lunes, 31 de octubre de 2016

ELENA



ELENA


Ella es originaria de uno de los estados más pobres de la república. Tiene seis hermanos. Es la mayor de las mujeres, dos hermanos varones le anteceden. Su madre es una mujer dedicada principalmente a sus hijos, que elabora pequeñas y curiosas artesanías que vende en el mercado local, para colaborar en el sustento familiar. Cuando hay oportunidad trabaja en alguna casa realizando trabajo doméstico.  Pero los salarios tan bajos que percibían ella y su esposo campesino, eran insuficientes para mantener a una familia tan numerosa.

El padre de Elena emigró a los E. U. cinco años atrás, llevando con él al mayor de sus hijos. Desde entonces se ha ido llevando a sus hijos apenas cumplen quince años, ahora le llegó el turno a su hija. Ella se va con un tío y el mayor de sus hermanos que había venido a su casa de visita. Cruzan la frontera  por el cerro, caminando a través del desierto. A lo largo del recorrido, continuamente puede ver algunos restos de esqueletos humanos, personas que nunca llegaron a su destino. La travesía no es fácil, caminan toda la noche sin descanso, aprovechando la oscuridad para evitar ser descubiertos por la guardia fronteriza.  

Son aproximadamente veinte los inmigrantes que componen el grupo. Y a pesar de todo lo que han caminado, cuando el día llega, aún están en el desierto, el calor es intenso. Ese camino ha sido recorrido por millones de personas que ingresan al país buscando una posibilidad de mejorar sus propias vidas y la de sus familias. Testigo de ello son los restos de huesos humanos diseminados por el campo,  de aquéllos que por distintas razones no alcanzaron su objetivo. Prueba de ello son también las botellas de agua debajo de los arbustos, que han dejado quienes les anteceden en el recorrido en un gesto de solidaridad y humanismo.  Botellas de agua que les sobran a los que llegan al final y que dejan de manera visible, pues saben que con ello pueden salvar la vida de personas que se extravían en medio de su huida de la guardia fronteriza.

A pesar del duro recorrido Elena no se rinde. Otras personas, al no resistir más, se entregan a las autoridades que constantemente patrullan la ruta en su intento de atrapar  a las personas que cruzan la frontera de manera ilegal. Por fin, salen del desierto,  llegan a un camino en donde una  camioneta los aguarda para  trasladarlos a una casa en donde son alojados, ahí tienen que esperar hasta que les avisen que pueden continuar. Una mujer les lleva comida y agua, por su apariencia y forma de hablar puede notarse que es mexicana. Discretamente se acerca  a Elena y le dice que no se aparte del grupo, que no deje que se la lleven a ningún lado.

Poco después llega un hombre, que les da instrucciones, y le dice a Elena que la va a llevar a otra habitación, con otras mujeres para que esté más cómoda, y pueda bañarse,  puesto que es la única mujer en ese grupo. Elena se niega a irse  a ningún lado, responde que ella va a quedarse donde esté su tío y su hermano. El hombre insiste, pero ella se niega rotundamente, finalmente la dejan quedarse. Tiempo después Elena se entera que de esa forma se llevan a muchas mujeres para abusar de ellas o meterlas en redes de prostitución, si es que van solas.

Por la tarde continúan su recorrido, y en el camino muchos de los inmigrantes se van quedando con familiares y amigos en las distintas ciudades. Algunos,  aunque muy pocos, ya tienen un lugar de trabajo. Entre los que se quedan,  está su hermano, quien trabaja en unos campos de cultivo. Es un lugar en donde sólo hay hombres por lo que Elena no puede quedarse con él. El destino de ella es Pensilvania, el lugar en donde trabaja su padre en una granja. Ella sigue al lado de su tío hasta donde es posible, pues llega el momento en que él también se queda en una ciudad.  Conforme avanzan hacia el norte,  el grupo se reduce, hasta que finalmente sólo queda ella y el hombre que la llevará  con su padre. Alertada por el comentario de la mujer que les llevó comida, no tiene confianza en el “coyote” (traficante de personas) que la acompaña, pero no tiene ninguna otra opción.

Elena tiene miedo de que ahora que está sola, éste hombre la lleve a otro lugar, pues sabe que está completamente indefensa ante él. Ella está en un país extraño, con un idioma distinto al suyo, pero no es una chica que se deje amedrentar fácilmente.  Todo el tiempo se mantiene alerta, cuando se detienen a cargar gasolina, y a comprar algo para comer , ella compra café y lo bebe constantemente para no dormirse. Mira muy atenta los lugares por donde avanzan y pone mucho cuidado en los letreros que indican hacia donde van las carreteras.  En una de las tiendas compra un mapa del estado, en donde estan detalladas las autopistas, lo revisa con mucho detenimiento para saber por dónde tiene que ser su recorrido. En un momento dado,  se da cuenta que el hombre la lleva por un camino que no es el indicado. Exige al “coyote” que se regresen y que tomen la ruta correcta, él dice que es un atajo, pero ella no le cree e insiste en que se regresen, amenazando con bajarse de la camioneta aunque esté en movimiento. Ante su determinación e insistencia el hombre regresa y retoma el camino.

Ella esta muy agotada, pues desde que cruzaron la frontera no se ha dormido,  tiene más de treinta y seis horas despierta. Pero no está dispuesta a dejarse vencer por el sueño, aún  cuando el hombre se detiene para dormir un rato dentro de la camioneta, ella sigue despierta tomando café. Siguen avanzando y entonces se da cuenta que está toda mojada, y ha manchado el asiento de la camioneta,  de manera inesperada le ha venido su periodo menstrual. Ella no sabe que hacer, el hombre le dice que no se preocupe, que mandará lavar la camioneta y en la primera tienda, le compra ropa y compresas sanitarias. En uno de los baños públicos se detienen para que ella pueda  tomar un baño y cambiarse.

Después de muchas horas de camino llegan al lugar donde se encuentra su padre. Él vive en un departamento que comparte con un compañero de trabajo. Apenas el “coyote” baja de la camioneta, lo toman por sorpresa y lo meten dentro de la casa. El padre de Elena no es ignorante de todas las  cosas a las que se expone una mujer al entrar de manera ilegal a ese país. Y aunque el acuerdo fue que no pagaría un centavo hasta que le entregaran a su hija, bien sabe que podían haber abusado de ella.

Dentro del departamento, los dos hombres  inmovilizan al “coyote” , en tanto el señor pregunta a su hija, si aquél tipo le ha hecho algún daño, porque si es así, en ese momento se hará justicia por su propia mano. Le dice que no le importa que lo metan a la cárcel o que le pase cualquier cosa, él cobrará esa deuda. Elena sabe que su padre habla con la verdad, y que cumplirá su palabra. La gente de los poblados de la sierra en México tienen un dicho al respecto: “el mal debe cortarse de raíz”. Ese tipo de deudas se sanjan a machetazos, pues el sistema de justicia, muchas veces deja impunes esta clase de delitos. Por lo que, en algunas comunidades, los indígenas se hacen  justicia por su propia mano.

Sin dudar, Elena confirma que el hombre no le ha hecho ningún daño, aunque no le dice que trató de apartarla del grupo y de llevarla por otro camino. Dicho esto, el padre libera al tipo y le paga lo acordado por llevarle a su hija. Reiterándole que cualquier daño sobre su hija no viviría para contarlo.

Elena se queda a trabajar en la casa de los patrones por algún tiempo, pero como al año y medio de haber llegado, comienza a enfermar. Ellos viven en el campo, muy alejados de cualquier ciudad para ir a un médico. Por un tiempo ella resiste  con algunos calmantes, pues en verdad ha venido dispuesta a trabajar y ahorrar lo suficiente para ayudar a su familia.  Sabe lo peligroso y  costoso que le ha sido llegar hasta ahí, pero no tiene acceso a atención médica y su condición empeora cada día.

En ese lugar trabaja a un joven que también es mexicano y de su misma edad, pronto se enamoran y viven en unión libre, pues ahí no tiene manera de casarse. El padre esta de acuerdo pues conoce a ese joven desde que llegó a ese lugar y es una persona responsable y honesta. Pero la salud de Elena no mejora, al contrario, cada vez se siente peor y se ve muy pálida y demacrada. Por lo que, finalmente deciden que tiene que regresar a México para atenderse y recuperar su salud. Pues aunque no ha recuperado la inversión  que  su padre hizo para llevarla ahí, es más importante su vida, que cualquier otra cosa.

Debido a la condición de su salud se regresa a México, pero no con su familia que vive en la sierra, sino con la de su pareja. La familia de él habita en un pueblo muy cercano a una gran ciudad y con acceso a médicos y hospitales donde ella pueda ser atendida rápida y eficientemente. Si bien el servicio de hospitales públicos está saturado y es muy lento. Hay una gran oferta de servicio privado, y después de todo, ella cuenta con el apoyo económico de su pareja, lo que hace posible que ella pueda tener acceso a ese tipo de servicio.

Así, Elena llega a una familia totalmente desconocida para ella. Los padres de su pareja, al tanto de la situación, la esperan en el aeropuerto y la llevan a su casa. Tan pronto como es posible la llevan al médico y después de un tratamiento,  ella se recupera completamente. Para ella es difícil estar con esta familia, aunque sea la familia de su pareja, pero sabe que esa es su mejor opción. Cada seis o siete meses su pareja vuelve a México.  Él como la mayoría de los hombres de su pueblo va a Estados Unidos a trabajar por contratos, por lo que su estancia allá es legal. En cuanto él vuelve,  ellos se casan por las leyes civiles. Al poco tiempo forman una familia, y van construyendo poco a poco su casa.

Elena ahora esta en la casa que ha construido con su esposo y a cargo de sus dos hijos. Ella sigue trabajando en lo que encuentra para ayudar a la economía familiar, pues ella proviene de una familia muy trabajadora. No tiene un trabajo fijo, pero ella sigue luchando por su familia. El esposo  va y viene de Estados Unidos por temporadas.  Esta es la forma de vida en que muchas familias mexicanas logran salir adelante y dar una vida modesta, pero con lo necesario para los hijos.  

  

¿DÓNDE ESTÁN?



¿DÓNDE ESTÁN?


El día es caluroso con un cielo azul claro. Un cielo que ha sido lavado por las copiosas lluvias de temporal. Las nubes blancas como el algodón se miran sobre nosotros. En un pequeño pueblo, varias personas se han reunido en el atrio de la iglesia para recibir una delegación de Ayotzinapa. Sí, familiares y compañeros de los estudiantes muertos y desaparecidos desde el 26 de septiembre de 2014. La mayoría de los presentes son nativos de este lugar, pero otros vienen de fuera. Entre ellos, miembros de organizaciones no gubernamentales, organizaciones de pueblos indígenas, reporteros y gente que viene a mostrar su solidaridad con esta delegación. Algunos de ellos, portan las camisetas solidarias alusivas al tema de Ayotzinapa, otros llevan una camiseta de su organización o trabajo, que los identifica.

Fuera de la iglesia se instalaron bancas y sillas. Una mesa está al frente con un jarrón de flores al lado. Alrededor de ella, se colgaron las fotografías de los estudiantes desaparecidos, de los que murieron, y de los que están muy gravemente heridos. En  la calzada principal que lleva a la entrada del edificio se colocó una manta de bienvenida, con una leyenda que se ha hecho famosa: “Nos enterraron, sin saber que éramos semilla”, va acompañada de un dibujo de un árbol en cuyas raíces se distingue una figura humana encogida.

Se esperaba la llegada de la delegación a las doce del día, pero diez minutos después de la hora, se recibe un mensaje de que vienen un poco retrasados. La gente aguarda, salen a la calle para esperarlos por la avenida principal. En el kiosko de la iglesia se encuentran lista la comida que ha de compartirse con ellos. Todo ha sido donado voluntariamente por la misma gente del pueblo.

Después de veinte minutos, se dice que ya vienen llegando. Pronto aparecen varios coches y camionetas, de uno de ellos, bajan los delegados de Ayotzinapa.  Se trata de la señora Berta Nava, su esposo Tomás , ambos padres de uno de los estudiantes muertos a balazos en aquélla noche del día 26. Y está con ellos, un estudiante de la normal, su nombre es Erick, un joven de 19 años.

Apenas bajan de una camioneta son recibidos por una de las señoras mayor edad en el pueblo. Les pasa un sahumerio con copal alrededor del cuerpo, en tanto, les  dice algunas palabras de bienvenida y de consuelo. Ellos agradecen la bienvenida. Saludan a todos en voz alta, mientras los flashazos de las cámaras no se hacen esperar. Se les indica que caminen hacia la iglesia en donde se les dará la bienvenida formalmente.

Avanzan a paso normal, en tanto toda la gente va al lado  y detrás de ellos. Por supuesto, alguien entre la gente grita la consigna: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!  Llegan a la entrada principal del atrio, a lo largo de la calzada se han encendido veladoras y varios niños les esperan formando una vaya. Ellos siguen avanzando entre gritos de consignas, hasta llegar a la mesa en donde se han instalado los micrófonos.

En ese momento toma la palabra una joven estudiante de la localidad, quien con palabras de solidaridad reitera su apoyo a esta delegación y a los estudiantes de Ayotzinapa, señalando lo lamentable que es que los estudiantes sean masacrados no sólo en este país sino en otros lugares del mundo. Otra persona  también dirige unas palabras, reseñando brevemente la historia de esa localidad  y señalando que ahí también se ha luchado valientemente y ha habido momentos críticos, por lo que apoyan su lucha contra esta injusticia y abuso de poder del gobierno.

Enseguida se les cede el micrófono a la delegación para que compartan su testimonio. Toma la palabra la señora Berta señalando que si ellos vienen a compartir su testimonio personalmente, es para que la gente sepa,  lo que el gobierno quiere ocultar. Porque para ellos, dice, ya no hay nada que hablar, quieren dar carpetazo al asunto, que la gente olvide, para seguir cometiendo actos ilícitos impunemente.  Pero desde que los estudiantes desaparecieron y hasta la fecha, los padres y los estudiantes han estado exigiendo que se les diga dónde están los muchachos. Los padres piden al gobierno respuestas, en base a sus derechos que, reiteran una y otra vez, han sido pisoteados.

El gobierno, les han dado versiones de los hechos que no pueden sustentarse con pruebas. Les han dicho que los estudiantes han sido masacrados, que los subieron a unas camionetas para llevarlos a un determinado lugar y que muchos de ellos no aguantaron, que no llegaron vivos.



En otra versión, les dicen que los llevaron a un risco y que ahí les dieron un balazo. Pero ellos mismos  se contradicen, y los padres piensan.  ¿Para qué gastar balas en alguien que ya está muerto? Y si los aventaron del risco, tampoco hay pruebas de ello, no hay evidencias de su piel, de su ropa, de todas las cosas que llevaban. Todas las versiones que se han dado, es sólo un  teatro montado para no decir la verdad. Por eso los padres siguen luchando y lo seguirán haciendo.

Como padres de los estudiantes desaparecidos, describen su situación como estar muertos en vida. Siempre en zozobra, preguntándose ¿cómo se puede vivir sin saber qué ha pasado con sus hijos? Y no hay justicia para ellos. ¿por qué? Por el hecho de haber nacido en un petate o en un cartón. ¿Es por eso que no tienen derechos? Declara doña Berta, sin que pueda evitar derramar lágrimas de indignación, de impotencia, de dolor.

Mira a los niños y a los jóvenes presentes, y señala que su hijo no era distinto, habla de los deseos que tenía de estudiar, de tener una profesión y una vida mejor, de los sueños que ya no podrá alcanzar. Un joven sano de nobles ideales, que no estaba involucrado en el crimen ni las drogas.  Él y sus compañeros sólo trataban de ser mejores personas. Su hijo soñaba con tener una profesión, para desempeñar un trabajo honesto, para ahorrar dinero y poder comprar un pedazo de tierra en donde pudiera construir su casa, para tener un lugar propio, un lugar de donde nadie pudiera correrlo.

Escuchamos también el testimonio de don Tomás, su sentir no es diferente, ni su dolor es menos que él de su esposa. Aunque a él las palabras no le brotan con la misma facilidad. Ellos dos, junto con otros padres y estudiantes normalistas han formado delegaciones que se presentan constantemente en distintas localidades de la república y aún fuera del país. Su propósito es ofrecer directamente su testimonio sobre los hechos ocurridos. Han recibido el apoyo de asociaciones no gubernamentales y de la misma población en los distintos lugares en que se presentan.

Y después escuchamos al joven estudiante de segundo grado de la escuela normal. Tiene tan sólo 19 años, en su rostro hay todavía muchos rasgos infantiles. Un joven delgado y con una mirada llena de determinación. Nos relata cómo se enteraron él y los alumnos de la escuela normal del ataque perpetrado a sus otros compañeros de primer grado. A él, dice, no le tocaba ir porque ya está en segundo grado y tiene responsabilidades diferentes.  Sólo al primer grado le tocaba salir a botear para reunir el dinero y conseguir los autobuses para ir a la marcha conmemorativa en la ciudad de México por la masacre de los estudiantes del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

Este joven se ha presentado también en distintas localidades. Él como todos los  estudiantes de la escuela normal, es de una familia de bajos recursos. Esa escuela es su única opción para alcanzar un futuro mejor. Desde niño ha tenido que trabajar para ayudar con la economía familiar. Su juventud y su complexión delgada, podrían hacer pensar en una persona frágil, pero en cuanto comienza a hablar, en sus palabras hay una rotunda determinación a seguir luchando por saber la verdad sobre sus compañeros. A pesar de lo que le hicieron a sus compañeros, él no tiene miedo, y reitera su convicción de apoyar a sus compañeros,  ahora como antes de lo ocurrido en iguala.

Relata un poco la forma en que se organizan los estudiantes de la escuela normal. Ellos son educados en el compañerismo. Les enseñan a preocuparse por los demás, no sólo por sí mismos. Para ellos la represión del gobierno no se estudia en los libros de historia, ni se lee en los periódicos, es una realidad con la que se encuentran con demasiada frecuencia como miembros de la escuela y de las comunidades,   en las que el gobierno les quiere expropiar (o arrebatar) sus tierras. Ellos lo saben por su propia experiencia histórica, siempre han tenido que defenderse del gobierno. Por  lo que parte de sus enseñanzas, es que cuando un compañero desaparece, deben buscarlo hasta encontrarlo.

Hoy, a poco más de dos años del tiroteo de iguala contra los estudiantes, y en el que 43 de ellos fueran desaparecidos, la situación no ha cambiado mucho. El gobierno quiere imponer a toda costa su verdad histórica, aún y cuando tal verdad, es insostenible. Si bien la ONU ha hecho presencia, esto tampoco ha implicado ningún avance en el esclarecimiento de los hechos. Los dos jóvenes que resultaron heridos aún no se recuperan, uno de ellos él más grave, Aldo aún se encuentra hospitalizado y su recuperación que parecía imposible, hoy ha tenido progresos. Cuando le hablan, él parece escuchar lo que le dicen, y tiene algunos movimientos, por lo que, la esperanza de su mejoría crece.

Para la familia de Aldo, sin embargo, todo este proceso ha sido díficil y costoso. Pues aunque el gobierno presume de que le dan ayuda económica,  en realidad no ha sido así. Los gastos de todo su tratamiento han sido costeados por la familia,  que ha podido hacerlo con la generosa ayuda de muchas personas que los apoyan constantemente. Tal es el caso de Doña Bertha Nava, que el día del cumpleaños de su hijo masacrado, quien tenía que haber cumplido veinticinco años, organizó un evento para recabar dinero. Ocho mil pesos fue lo que obtuvo y que entregó a la  familia, quienes tienen que comprar un medicamento que les cuesta tres mil pesos y además, tienen que trasladarse continuamente de Oaxaca que es donde viven, a la ciudad de  México que es donde se encuentra hospitalizado Aldo.

Edgar, otro de los chicos que sobrevivieron aquella noche del 26 de septiembre, también ha hecho lo posible por retomar su vida. Con gran orgullo para su familia  y compañeros, acaba de graduarse de la Escuela Normal, a pesar de que su recuperación todavía está en proceso, pues recientemente también le hicieron una cirugía de la boca. Al igual que la familia de Aldo, no ha recibido tampoco ninguna ayuda por parte del gobierno.

La lucha por los jóvenes desaparecidos continúa, a pesar de que todo el proceso está estancado, y el gobierno se mantiene en la misma postura de sostener su verdad histórica. El reclamo es también por los jóvenes que fueron heridos y a quienes el gobierno no les ha hecho justicia, pues no hay  nadie a quien se le haya responsabilizado por las condiciones en que se encuentran,   ni que pague por los costosos tratamientos que necesitan. Hoy ellos requieren que su voz se escuche y requieren también de la ayuda económica de quienes puedan y quieran apoyarlos.


Las distintas delegaciones, siguen haciendo recorridos por todos los lugares que es posible, y en todos lados la población se solidariza con ellos. La experiencia de los padres, no es ajena al país, en el que se cuentan más de veintiocho mil desaparecidos. ¿Dónde están? Esa es la pregunta que los familiares, esperan les sea respondida. Hoy en la víspera de día de muertos, ellos siguen muriendo de angustia, de zozobra, viviendo a medias.  Sin su presencia, sin sus cuerpos, sólo les quedan las fotos, los recuerdos, la añoranza de lo que ya no podrán ser sus hijos.

jueves, 29 de septiembre de 2016

LOS PRIMEROS HOMBRES

 

Hace muchos años, muchos más de los que el ser humano puede imaginar existió una vez una civilización en donde habitaron los primeros hombres. Cuando ellos fueron creados, Dios los hizo físicamente hermosos, tan hermosos y perfectos cómo nunca jamás lo han vuelto a ser. Ellos fueron los primeros habitantes de un mundo recién creado, lleno de abundancia, armonía y perfección. No requerían preocuparse por nada, pues  no tenían que trabajar para ganar el pan de cada día, todo cuanto requerían en su vida simplemente les era concedido.

En aquél tiempo, dios dispuso que los ángeles tuvieran un contacto directo con los seres humanos para ayudarles en su evolución, para guiarlos  y protegerlos. Así que una legión de ángeles fueron enviados a vigilar su evolución. En este planeta convivieron juntos por única vez, ángeles y humanos. Ángeles con los que podían hablar e interactuar, pues a diferencia de nosotros, ellos eran capaces de ver a todos los seres existentes, aún los que no poseían un cuerpo físico.No existía separación alguna entre las distintas clases de seres.

Ángeles y humanos tenían una prohibición: mezclarse entre ellos. Pues cada uno tenía su sitio: los primeros eran los guías y maestros, los segundos, los seres que requerían evolucionar para ser mejores, para perfeccionar su espíritu.

Los primeros hombres que podían tenerlo todo, eran  fuertes y muy altos, al no requerir de realizar ningún esfuerzo para tener cuanto necesitaban, dedicaban días y noches enteros al ocio y al placer. Nada parecía imteresarles más en la vida, sólo la diversión. Ni se interesaban por aprender nada, pues el conocimiento de cualquier cosa llegaba a ellos en el momento en que lo necesitaran , una voz interna parecía ser la fuente de todas las respuestas. Por lo que cualquier situación era demasiado fácil. No se requería ningún aprendizaje, ningún esfuerzo, todo era simplemente  concedido.

Aquellos humanos eran increíblemente hermosos y saludables, pues poseían el total conocimiento de la regeneración y rejuvenecimiento del cuerpo y por supuesto llegaron a vivir hasta mil años en perfecta salud. Ellos construyeron alguna vez, el único templo de regeneración y rejuvenecimiento que ha existido en nuestro planeta. Y cada determinado tiempo acudían a él para recibir por tres días continuos un tratamiento que les permitía estar jóvenes y saludables.

Poseían también el conocimiento de la anti-gravedad, lo cual,  les permitía edificar colosales construcciones con enormes bloques que, aún hoy, los ingenieros de nuestra moderna civilización son incapaces de mover, ni aún,  con la más avanzada maquinaria que se posee.

La trasmutación de los metales y muchos otros saberes, que incluso para nuestra ciencia actual son todavía un misterio, fueron parte de los conocimientos ,que hicieron posible construir cualquier cosa de manera rápida y magnificente. Pero no tenían ninguna idea de dónde les provenía su poder de creación, ni podían tampoco valorar lo que esto implicaba, pues para ellos había sido siempre así.

Sus ciudades eran increíblemente  enormes, lujosas y sofisticadas, pues nada parecía interponerse a sus deseos. Su vida era completamente relajada, pero en sus corazones no existía el amor, ni el dolor, ni la compasión, ni uno sólo de los sentimientos que caracteriza a la mayoría de los seres humanos actuales. Ni uno sólo de los principios y valores propios que el hombre aprende a través de su vida. Para ellos sólo existía la abundancia y el placer, el ocio y la diversión, y jamás habían tenido que realizar ningún esfuerzo de ningún tipo para gozar de todo cuanto tenían. Por lo que, no tenían conciencia de sí mismos como seres humanos, menos aún como seres espirituales. En cierto sentido, eran como niños que sólo pensaban en gozar del momento.

Muchos años pasaron en esa vida trivial, superflua y enfocada a los placeres, tantos como ha vivido el hombre de nuestra civilización moderna, sin que nada perturbara su orden. Pero el gran creador miraba lo que ocurría, con infinita tolerancia y  amor, sin ninguna prisa, pues para él todo tiempo es eterno, dejó que el hombre viviera así. Le otorgó la oportunidad de cambiar, de aprender, y de reconocer su naturaleza espiritual. Pero los años pasaron y el hombre no cambió.

Los ángeles encargados de guíar a los primeros hombres, sucumbieron al deseo de disfrutar de los placeres terrenales. Mirando a las mujeres más hermosas que jamas hayan existido, quisieron coexistir con ellas. Ángeles y mujeres procrearon hijos, algo que nunca debió suceder. Aquéllos ángeles desobedecieron el mandato divino de cuidar de los hombres y de revelarles un conocimiento que eran incapaces de comprender y de usar con sabiduría.

Ángeles y humanos : se mezclaron entre sí y entonces los ángeles revelaron a los humanos valiosos secretos que les permitían tener poderes sobre todos los elementos  y criaturas de la tierra. La vida de los humanos se tornó  demasiado fácil, pues nada les impedía cumplir sus caprichos. La soberbia de los primeros hombres creció como nunca antes, usaban los poderes indiscriminadamente, por la simple vanidad de demostrar su poder.

Cuando nacieron los hijos que eran la mezcla de humanos y ángeles la situación empeoró. Pues todos ellos se sentían dioses a los que nada se les podía negar. Cualquier capricho de ellos debía ser complacido. Entonces comenzó la guerra entre ellos, ciudades y poblaciones enteras eran destruidas en segundos por aquéllos semidioses, sólo para demostrar su poder. Truenos, rayos y explosiones iluminaban el inmenso cielo. Provocaban terremotos, tormentas devastadoras, inundaciones intempestivas,  con el sólo propósito de demostrar su supremacía.

Las batallas eran interminables, pues  los nuevos descendientes de ángeles y humanos no tenían límite. Millones de los primeros humanos murieron en las destrucciones masivas que ocasionaron las grandes batallas y parecía que nada podría deterlas.

Cuando el creador miró lo que había sucedido por el desacato de los ángeles, decidió exterminar a todos los que habían desobedecido. Los ángeles caídos súplicaron perdón, enviaron al único hombre en la tierra que no había sucumbido a la tentación. Y este hombre imploró el  perdón para los ángeles y los hombres, pero la decisión había sido tomada.

A los hombres se les había concedido mucho tiempo y oportunidades para enmendar su camino, y durante ese tiempo no hicieron ningún cambio, pero el desacato de los ángeles los llevó a la total perdición. Y por haber llevado a los hombres por el camino equivocado, en lugar de ser sus guías y maestros, los ángeles caídos fueron condenados al exterminio.

La milicia celestial al mando del arcángel Miguel fue la encargada de la misión. La batalla entre ángeles duró incontables días y noches, en el tiempo de los seres humanos, parecía que  duraría por toda la eternidad. Los cielos se iluminaron con el fuego inmenso que ningún humano puede imaginar. En la tierra la luz y el calor fue intenso por muchos años. Y del cielo ardiente que se volvió de  un rojo intenso,  llovió tanto fuego que destruyó todo a su paso.

Ahí donde el fuego caía , todo moría, árboles, plantas, animales y hombres. Por muchos años, los pocos hombres sobrevivíentes , huyeron tratando de encontrar un lugar a salvo. De las plantas y árboles, sólo quedaron restos de cenizas.  Hombres y animales salvajes huían de un lugar a otro tratando de salvar su vida, pero no había en todo el planeta un lugar seguro. Fue entonces que los primeros hombres comprendieron que todos sus poderes juntos y todo el conocimiento que les habían dado los ángeles, no era nada ante el poder ilimitado y supremo de Dios, su creador.

Los más terribles rayos y truenos cruzaron el espacio, el estruendo fue tal, que se escuchó en los confine del universo. El planeta se tambaleo sobre su eje como nunca antes. Los mares furiosos arrasaron con todo lo que se encontraba a su paso. Fuertes y continuos temblores sacudieron los valles y montañas incontables veces.

Y después de un tiempo imposible de contar, por fin, terminó la batalla celestial. Los ángeles caídos habían sido exterminados. Y a pesar de la conmoción que en el planeta causó la más terrible e inimaginable batalla de todos los tiempos, algunos de los primeros hombres aún sobrevivían. 

El planeta todavía se conmocionaba ante los fuertes impactos recibidos y los ángeles de la milicia celestial preguntarón al creador qué  deberían hacer con los pocos hombres que áun sobrevivian, pues entre ellos estaba el único hombre que había sido justo durante toda su vida y había suplicado el perdón para los ángeles caídos y los hombres que se mezclaron entre sí.

Dios dijo, que todo el planeta debía ser limpiado y renovado completamente. Así que para la tierra siguieron millones de años entre mega-terremotos que renovaron toda la corteza terrestre. Enormes montañas se elevaron desde las profundidades del mar y desde inmensos valles. Al mismo tiempo, lo que antes habían sido valles y montañas se convirtieron en abismos profundos. Lo que estaba en la superficie quedó sepultado debajo de innumerables montañas de roca  y piedra.

Millones de años transcurrieron antes de que la corteza terrestre se renovara por completo. Y millones de años más, antes de que la tierra recobrara su equilibrio y quietud. Mientras tanto, se planificó y se preparó todo, para la creación de los siguientes habitantes de la tierra. Un solo hombre sobrevivió a toda la destrucción, el único hombre justo. La historia de ese hombre fue un misterio para los hombres, pero alguna vez, será revelada.

Desde entonces, a todos los hombres que fueron creados después de la renovación, no se les da todo el conocimiento. La mayoría de las cosas deben aprenderlas por sus propias vivencias. Y todas las situaciones complejas que se les presentan en la vida tienen el propósito de motivarlos a aprender nuevos conocimientos y de comprender su valor e importancia. Tienen que aprender que todos los hombres son hermanos, hijos del único creador. Tienen la consigna de amarse los unos a los otros, de crear el nuevo cielo en la tierra.

Desde entonces ángeles y humanos no pueden vivir juntos, se encuentran en distintas dimensiones. Y aunque los ángeles tienen  todavía la misión de guiar, proteger y ayudar al ser humano en su evolución. El hombre tiene que conocerse a sí mismo, guardar silencio para poder escuchar en lo más profundo de su ser, esa voz que lo guía, ese ángel que le habla para darle los mensajes del creador.

Y como en aquéllos tiempos de los primeros hombres creados,  de los hombres modernos también se espera que evolucionen a través del  aprendizaje de las experiencias terrenales y que algún día, dejen de mirar sólo afuera y vuelvan los ojos y el corazón a su creador. De que alguna vez, todos vuelvan a ser uno con dios.




DESILUSION

DESILUSIÓN

Ella reposaba sobre el hombro izquierdo de él.  Le gustaba el silencio de la noche oscura, pero él no dejaba de hablar. Le repetía una y otra vez, cuánto la quería.

La respuesta de ella era una sonrisa irónica y maliciosa. Hace muchos años, aunque no recuerda cuantos, dejó de creer en el amor.  Una traición tras otra de cada uno de los hombres que había amado, le dejaron en el alma un enorme pozo lleno de desesperanza.

No creía más en las pálabras de nadie, menos aún, en las promesas de amor de ningún hombre. Tenía la certeza absoluta de que si se enamoraba volvería a ser traicionada.

Hace mucho tiempo también, dejó de buscar el amor.Pero no, no era una mujer amargada o resentida con la vida, ni buscaba venganza de los hombres. Simplemente había aceptado que el amor no existía para ella.

A veces, cuando se sentía más sola que siempre iba a su café favorito, que curiosamente y por ironía de la vida, se llamaba Amor. Iba simplemente a estar sola, a ver pasar a la gente desde la terraza, a ver como el amor hacía brillar intensamente los ojos de los enamorados.

Y de regreso a casa en un día de aquéllos, fue que conoció a este hombre, que precisamente y por pura casualidad se llamaba Eros.
Aquél día él le sonrió abiertamente mientras trataba de seducirla con su trato amable y su plática.

A ella, simplemente no le impresionó. Era una mujer hermosa, quizás demasiado, que naturalmente la mayoría de los hombres que la conocían trataban de seducir.

Había escuchado a lo largo de su vida, miles, o tal vez, millones de palabras lisonjeras tratando de agradarla. Y como en un juego de adivinanzas que de sobra conocía, podía anticipar cada una de las fases del juego de seducción.

Sonreía para sí misma, cuando escuchaba las mismas palabras repetirse una y otra vez, como la canción de un disco rayado de sus tiempos de juventud. Hace mucho que ya nadie podía impresionarla.

Había decidio estar con este hombre, no porque la ilusionara, no porque creyera en sus huecas palabras de amor, simplemente porque se le dió la gana estar con alguién. Pero lo cierto es que no esperaba nada de él.

Había decidido establecer una relación que no se basara en el amor, sino sólo en el gusto de compartir un momento, un deseo, no más. Así que mientras él le hacía repetidos juramentos de amor, ella simplemente pensaba en sus próximas vacaciones, en las que, desde luego, él no estaría.

Él era casado, lo cuál a ella no le sorprendía en absoluto, más bien, reiteraba una vez más, una comprobada certeza adquirida a través de experiencias de años: los hombres casados son los más infieles.

A veces, él quería hablar de su esposa, ella le hacía un gesto de que guardara silencio. Tampoco le importaba escuchar un drama más de los que inventan los hombres para justificar su infidelidad.

Ella conocía todos los pretextos, que si la esposa era muy controladora, que si le exigía mucho dinero, que si se había casado demasiado joven, que si ella era infiel, que si era una neurótica que gritaba todo el tiempo, que si nada podía satisfacerla, que si era una fodonga…

En fin, cualquier pretexto es bueno tras de un dedo acusador de quien evade sus responsabilidades y su participación. Ella no deseaba saber nada, lo único que quería, era pasar un buen rato. Las justificaciones que él tuviera que inventarse para evitar la culpa, eran su asunto, de nadie más.

No necesitaba justificar nada ante él ni ante sí misma. Ni quería oír a éste, ni a ningún otro hombre, hablar mal de otra mujer. Lo que podía sentir por la esposa, sólo era una profunda pena por vivir con un hombre como éste: infiel.

Fuera de este momento breve y placentero que compartían, a ella no le importaba nada de él, ni sus problemas económicos ni su impotencia viril, ni siquiera que él tuviera otras amantes. Pues ella bien sabía, que un hombre que traiciona a su esposa, no lo hace una vez, sino muchas.

Podía haber sido éste o cualquier otro hombre. En realidad eso no importaba, bastaba con que le atrajera físicamente. Y tenía que reconocerlo, este hombre tenía una voz grave y varonil que le gustaba.

Físicamente era el tipo de hombre que le atraía cuando era adolescente, pero ahora no le atraía ningún hombre en particular. Se reía de cómo había llegado a esa conclusión tan generalizada: “todos los hombres son iguales”.

Pero luego, se reía mucho más para sí misma mientras se decía: “no, no es verdad, algunos son peores”. Después miraba hacia el cielo y decía: “dios mío, te perdono, pues ese fue tu primer intento de hacer algo bueno”. Pues dicen que dios creó primero al hombre que a la mujer.

Él quería estar con ella cada semana, le mandaba mensajes a diario por el celular. A veces, decía que se moría de ganas de verla, pero que no tenía dinero.  Ella soltaba la carcajada mientras le escribía que no había prisa, que le llamara cuando pudiera pagar las cuentas.

No, ella no estaba dispuesta a dejarse manipular con el pretexto del amor. Si él quería estar con ella tenía que pagar las cuentas y si no podía hacerlo, entonces tendría que buscar a otra que quisiera pagar por su compañía, pero ella no.

No iba a gastar un centavo en un hombre que podía sustituir fácilmente por otro, además, no creía que hubiera en todo el mundo, un sólo hombre por el que valiera la pena pagar un centavo.

Y no, definitivamente no se trataba de una persona tacaña. En realidad ella solía ser muy generosa con la gente que la rodeaba y con las propinas a los meseros que la atendían. Es sólo que no creía que tuviera que pagar por el amor de ningún hombre.

No, hace mucho que ella no creía en el amor ni en los príncipes. Hace mucho que la vida le había demostrado que ella no era ninguna princesa, sólo era una mujer como muchas, como millones que a diario son traicionadas, engañadas y desilusionadas por los hombres.


Así, que despues de descansar un buen rato sobre su hombro izquierdo                                                                         se levantó y salió a la calle sin despedirse. Al final ella era sólo eso, una mujer como muchas mujeres, y él simplemente, un hombre como muchos hombres. Sólo eso, no más. 

miércoles, 31 de agosto de 2016

NO HAY NADA COMO ESTAR EN CASA



NO HAY NADA COMO ESTAR EN CASA


Juan es un joven que desde niño empezó a trabajar en la construcción. Uno de varios oficios de su padre, era la albañilería. Desde que emigraron provenientes de uno de los estados más pobres de la república, se establecieron en una de las colonias marginales de una gran ciudad. Ahí, en una habitación construida rapidamente con toda clase de materiales que pudieron conseguir a muy bajo precio, se encontraba viviendo toda la familia. El padre y la madre, además de tres hijos, dos hombres y una mujer. Limitados por su escasa educación y su poca habilidad de establecer relaciones para conseguir trabajo por sí mismos, dependían del trabajo que pudieran ofrecerles algunos vecinos y conocidos.

Durante once años Juan, trabajó de chalán, así se le llama al ayudante de un maestro albañil. Su trabajo consistía en acercar los materiales, preparar la mezcla y ayudar en todas las tareas que se le pidieran. Un trabajo muy pesado y mal pagado, como la  mayoría de los trabajos en este país.

Animado por su deseo de tener algo mejor, de poder comprarse un terreno y construirse una casa, decide emigrar a los Estados Unidos. Decisión que comparte y lleva a cabo con su padre. Como millones de personas, cruza de manera ilegal la frontera. Y como lo hacen también la mayoría de la gente que carecen de los medios económicos para costear el precio del traslado al país vecino, es financiado por unos familiares, a quienes tendrá que pagar su deuda en cuanto empiece a trabajar.

Él inicia su aventura confiando en el apoyo que sus familiares le brindan, quienes después de varios años de haberse establecido en el país vecino, han adquirido la nacionalidad, son dueños de varias casas y se dedican a conseguirles trabajo a los indocumentados.

A pesar de que su familia está perfectamente establecida, Juan no es invitado a vivir con ella. Él y su padre son alojados en una construcción sencilla de una sola habitación, en donde duermen y cocinan junto con otros indocumentados, en total, diez hombres. En esta habitación de apenas cinco metros de un lado y cuatro del otro, regresan a descansar cada día, después de un arduo día de trabajo. Tienen un sólo baño y una sola estufa para todos. Duermen en colchones sobre el piso.





La estancia no es nada placentera, pues sus compañeros no suelen ser personas muy aseadas, en medio del calor es intenso, pues están en una zona desértica, los olores humanos encerrados en la habitación son muy desagradables. La única ventilación procede de la puerta y una ventana. Juan y sus demás compañeros no conocen nada ni a nadie. Compran algunos alimentos y tortillas en una tienda cercana. Lo más terrible son las tortillas, pues son las peores que Juan ha probado, con un sabor agrio como el vinagre y muy tiesas. Para nada se comparan con las que él acostumbraba, pues aún siendo de una familia pobre, nunca comió tortillas de tan mala calidad. Mientras vivía en su país, cuando estaba en la ciudad consumía tortillas hechas en una tortilladora industrial, pero cuando trabajaba en pequeños pueblos comían tortillas cien por ciento de maíz y hechas de manera artesanal, cuya textura es suave  y consistente y el sabor inmejorable.




Las tortillas es lo que más extraña de su país, la comida le resulta incomible con ese sabor rancio y agrio. Sus condiciones de vida no son mejores que las que tenía en su lugar de origen. Los días se le hacen terribles, conviviendo con personas extrañas, cuyos hábitos higiénicos no son saludables. Pues él siempre ha sido una persona muy  pulcra. Cada día al terminar su trabajo tomaba un baño y se ponía ropa limpia. Pero sus compañeros no están acostumbrados a asearse, ni a lavar su ropa, pues por tradición cultural, en la mayor parte de México son las mujeres quienes se encargan de lavar ropa y hacer comida.

Juan sin embargo, aprendió a valerse por sí mismo desde pequeño. Trabajando en distintos poblados aprendió a lavarse, a improvisar una tienda de campaña y a cocinar. Y a diferencia de sus compañeros, quizás por su juventud, es más atrevido para tomar iniciativas y correr sus propios riesgos.

Al llegar a ese lugar, sus familiares les advirtieron a todos, que no debían salir a la calle, pues por su status de indocumentados podían ser fácilmente atrapados por la “migra” y ser deportados a sus países de origen. Ellos tienen miedo, pues atravesar la frontera es muy caro, además de peligroso. Todos están muy agradecidos por la ayuda que les han brindado para conseguir trabajo y tener alojamiento, aunque a cada uno le cobran trescientos dólares americanos al mes,

Además ninguno de ellos habla el idioma inglés, algunos incluso tampoco hablan muy bien el español, pues provienen de poblaciones de la sierra en donde se hablan los idiomas de etnias locales. No es el caso de Juan, pues aunque sus padres emigraron de Guerrero, un estado muy pobre, su familia ya vivía en la ciudad cuando él nació. Con sus antiguos empleadores él ha recorrido distintos lugares, está habituado a salir por su cuenta, caminar por  las calles para conocer poco a poco, cada lugar al que llega.

A pesar de saber, que se encuentra en un país extranjero, con un idioma desconocido, Juan vence su miedo y se decide a salir a conocer el lugar en dónde están. Por las tardes, después del trabajo, se va caminando por las calles, entonces en uno de sus recorridos, descubre una tienda de productos mexicanos. Nada puede producirle más alegría, pues lleva ya varias semanas consumiendo las tortillas agrias, que estuvieron a punto de convencerlo de volver a su país. Compra todo lo necesario para prepararse una comida aceptable. Cuando llega a su vivienda todos se sorprenden y quieren participar de  la comida. Deciden organizarse para la preparación de alimentos, aunque no todos saben cocinar, pero tendrán que aprender, si quieren comer mejor.

Animado por su descubrimiento, Juan sigue explorando, recorre las calles aledañas, conoce a varios latinos y a otros mexicanos, hace amistad con ellos. Juan le ha preguntado a sus tíos si podría el rentar una vivienda para él y su padre, a lo cual le responden que los indocumentados no pueden rentar, ante esta respuesta durante un tiempo se resigna a vivir en el mismo lugar. Pero un día, mientras caminaba por las calles ve un letrero que ofrece rentar una vivienda. Se anima a preguntar y entonces le dicen que la renta le cuesta quinientos dólares, él pregunta si ese costo es por  semana, y le responden que es por mes, independientemente de las personas que él quiera llevar a vivir ahí.

Juan se da cuenta que sus familiares han estado haciendo negocio con todos los indocumentados. Pues ponen a diez personas en cada vivienda, le cobran a cada uno trescientos dólares, mientras ellos pagan al casero, por la renta mensual quinientos dólares. Dos mil quinientos dólares de ganancia, por cada grupo de indocumentados. Es decepcionante saber que su familia se ha aprovechado de ellos y de todos los indocumentados que se le cruzan en el camino. Sin embargo no puede confrontarlos, pues ellos han sido quienes le prestaron dinero para pagar al “coyote” que les ayudó cruzar la frontera.

Juan le platica a su padre y hermano su descubrimiento, ellos deciden mudarse a rentar en otro lado. Saben que en cuanto lo hagan sus familiares dejaran de ayudarles a conseguir trabajo, pues así han hecho con otros trabajadores que han intentado buscar trabajo por su cuenta. Pero Juan, ha conocido ya ha muchas personas que pueden ayudarle, por lo que que se atreven a correr el riesgo. Se mudan sin decir nada a nadie, y comienzan a trabajar por su cuenta y les va bien. Pocos días después, a su nueva vivienda se presentan sus familiares, quienes les preguntan por qué no regresaron a trabajar con ellos. Y les dice que porque pensaron que estarían molestos por haberse mudado de vivienda. Les ofrecen que vuelvan al trabajo con ellos, Juan y su familia les dan las gracias y les dicen que ya tienen trabajo y están bien, y que prefieren seguir por su cuenta.

Pasa el tiempo. Juan, su hermano y su padre, terminan de pagar su deuda del “coyote”. Acostumbrados a una vida sencilla, sin lujos, gastan sólo lo necesario. Pueden ahorrar y enviar dinero a su familia periódicamente. Día con día, mientras Juan recorre las calles caminando, pues esa es su distracción preferida, ve la forma de vida americana. Por las deslumbrantes avenidas, mira las tiendas donde se exhiben los lujosos y nuevos automóviles. Le pregunta a su tío si él podría comprar un coche nuevo, le responde que los indocumentados no pueden comprar en agencias, pues se le piden comprobantes y documentos que él no tiene. Le dice que tiene que conformarse con el coche usado que él le consiguió. Tiempo después Juan se da cuenta que su tío también hace negocio con los coches, pues los compra usados a un precio muy bajo, les hace arreglos y se los vende tres veces más caro a los indocumentados. En realidad toda la riqueza de sus tíos esta basada en sus negocios con los indocumentados, pues en menos de un año se han comprado cuatro casas más y tienen coche nuevo del año.



Pero Juan no está satisfecho con su carro usado, dejando de lado su miedo, se atreve a entrar a una agencia a preguntar por un coche. Para su sorpresa le dicen que no hay ningún problema, que puede comprarlo y entonces Juan se lo compra. A esa compra siguieron muchas otras, tratando de tener el modo de vida americano. Comenzó a gastar demasiado en ropa y sobre todo, en bebidas alcohólicas, de las cuáles le fue muy difícil prescindir. Se hundió en el alcoholismo por un buen tiempo, vicio del que logró salir cuando se dio cuenta que estaba acabando con todo lo bueno de su vida. Entonces ya no podía ahorrar como antes. Su padre comenzó a enfermarse y decidió volver a México junto con su hermano. A pesar de estar solo, él podía pagar su vivienda, y vivir cómodamente, además de ayudar económicamente a su familia. Sobre todo sabiendo que su padre estaba enfermo, aunque en un par de años su padre murió.

Todo iba bien, hasta que en Estados Unidos el trabajo comenzó a escasear, entonces para Juan ya no fue posible seguir pagando la renta y tuvo que salirse del departamento. Se vio obligado a donar los muebles y cosas que había adquirido, pues no tenía en donde guardarlas. Se quedó sólo con un plato, una taza y un par de mudas de ropa. Por un tiempo vivió en su coche, pero la situación se hizo cada vez más crítica, hasta que ni eso le quedó. Entonces dormía en donde podía, con frecuencia, debajo de un puente.



Antes de estar en esta situación tan precaria, Juan hacía labor social en una iglesia, ayudando y dando alimentos a personas pobres. Esta actividad le ayudó a relacionarse con personas de hábitos más saludables y a enfocar su atención en algo productivo y alejarse del vivió.  Pero ahora que él necesitaba ayuda, sentía pena de acudir a ese lugar, y que lo vieran en esas condiciones. Así que sobrevivió por su cuenta.

Estaba en las calles la mayor parte del tiempo, pues casi no tenía trabajo. Hasta que en cierta ocasión encontró a un compañero de trabajo, conversaron por un rato. Al despedirse, su amigo le preguntó para dónde iba, él contestó que no tenía dónde ir, que desde hacía algún tiempo no tenía casa. Fue entonces que su amigo le ofreció irse a vivir con él. Le prestó una habitación pequeña con una cama y le dijo que no se preocupara por la renta, que ya le pagaría cuando consiguiera trabajo.

Juan consiguió salir adelante, con la ayuda de su amigo pudo conseguir trabajo y volvió a realizar labor social en la iglesia. Después de haberse quedado sin trabajo y viviendo en las calles, sentía gran aprecio y agradecimiento por el compañero que le había tendido la mano desinteresadamente. Trato que no recibió ni siquiera de sus familiares. Volvió a su vida modesta, sin tantas pretensiones de lujos, pues tenía muy claro que más valioso que las cosas materiales, era la solidaridad y apoyo que había recibido, de aquél que con letras mayúsculas podía llamar amigo.

Tenía viviendo en los Estados Unidos doce años cuando conoció a una chica de la que se enamoró. Ella era de su mismo país y estado, más joven que él y también cruzó la frontera ilegalmente. Establecieron una relación de noviazgo, y año y medio después decidieron contraer matrimonio, pero no quisieron hacerlo en un país extraño, sino en el propio, en la compañía de amigos y familiares, De común acuerdo decidieron volver a México convencidos de que no pueden estar mejor en ningún otro lugar que en su propia patria. A través de su experiencia Juan esta convencido que trabajando duramente puede tener una vida satisfactoria en cualquier lugar.



Su novia es heredera de un pequeño terreno en el que están iniciando a construir una casa, apenas lo necesario, sin lujos, pero en un lugar que es propio, un lugar del que nadie puede correrlos. Una casa con una pequeña parcela para cultivar alimentos básicos, como el maíz, frijol, calabaza y algunos árboles frutales. Él no sabe cultivar la tierra, pues toda su vida ha trabajado en la construcción, pero está dispuesto a aprender de su nueva familia, que lo ha recibido con agrado. Considera que por muy mal que le vaya nunca será lanzado de su casa, ni tendrá que vivir debajo de ningún puente.

No hay nada, como estar en casa.

jueves, 28 de julio de 2016

COLECCIONISTA DE AMANECERES



COLECCIONISTA DE AMANECERES

Ella es una mujer simple, tan simple que nadie nota su presencia entre la gente. No hay nada en ella que la distinga del resto de la muchedumbre, al menos, no algo visible. Incluso a veces, esta mujer luce más insignificante que el resto de las personas. Su andar lento y tambaleante, la cabeza baja, y la mirada huidiza, casi temerosa, le dan un aire desvalido. Es nerviosa en su trato con los demás, apenas alguien levanta la voz un poco, ella se encoge, intentando esconder la cabeza entre los hombros. Ante el más mínimo cuestionamiento cede rápidamente, tatamudea penosamente sin saber qué decir, sin saber cómo defenderse.

En muchos sentidos su apariencia es frágil, insegura ante todas las personas, no se atreve a mirar a nadie cara a cara, directamente a los ojos. Como si no perteneciera a este mundo, no encuentra un lugar propio, un sitio en donde sentirse a gusto, al menos, no entre la gente. Parece siempre querer evitar el contacto humano. Siempre fue así.

En la escuela, cuando era niña se sentaba en la butaca más apartada del salón. Hablaba apenas lo necesario, o sólo respondiendo lo que le preguntaran. Durante el recreo se sentaba sola en la jardinera, debajo de un árbol. Particularmente estaba la mayoría de las veces, debajo o arriba de un árbol. O bien, recostada sobre el pasto, las manos detrás de la cabeza sirviéndole de almohada, mientras miraba los pájaros en su ir y venir de los árboles. Sólo cuando tenía hambre se levantaba y encaminaba sus pasos a su casa, ahí donde nadie la esperaba.


Vivía solamente con su madre, quién regularmente no estaba en casa cuando regresaba de la escuela, pues bien sabía que ella iba a trabajar de cocinera en casa de una familia muy importante. Al menos comida, era algo que nunca le faltaba, pues en aquélla mansión donde su madre servía, toda la comida que no se consumía, les era regalada a los trabajadores. Los patrones sólo comían comida fresca, recién hecha y gustaban de tener por lo menos dos menús  distintos cada una de las veces que comían, así que doña Hortensia, ese era el nombre de la madre, siempre llevaba a su hija comida de sobra cada día.

La niña entraba a su casa y miraba sobre la estufa la comida que le dejaba su madre, se servía en un plato grande y salía al patio. Ahí, sentada con los pies cruzados sobre el piso comía lentamente, a la sombra de su árbol favorito, un fresno. A veces, dejaba caer algunas migajas de pan, y veía cómo las hormigas rápidamente se acercaban a recogerlas. Podía pasar una hora o más, mirándolas recoger los restos de comida. O bien, deliberadamente dejaba migajas cada vez más grandes, pues quería ver con sus propios ojos, qué tan grande podía ser el trozo que pudiera ser cargado por una sola hormiga.



Pero parecía que las hormigas no se conflictuaban mucho, ya que cuando un trozo de cualquier cosa era tres veces mayor que el tamaño de ellas, entonces de inmediato, acudía otra hormiga para ayudar a llevar su carga a su compañera. Esos insectos siempre actuaban rápida y eficazmente. Todas parecían saber exactamente su lugar y su función. Eso era lo que Soledad, ese era el nombre de la niña, admiraba más. Ella nunca había sabido cuál era su lugar, menos aún su misión en la vida.

De niña, y también ahora, Soledad sentía que en todo el universo no existía un solo sitio para ella. No hallaba un espacio en donde sentirse a gusto. Apenas estaba un poco cerca de alguién y tenía la impresión de que su presencia era desagradable a otros. Ella trataba de pasar desapercibida todo el tiempo, en silencio, quieta, sin mirar a las personas, encogiéndose lo más posible. Alguna vez, incluso llegó a pensar, que para ella hubiera sido perfecto ser invisible.

Sola en la escuela y sola en la casa. Los momentos más felices de su vida, eran cuando miraba a los insectos. De haber sido capaz de hablar con soltura, habría podido decir detalladamente las conductas de muchos de ellos, principalmente el de las hormigas. Callada y quieta, observaba detenidamente a su alrededor. Cuando no iba a la escuela, caminaba por el campo, mirando desde muy temprano a estos laboriosos insectos.


Un día se levantó muy temprano, al salir a su patio descubrió a su jazmín en puro tronco, ni una hoja, ni una flor. En el piso se dibujaba el camino por el que sin duda, durante la noche las hormigas habían transitado robando hoja tras hoja, su jazmín. 


Comenzó a caminar, siguiendo el rastro por un largo tiempo hasta llegar a una enorme roca que se elevaba unos ocho metros desde el suelo. Miró hacia arriba y ahí, detrás de esa roca, comenzó a dibujarse una intensa línea rosa, que en poco tiempo se convirtió en un arco, después en un medio círculo, y finalmente en un sol.


Era la primera vez que se detenía a mirar el amanecer, pues su mirada la mayor  parte del tiempo, estaba hacia abajo, en las hormigas. Miró el resplandor en el cielo, sintió el tibio calor de los rayos tiernos, y sintió que eran sólo para ella y nadie más. Sintió ese tibio calor, como el abrazo que nunca había recibido de nadie. Como el abrazo del padre que nunca conoció. Como el abrazo que su madre nunca tenía tiempo de darle, abrumada por las prisas y el trabajo.

Ese era exactamente el lugar y el momento que ella había anhelado toda su vida. Y ahí había estado siempre, al inicio de cada día. Ese abrazo cálido que la hacía sentir querida y acompañada.

Desde entonces, ella ya no mira tanto las hormigas, ahora mira el cielo. Y sin faltar un solo día lo mira todas las mañanas. No importa si el día está claro, gris, nublado, lluvioso, frío o caluroso. Cada día es especial y único. Todos los amaneceres son distintos y hermosos. Soledad ha visto el cielo teñirse de distintos colores antes de que el sol se eleve. Y cada día camina a distintos lugares para mirar el sol salir de distintos ángulos, persiguiendo cada mañana disfrutar de ese tibio abrazo.


Miró tantos amaneceres y guardó cada uno de ellos en su memoria. Y los guardó con tanto detalle que cuando se siente sola, le basta recordar uno solo para volver a sentirse acompañada.

Así que un día decidió comprarse una cámara fotográfica, aunque a ella nunca le había interesado la tecnología. Pero qué mejor manera podía tener para guardar un amanecer, sino una foto. Aunque es cierto que nunca estaría completo, pues faltaría siempre el tibio calor del sol, los destellos y tonalidades cambiantes que pintan el cielo de distintos colores. Pero por lo menos, podría tener un poco del él, en esos días cubiertos de densa niebla en que no se ve más allá de dos metros, o en aquéllos días continuos de lluvia.




Y soledad tomó muchas fotos, las cuales no se cansa de mirar nunca. Muchas de ellas están adheridas en las paredes de su cuarto. Por lo que, ella duerme cada noche cobijada por los amaneceres, mientras sus sueños caminan hacia el nuevo día, hacia el instante que la hace más feliz, el que la motiva cada mañana a estar lista y dispuesta…a atrapar el siguiente amanecer.