulantes, entran furtivamente a ofrecer sus productos, artesanías, collares, pulseras o dulces. Rechazo sus ofertas, apenas tengo lo suficiente para pagar mi tisana. 

Entra una mujer alta y delgada, ataviada con falda larga de vistosos colores, muchas pulseras en ambos brazos que a cada movimiento suenan cual cascabeles. En la cabeza lleva una pañoleta de cuyos bordes cuelgan pequeñas monedas. Su andar es como una danza continua. Con paso decidido va hacia mí. Adivino que quiere leerme la suerte. No tengo ánimo para escuchar sus “predicciones”. Me saluda sonriente, se sienta a un lado de mi y dice: “tengo un mensaje para ti”. La escucho sin interés, esperando sólo el momento de aclararle que no tengo dinero para pagarle sus servicios. 

Ella cierra los ojos, como en un intento de concentrar su atención. Me dice: “escribe lo que voy a decirte”. Aprovecho para aclarar que no puedo darle dinero. Me dice que no va a cobrarme. Que necesita darme un mensaje. Me repite que escriba. Pido al mesero una hoja y de mi bolsa saco una pluma. En ese momento ella se queda con la mirada ausente y comienza a decirme lo siguiente:

 
 

PALABRAS DESDE LA AUSENCIA
 

A mi muy querida bisnieta: Atenea 

Es verdad que nunca pude imaginarme todos los descendientes que algún día vivirían gracias a mi paso por la tierra. Ahora recién me entero que se ha hecho una gran familia. Lo cual no pude yo jamás pensar, porque viví un momento en que las familias en lugar de crecer, desaparecían. Yo misma en el transcurso de la guerra perdí la vida, lo mismo que mis demás hijos. 

La vida, era una lucha cada día, y no hablo sólo de la guerra que se libraba en el país, era en todo: permanecer vivo, buscar el pan diario, el agua, el resguardo. No había nada que pudiera ser seguro. Cada quién tenía que luchar por sí mismo en condiciones de gran escasez. Hice tanto como pude. Protegí a mis hijos hasta donde pude. No siempre lo logré, dos de ellos murieron con “fuegos en la boca” sin que yo tuviera manera de curarlos. La infección se propagó dentro de sus bocas, propiciada por la falta de agua; que no nos permitía la higiene necesaria, y por la desnutrición que era resultado de la falta de comida. Ardieron en fiebre varios días, hasta que llegó el momento en que ya no pudieron ni siquiera beber agua. Murieron en mis brazos ante mi impotencia de no poder ayudarlos. Y ni siquiera tuve tiempo de llorar mi dolor, tan sólo poco después de enterrarlos me vi obligada a  continuar huyendo para salvar a la única hija que me quedaba. Sus vidas se perdieron como las de otros muchos, y sus restos yacen en algún lugar de esas bellas montañas de las que yo no pude disfrutar porque siempre anduve huyendo. 

Hoy sé gracias a tu carta, que mi lucha no fue en vano. Me fui de la vida, sin saber si mi hija lograría sobrevivir. Sin saber por cuánto tiempo continuaría el infierno de la guerra. Sin saber si algún día la  vida de los campesinos como yo mejoraría. Sin saber si algún día no faltaría la comida de cada día.  Hoy sé gracias a ti, que la familia es enorme. Y ni remotamente puedo imaginarme la vida que ahora tienen, pero que estoy segura, debe ser mejor que la que yo tuve. 

Me alegro de haber tenido una bisnieta fuerte y valiente como tú, que puede caminar y disfrutar las montañas en lugar de tener que esconderse en ellas. 

Te pido que no dejes de disfrutar de todas las cosas por las que tus antepasados lucharon y perdieron la vida. Te pido que nos honres con el amor a la tierra y a la vida. Te pido que seas feliz y que heredes a tus hijos el amor. 

Que desde donde yo estoy me sentiré feliz de saber que hoy crecen cosas maravillosas donde un día sólo hubo hambre, muerte y destrucción. 

Te bendigo para siempre a ti y a tus descendientes. 

Tu bisabuela: Constanza. 

 
 
 
Una vez que termina, la mujer se levanta, se despide y se va sin darme oportunidad de preguntar nada. Sorprendida, levanto la hoja y vuelvo a leerla. Es la respuesta de la carta escrita a la bisabuela que no conocí. 

No entiendo nada, pero en mi mano yace la respuesta a una carta que recién escribí a mi bisabuela muerta hace años. Esto que acaba de pasar me da vueltas en la cabeza. No tiene explicación lógica. No puedo concentrarme en leer mi libro, así que tomo mi tisana lentamente, mientras incrédula miro la carta que tengo en mis propias manos. Me voy a casa preguntándome si padezco alucinaciones. Decido no comentar nada a nadie. No hay necesidad de dar a la gente argumentos para que crean que estoy desquiciada.

jueves, 5 de diciembre de 2013

EL ENCANTO


EL  ENCANTO


Era una fría noche aquélla víspera  del año nuevo. La gente se preparaba para celebrar con alegría por todas las cosas obtenidas en el año transcurrido y plantearse sus nuevos objetivos. Todos estaban felices, con sus familiares y amigos. Pero en esta ocasión los planes míos eran diferentes. También realizaba preparativos, pero no para la cena. No iba a quedarme en casa, más bien pensaba en tener una aventura fuera de ella.


Papá con frecuencia me hablaba acerca de algunas leyendas del  pueblo, que si se aparecía el fantasma de algún muerto a una determinada persona para darle algún mensaje, que había almas penando en las calles o en el cerro, que alguien había visto al diablo y había tenido un pacto con el, o que alguien había sido obsequiado con riquezas por su bondad. Desde pequeña escuché esas historias mezcla de fantasía y verdad, en donde al final nadie podía distinguir la una de la otra. Lo cierto es que esta vez, estaba dispuesta a ver qué tanto había de verdad en una de ellas.


Como en muchos lugares del país, se decía en mi pueblo de cierto lugar en donde justo a la media noche del año nuevo, el cerro se abría dejando ver una cueva en la que se hallaban una cantidad incontable de tesoros. Por generaciones esta leyenda de propagó de padres a hijos, sin que nadie osara atreverse a corroborarla. Pues todos temían caer presos de un hechizo que los mantuviera paralizados dentro de la cueva un año.


Algunas veces cuando acompañaba a mi padre al campo, pasé por ese lugar, donde había una larga pared de rocas compactadas que eran sostenidas por largas raíces de arboles gigantes. En la parte central del muro podían apreciarse inscripciones antiguas, hechas con una pintura roja que los siglos no habían podido borrar. No obstante que mucha información de mis ancestros se transmitió oralmente, nadie sabía el significado de dichas inscripciones.



Este sitio fue el que inspiró nuestra aventura. Según la creencia. Sólo por breves instantes se abriría la cueva encantada justo ese día en punto de la media noche. Era una experiencia atrevida y desafiante para muchos. No cualquiera podía arriesgarse a quedar hechizado y morir al paso de un año, o exponerse a encontrar algún ser maléfico de otro mundo, o bien ser atacado por algún animal salvaje habitante de la selva en medio de la oscuridad y la soledad más profunda. Así que invité a varios de mis primos a participar, a sabiendas de que la mayoría rechazaría la propuesta presa de sus temores. Tal como lo supuse, la mayoría de ellos, temerosos de lo sobrenatural pero sobre todo de la posibilidad de no regresar jamás, se negaron a ir. Así que, solamente siete fuimos los valientes atrevidos dispuestos a constatar qué de cierto tenía esta leyenda.




Decidimos que partiríamos hacia el sitio a las 9 de la noche, para así ir con calma, y esperar en el lugar indicado a que las campanadas y los cuetes señalaran la media noche. Sin duda, el clima era de máxima emoción y misterio. Algunos familiares temían que algo grave nos sucediera por curiosos, pero ningún temor ajeno nos hizo desistir de nuestro plan. Así que preparamos un caballo, nuestros abrigos, y todo lo necesario para hacer fuego, un poco de comida para celebrar el nuevo año y un rifle por si encontrábamos un animal salvaje en nuestro camino, y así a las nueve en punto partimos hacia nuestro objetivo.


La noche estaba especialmente hermosa, las estrellas brillantes parecían saltar de alegría iluminando el firmamento. La luna era un enorme y rojo círculo de fuego, y como una buena madre parecía ir detrás de nosotros para protegernos. Ese día coincidía la luna llena. Caminamos a ritmo natural hacia la orilla del pueblo y al iniciar por el sendero que nos conducía al encanto, pudimos escuchar y sentir el impacto de los rugidos de los animales salvajes, tales como tlacuaches, coyotes, lobos, aves nocturnas como lechuzas y muchos más que simplemente no pude identificar porque era la primera vez, que yo iba al campo en la noche.  A lo lejos, en lo alto de la montaña se escuchaba un poderoso rugido, sin duda era el de un puma.


Ciertamente parecíamos estar dentro de una película de suspenso. Los árboles cubiertos por su propio follaje, por plantas parásitas y por bejucos que se habían colgado de sus ramas parecían formar figuras humanas acechantes, monstruos o cualquier cosa que pudiéramos imaginar. Se completaba el ambiente con el crujir de las ramas secas al romperse con nuestros pasos. A veces veíamos un par de ojos brillando en la oscuridad y antes de poder averiguar a quién pertenecía, desaparecían acompañados del ruido de unos pasos alejándose a toda velocidad. Sin duda, alguien tenía tanto o más miedo que nosotros.  Algunos parecía sentir miedo, pero yo disfrutaba de los sonidos de la naturaleza viva y del olor a tierra y hierba mojada, algunos árboles y flores tenían un aroma exquisito, a veces reconocíamos el olor de alguna planta o flor, a veces el de la madera de un árbol, e incluso el de algún insecto, como el del jumil. Los aromas cambiaban tanto como lo hacía el paisaje a cada instante. Mientras avanzábamos la conversación se centró en el relato de diversos anécdotas divertidos y de cómo nos asombraba que algunos no se habían atrevido a venir con nosotros por miedo. Simplemente nos  parecía  insólito que la gente tuviera miedo de salir al campo a la media noche hacia un lugar supuestamente encantado.


Después de caminar aproximadamente 40 llegamos a nuestro destino. Un lugar impresionante, un claro en medio de la densa selva, lleno de misterio. En el lado oriente se levanta una muralla natural de piedra caliza, aproximadamente de 10 metros de alta. Entre las piedras que la misma naturaleza ensambló de manera perfecta, se aferran las raíces de un amate amarillo enorme. Un lugar llama la atención, se trata de una de una chimenea entre medio de la piedra caliza. A simple vista pareciera estar hecha por el hombre, porque incluso en su interior es negra como el humo que se impregna en las paredes cuando se cocina con leña, pero al acercarnos y pasar las manos por las paredes, nos dimos cuenta que toda esta coloración se debe a los minerales que a través de millones de años se han adherido a la roca por el escurrimiento del agua que proviene de la lluvia. También en las rocas encontramos dibujos rupestres, los cuales nos hablan de nuestros ancestros que algún día estuvieron en este sitio como nosotros. Se reconoce un sol, unas figuras humanas sobre un animal, y algunos animales silvestres como conejos y venados.


Al llegar al encanto, un viento fresco movía las hojas de los árboles, nos sentamos sobre una piedra y desde ahí escuchamos los festejos de las poblaciones aledañas. Curiosamente todos los sonidos se percibían como si provinieran de  muy cerca. Se oía la música de lo que sin duda era un baile. Y sobre todo los coyotes que tienen distintas voces parecían estar a unos cuantos metros con su aullido prolongado. Había bastante luz de luna sobre nosotros, no fue necesario encender el fuego, porque tampoco hacía demasiado frío. Así que mirábamos el reloj impacientemente con frecuencia   mientras charlábamos sobre cualquier cosa. Todos nos conocíamos porque éramos primos, pero creo que fuera de esa experiencia no teníamos demasiado en común.


Todo estaba demasiado tranquilo, parecía que el tiempo transcurriera muy lento para nosotros. De pronto se anuncio la media noche, por todos lados se lanzaron cuetes y luces de bengala, sonaron las campanadas y de súbito a espaldas nuestras, en una cavidad en forma de óvalo entre la muralla de piedra caliza se encendió una luz. Para sorpresa y asombro de todos los presentes que no creíamos que verdaderamente algo mágico pudiera ocurrir de verdad. Todos volteamos a mirarla, y fuimos hacia ella, con zozobra e incredulidad. Era luz era pequeña como la flama de una vela, no sabíamos de donde había surgido, no sabíamos cómo es que brillaba aislada dentro de  esa cavidad. Revisamos todo alrededor de ella, tratando de buscar una explicación, pero simplemente no la había. Nadie pudo haberla encendido porque no era de fuego y porque todos estábamos por lo menos a 5 metros de ella cuando apareció. Nos quedamos mirándola atentamente, había transcurrido cerca de un minuto y la luz seguía brillando. Uno de mis primos se atrevió a acercarle la mano y con sorpresa dijo que no quemaba. Retiraba y acercaba la mano y no le sucedía nada. Su hermano quiso  tocarla y fue entonces cuando se dio cuenta que la luz emanaba de una pequeña piedra caliza. Al tomarla entre sus manos la luz se extinguía y al regresarla a su lugar volvía a encenderse. El primero de mis primos tomó la piedra entre su mano y la cerró. A pesar de ello la luz seguía encendida y podía verse traspasando su piel. Cuando el segundo de mis primos la tomó en su mano, la luz nuevamente se apagó. Pudimos comprobar que sólo con el primero de mis primos la luz se mantenía encendida sin importar que su mano estuviera abierta o cerrada. No sé cuánto tiempo duró esta luz, tal vez cuatro o cinco minutos, finalmente se extinguió. Solamente quedó la piedra, la cual todos revisamos sin encontrarle nada de extraordinario. Se trataba de una piedra caliza tan común como la grava que se utiliza en la construcción de casas. Después de lo que presenciamos, por unanimidad decidimos que  esa piedra debía quedar bajo el resguardo de la persona con quien la luz no se apagó.


Habíamos contemplado un hecho completamente insólito y único. Estábamos seguros de que fuera de nosotros que lo habíamos mirado, jamás nadie nos creería. Regresamos al pueblo sorprendidos, incapaces de comprender lo que pudimos mirar. Sin tener una explicación, desconcertados porque aquello rebasaba toda lógica de lo posible. Cualquiera sin duda podrá decir que es un cuento inventado por nuestra imaginación. Pero lo cierto es, que todo ocurrió tal y como lo he relatado, y de eso fuimos testigos siete personas, que se atrevieron a ir a lo desconocido sin saber que podían encontrar.


Esa fue la única ocasión que fuimos al encanto a media noche, y la piedra que alguna vez tuvo una luz mágica aún se encuentra resguardada, como prueba tangible de que esto no fue un sueño, aún y cuando nos sea imposible demostrar la veracidad de este relato. Así que si esta historia real llega a conocerse, todos absolutamente creerán que es solamente una más de aquéllas leyendas que en mi pueblo van de boca en boca y que todos escuchamos con el interés y el agrado con que escuchamos un cuento de hadas, de seres fantásticos o de los reyes magos.


Pero yo sólo puedo decir que en esta vida ocurren demasiadas cosas para las que simplemente no se encuentra ninguna explicación. Vivimos en un mundo lleno de misterios, donde cosas invisibles han existido desde siempre. Nuestra vida puede estar llena de sucesos inesperados y milagrosos. Comprensibles o no pueden ocurrir a cualquiera, ni la naturaleza ni el universo están limitadas por nuestra capacidad de comprensión. La magia de la vida puede estar muy cerca de nosotros, mucho más de lo que pensamos y tal vez, lo que presenciamos es sólo una muestra de que el universo de lo invisible e inexplicable veces hace contacto con nosotros. O quizás es la muestra de que la magia puede estar dentro de cada ser humano esperando a que la descubramos. Tal vez proviene desde lo más profundo de nuestro corazón. Y quizás si aprendemos a desear cosas bellas, esta magia pueda transformar nuestras vidas.