sábado, 28 de septiembre de 2013

REFUGIO



REFUGIO

 
Todas las mañanas, apenas se despierta, estira la mano y abre el cajón de su buró, saca  un rosario blanco de cuentas de plástico. Con delicadeza lo toma entre sus dos manos y con un aire solemne comienza su rezo. No mira a nadie, aunque su vista parece estar dirigida al frente. Apenas se le escucha en un suave susurro las palabras que lentamente se desgranan de sus labios, cuenta tras cuenta. Nadie la interrumpe, aunque algunas niñas la miran intrigadas.

 

Refugio no habla con nadie, el silencio es su expresión a la vida misma. Desde que llegó es la niña más callada. No se le escucha llorar ni quejarse, ni siquiera cuando su rostro muestra claras huellas de dolor. No hace amistad con nadie a pesar de que todas las niñas son amigables, vive en su mundo propio, que no comparte con nadie. A veces sus gestos denotan desesperación, o en sus ojos se ven unas lágrimas contenidas, entonces toma su rosario e inicia su letanía, una vez y otra, hasta que la paz vuelve a su rostro.

 

Está en esa cama desde hace tres meses. Tras una cirugía para alargarle un pie, cada día ella soporta que un médico de una vuelta a un tornillo que va separando su hueso fracturado. Una forma dolorosa pero efectiva de obligar al pie a crecer. No es su única cirugía, también su cadera está enyesada para corregirle una ligera desviación. Es por eso, que Refugio siempre está acostada, mientras unas pesas atadas a un tornillo que atraviesa su hueso obligan a su pie a estirarse.

 

Lejos de lamentar su suerte o conmiserarse, se siente afortunada. Hasta antes de las cirugías, ella caminaba con mucha dificultad usando muletas. Su familia de origen campesino estaba imposibilitada económicamente para pagarle las cirugías correctivas que le permitieran caminar. Un día su madre supo de un lugar en que podían hacerle de manera gratuita todo el tratamiento que necesitaba. Un hospital al servicio de niños pobres patrocinado por una fundación privada internacional. Tan pronto como pudo hizo la solicitud de atención para su hija que de inmediato fue aceptada. Después de cubrir algunos requisitos y realizar los estudios médicos pertinentes a Refugio se la internó para su tratamiento.

 

Desde entonces ella no ha visto a su familia que vive muy alejada en una comunidad  del estado de Guanajuato. Ellos no ganan tanto dinero como para poder estar con ella en la capital de la república, por lo demás, tampoco es imprescindible. Lo cierto, es que el hospital ofrece a Refugio todo cuanto necesite mientras esté internada, así que una llamada telefónica  a la semana es el único contacto que tiene con ellos.

 

Las niñas que están a su lado pasan por experiencias similares, la mayoría afrontan sus circunstancias con valor. No obstante, cada vez que alguna de ellas tiene que entrar al quirófano, el miedo les impide conciliar el sueño en la noche. Por la mañana, antes de que una enfermera lleve  a la paciente a su cirugía, las demás niñas se acercan para darle ánimos y despedirse, y a desearle la mejor de las suertes. Un deseo nacido de lo más profundo de su corazón. No son palabras huecas, es la solidaridad que nace de haber vivido la misma experiencia. Es algo que las une para siempre, que las hermana sin importar quienes son o de dónde vienen. Refugio también lo siente así, a pesar de que nunca hable, en su corazón hay afecto para las demás niñas aunque no lo demuestre. Por eso cuando una niña le pregunta para qué reza, ella le responde amablemente, que es para pedirle a Dios que la  ayude a ser fuerte.

 

 Lejos de su familia de la que sabe tiene el apoyo, pero no la cercanía. En medio de experiencias dolorosas, se siente sola y el único consuelo que encuentra es ese rosario con el que día a día realiza sus plegarias a Dios. No se queja, no reniega, agradece a Dios por la oportunidad que le brinda para mejorar su vida y pide fortaleza para soportar todo lo que falta de su tratamiento.

 

La fe y confianza en Dios la fortalece. Apela a su ayuda cada vez que se siente desfallecer. No grita como las demás niñas. A veces el dolor hace resbalar por su mejilla alguna lágrima que discretamente se limpia. Mientras las cuentas del rosario pasan de una mano a otra con mayor rapidez haciendo sus plegarias. Quizás cada petición y cada cuenta son un paso hacia Dios, y ella le reza tanto, tanto, con los ojos cerrados hasta olvidarse de su dolor.

 

Cada día, Refugio gana la batalla contra el dolor sin que la desesperanza y desánimo se alojen en su alma. Ella está segura que  conseguirá su meta, los malos momentos se convertirán en recuerdos que poco a poco se alejarán para siempre. No tiene miedo de lo que aún le espera, sabe que Dios escucha sus peticiones, nunca lo ha dudado ni un instante. Por eso su mirada es serena a pesar de las tempestades.

jueves, 29 de agosto de 2013

EL REENCUENTRO


EL REENCUENTRO

Eran las tres de la tarde, la hora más esperada del día, la hora más esperada del mes, del año, de muchos, muchos años.  

El momento que él estuvo anhelando desde el instante en que se despidieron. 

De pronto había llegado.  

Él sentía una intensa emoción que hacía vibrar todo su cuerpo.  

El corazón galopaba a todo lo que daba.  

Todos estos años sin ella sólo le habían confirmado que era la mujer de su vida. La mujer ideal. La mujer con quien le habría gustado vivir todos y cada uno de los minutos que le faltaban por vivir.  

Sintió una enorme alegría de ver a quién había extrañado, cada uno de los segundos desde que dejó de verla. 

Quería decirle que pensó en ella todos los días de su vida, pero eso no era posible, habría arruinado ese momento mágico. 

La miró tan radiante y hermosa. Exactamente igual como la recordaba. Era como si el tiempo se hubiera detenido en sus ojos y su sonrisa. 

Sus ojos enormes y brillantes, eran el faro que todos estos años había buscado desesperadamente en las noches largas y oscuras.  

Toda su mirada denotaba felicidad. Su cuerpo esbelto y ágil, la hacían ver más joven de lo que era. 

Incontables  veces había imaginado el momento en que pudiera verla otra vez, tenerla frente a frente, para tener una conversación larga. Para atrapar ese momento que se convirtiera en una eternidad.  

La escuchó hablar con ese tono dulce, armonioso. Cada una de las palabras salidas de sus labios, eran un canto de paz a su corazón.  

Le bastaba verla, aunque fuera un instante, aunque no pudiera hablarle ni decirle que en su corazón sólo cabía ella. 

Ahora estaba ahí, sentado a escasos veinte pasos de su sueño convertido en mujer.  

Tres mesas, un esposo, dos hijos y veintidós años lo separaban de ella. 

Él trataba de disimular los nervios, pero sus manos temblorosas lo delataban. Se pidió una copa de vino mientras respondía sin interés las preguntas de su acompañante.

 ...

Por fin, después de una hora, ella lo miró a él, sorprendida.  Encontraba algo familiar en su cara, tal vez su voz, y algo en su mirada, pero al mismo tiempo era extraño.  

La mirada insistente de él sobre cada uno de los movimientos que ella realizaba llamaba poderosamente su atención.  

Y aunque algo en su interior parecía reanimarse al escuchar esa voz, no consiguió recordar a quién pertenecía.  

¿Quién era aquél hombre que la miraba desde que llegó al restaurante acompañada de su esposo e hijos?

Un hombre en extremo delgado con una apariencia triste y un aire nostálgico. 

De tanto en tanto, cuando su esposo no lo notaba, ella lo miraba a él. Lo sorprendió mirándola de arriba abajo, como acariciándola con los ojos. 

Le recordaba a alguien que tal vez conoció alguna vez, pero no sabía a quién. 

Las palabras de su esposo la volvieron a la realidad: “hermosa, ¿quieres algo más o pedimos la cuenta?” 

Pidió un pastel para llevar, era su cumpleaños  y en casa sus demás familiares irían a felicitarla. 

Se colgó su bolso, sonriente, tomada de la mano de su esposo e hijos salió en tanto ellos le decían que le tenían preparada una sorpresa. 

 ...

Él permaneció mirando la silla en donde ella estuvo un largo rato. 

Durante esos años siempre estuvo pendiente de ella, de cómo estaba, preguntando frecuentemente a los conocidos de ambos.  

Sabía cada uno de los pasos que ella daba, de los triunfos que obtenía. Supo incluso el día en que se casó. 

En silencio, sin perturbarla, conformándose con los ecos lejanos de su voz. Así se le fueron más de veinte años de su vida. 

Dichoso de saber que ella existiera y que él, ya no era una sombra oscura en su vida.  

Soñando con que tal vez, un día…se volvieran a cruzar sus caminos.     

EL NIÑO EN LA LLUVIA



EL NIÑO EN LA LLUVIA

Son las cuatro de la tarde, el instante en que el sol resplandeciente se opacó por las densas nubes grises que el viento trajo velozmente del lado norte. Nubes muy densas y oscuras que descienden presurosas. En menos de cinco minutos, un torrente de lluvia cae abruptamente. Como una cortina blanca, impide la visibilidad del horizonte.  

Un niño celebra la lluvia, sale al patio y corre a lo largo y ancho. Da vueltas y saltos mientras ríe a carcajadas. Toma su muñeco de plástico favorito, un atleta con ropa deportiva que  lanza tan alto como sus fuerzas le permiten, para que quede colgado entre las ramas de un amate frondoso. Lo lanza muchas veces, y el muñeco cae una y otra vez. Está roto, le falta una pierna y un brazo. Pero eso no importa, el niño lo sigue aventando mientras corre y salta por el patio. 

Una cubeta se ha llenado con el agua de la lluvia, el niño coge el agua con una jícara, la lanza hacia arriba de tal modo que caiga sobre él mismo. Ríe y grita de júbilo. Vuelve a correr por el patio, saltando sobre la cubeta, el muñeco y la jícara. Le divierte salpicar el agua que se ha formado en el charco. Completamente empapado, el agua le escurre de su short, y sigue saltando y gritando como un pequeño duende. Es una fiesta de lluvia y agua, de alegría y vida. 

De pronto, súbitamente, de la misma forma en que la lluvia comenzó, desaparece. Como si alguien hubiese cerrado una llave. El niño pone cara de desaliento. Le duró poco el gusto, apenas quince minutos. Sigue jugando con el agua del charco y con su muñeco hasta que el frío comienza a invadir su cuerpo. Entonces toma una toalla, se seca y se pone ropa abrigadora.  

Otra cosa llama poderosamente su atención: su estómago. Tanta actividad ha despertado su apetito. Va a la cocina y busca comida. Con gran avidez devora su comida favorita, un polvorón y un vaso de leche con chocolate. En cinco minutos ha saciado su hambre. 

En medio de la calma que sigue a las tormentas, escucha el sonido del agua que corre en la barranca, muy cerca de donde él está. Hacia allá encamina sus pasos, ahora quiere ver la caída y corriente del agua. Se acerca a una distancia prudente, observa con detenimiento. No ve solamente el agua, en su mente ha comenzado a imaginar la rapidez con que la fuerza del agua hará desplazar sus barcos de papel. Pero esta vez no están con él sus amiguitos con los que realiza las competencias, así que esa actividad tendrá que ser para otra ocasión. 

Finalmente, vuelve a su casa le esperan sus tareas escolares. Está cansado pero feliz de haber disfrutado de la lluvia.

REGINA



REGINA

Es una joven de carácter apacible y dócil. No tiene malicia. Su padre se esmeró en cuidar y dar a ella y sus hermanas lo necesario. Siempre al pendiente de ellos, apoyándoles en sus estudios. Regina creció bajo su protección en un pequeño pueblo en donde la vida es muy tranquila, con gente que conocía desde siempre.  Acostumbrada al cariño de su familia, pensó que un día tendría la suya propia, tal como se esperaba de todos.
 
Un día Regina conoció a Horacio, el maestro de la escuela secundaria.  Horacio provenía de otro pueblo vecino. Desde la primera vez que lo vio a ella le pareció alguien muy especial. Pronto se sintió atraída por su trato amable, su manera de desenvolverse, con esa soltura que no tienen los muchachos de su pueblo con los que ella creció. Admiraba su paso seguro y fuerte, buscó la manera de interactuar con él y llamar su atención. Lo consiguió y después de algunos meses de noviazgo decidieron casarse. Se realizó una boda sencilla con la presencia de las dos familias de origen y algunos amigos. Se mudaron a vivir juntos a un departamento.
 
Los primeros días, todo parecía ir bien. Sin  hay grandes desacuerdos. Regina era una joven muy dócil, educada para obedecer al marido y permanecer al cuidado de la casa. El amor hacia su marido la hacía esforzarse constantemente en complacerlo. Poco a poco él se da cuenta de la facilidad con que ella hace lo que él quiere, pero entre ella más lo complace, él se vuelve más exigente. Pronto se muestra un hombre exigente e inconforme, su voz adopta un tono crítico, cáustico en todo lo relacionado a su mujer. Sus comentarios están siempre encaminados a denigrarla. Son frecuentes sus expresiones como: “no te sabes vestir”, “qué mal hablas”, “no sabes cocinar”, y un sinfín más.


Regina está desconcertada por el trato que su marido le da. Pero no se atreve a cuestionarlo, solamente baja la cabeza y llora. A su vez Horacio le recrimina que lo único que sí sabe hacer es llorar. Ella guarda silencio, no se atreve a decir nada a nadie, ni a su familia. Sabe que no le creerían, porque cuando están con la familia de ella, su esposo es completamente amable y cariñoso, se transforma de tal modo que ni ella misma lo reconoce, es como si fuera otra persona. Incluso se dirige a ella con un diminutivo específico: “chiquita” y entonces se le escucha decirle continuamente: “chiquita, déjame ayudarte”, “quieres más comida chiquita”, “siéntate a mi lado chiquita”. Y por supuesto todos quedan convencidos de que Horacio es el mejor marido del mundo y que Regina se ha sacado la lotería.


Los meses pasan y el carácter malhumorado de Horacio va en aumento, ya no le basta con sus comentarios burlones, pronto se agregan los gritos, los insultos y alguno que otro manotazo. Ella se siente nerviosa y llena de miedo ante su presencia. Es común que riegue la sopa cuando le sirve la comida o que tire algún traste. Sus manos tiemblan y cada día ella le teme más. Tiene pena hasta de comer delante  de él, pues continuamente le señala que no tiene educación y no sabe comportarse de manera adecuada.


Cuanto más débil se muestra ella, más fuerte se siente él. Los días se vuelven peores para ella. Se  hacen continuos los señalamientos de que ella no aporta ningún peso a la casa, que todo se lo debe a él, que ella es una inútil buena para nada y que su mediocridad es tal que no podría ni siquiera ganarse la vida sola. Su típica frase final de cada discusión: “tú sin mí, no eres nada”.


A cada día que pasa Regina se siente más frustrada, insegura, llena de miedo, deprimida y atrapada en una situación de la que no sabe cómo salir. A pesar de sus temores se atreve a comentar su  situación a sus hermanas, todas han sido educadas en una rígida tradición religiosa. La separación de su marido les parece algo simplemente impensable. Los matrimonios se realizan como un contrato de por vida. La filosofía propia de su culto es que ella tiene que aguantar el marido que Dios le dio porque sólo él sabe porque hace las cosas. Ninguna de ellas está dispuesta a brindarle ayuda ni apoyo de ningún tipo. Antes de hablar con sus hermanas se sentía sola y desamparada, después de la conversación lo siente aún más.


Un día Regina nota que su esposo llega con el cuello de la camisa manchado de lápiz labial. Se atreve a confrontar a su esposo ante la clara evidencia de que ha estado con otra mujer, sólo para recibir una más de sus cínicas respuestas, que él es hombre y podía  hacer lo que quisiera y que si no le gustaba la puerta de la casa estaba muy ancha para que ella se fuera, que él ya no la quería más. Para Regina no hay manera de ganar. Y a pesar del maltrato continuo ella no se fue de la casa. La infidelidad empeoró aún más la situación. Horacio se entusiasmó con su nueva novia y el trato a su esposa tiene toda la intención de hacer que se marche definitivamente. Los insultos son cada vez más hirientes, pero ni así, logra hacer que se vaya.


Una noche Horacio regresó de una fiesta, había bebido demasiado. Regina lo miró entrar sin decir nada, porque era incapaz de reprocharle nada. Le ofrece la cena que él rechaza. Toma una silla y se sienta, callada, cerca por si le pide algo. Pero Horacio lo único que quiere es pelear. Se acerca y mirándola de frente le dice que hasta cuándo va a seguir ahí, si bien sabe que él ya no la quiere cerca. Ella sólo baja la mirada, entonces él se desespera le grita que se vaya. Pero ella está ahí sin moverse un centímetro, sin intención siquiera de hacerlo. Él entonces la levanta y a empujones la lleva hasta la puerta, sin más la abre y arroja a Regina a la calle. Ella se queda llorando sentada en el piso. La noche es fría y lluviosa. Después de un rato se levanta y toca la puerta. Nadie le abre, la palabra: “¡lárgate!” es la única respuesta cada vez que ella toca. Insiste por más de una hora sin conseguir nada. Horacio está decidido a no dejarla entrar nuevamente. Finalmente el frío y la lluvia la obligan desistir. Comienza a caminar por las calles vacías sin saber hacia dónde ir. No tiene dinero, recuerda a su tía que vive relativamente cerca, decide caminar en dirección a su casa. Camina y apresura su paso mientras sus lágrimas se van mezclando con  la lluvia.
 
Dos horas después de caminar bajo la lluvia llega a casa de su tía. Es más de media noche, su llamado urgente es atendido en cuanto la reconoce. La tía abre y la hace pasar de inmediato en medio del asombro que le causa mirar la manera en que llega su sobrina. La sienta en una silla le da una toalla y ropa seca para cambiarse. Escucha con atención lo que ha pasado. Le enoja la forma en que Regina fue lanzada a la calle con lo único que traía puesto. Le dice que tendrán que levantar un acta en el Ministerio Público y poner una demanda. Regina no quiere, dice que no quiere nada. Sólo llora, tiene miedo de su marido. Miedo de ese hombre que lenta y paulatinamente la hizo sentirse miserable e indefensa. La tía sugiere que por lo menos vaya por sus pertenencias personales, pero Regina tampoco quiere. 


Cuando su padre se entera, decide ir por ella y llevarla a su casa. Las hermanas de Regina no están de acuerdo, ellas dicen que debe volver con su marido, a pesar de que él fue quien precisamente la echó a la calle. De cualquier forma el padre decide brindarle su apoyo. Pero le dice que tiene que estar siempre en casa, porque no quiere saber de las murmuraciones de la gente del pueblo que es tan dada a juzgar la conducta ajena. Que una mujer que ha fracasado en su matrimonio no es bien vista por lo demás y los hombres le faltaran al respeto si la encuentran sola en la calle.

Regina no dice nada, después de todo, ella tampoco tiene ganas de salir a ningún lado. Ni quiere hacer nada, ni hablar, ni conocer a nadie. Esta completamente convencida de que su padre tiene toda la razón cuando le dice que ya nadie querrá casarse con ella. Su tía es la única persona que  la anima a distraerse y a comenzar una nueva vida.  


Pero cuatro años tienen que pasar antes de que decida salir de su encierro voluntario. Finalmente toma una decisión: irse de ese pueblo donde es señalada como una mujer fracasada. Se traslada a una ciudad con unos parientes, busca un trabajo y la vida comienza a transcurrir en un escenario menos gris, con gente nueva, con el paso de los días, va reencontrando el gusto por la vida. No le interesa una nueva pareja, pero por lo menos, se siente más ligera, más segura, más tranquila.

viernes, 26 de julio de 2013

VALENTINA



VALENTINA


Valentina nació en un pueblo de la sierra, fue la mayor de cuatro hermanos. Una niña de piel blanca, ojos grandes y almendrados. Gabino, su padre es un peón como todos los hombres de ese lugar, que tiene que salir a trabajar a un pueblo más grande que dista una media hora en camioneta. Él y otros peones son llevados y traídos cada día por su patrón. Su madre es una mujer amorosa y responsable, que, dentro de las limitaciones que su situación económica le impone, ha dado siempre lo mejor a sus hijos.

Es costumbre en este pueblo comprometer en matrimonio a los hijos cuando son muy pequeños y es muy común que apenas entrada la adolescencia se realice la boda. El novio debe pagar al padre de su novia cierta cantidad de dinero. Cuando los padres realizan el trato entre ellos y los novios son muy pequeños, es el padre del novio quien da dinero al padre de la novia cada determinado tiempo o cuando se lo piden, hasta completar lo que han acordado. En otras situaciones, cuando el trato se realiza cuando la novia ya está en edad de casarse se realiza un sólo pago con la cantidad total.

Valentina cumplió doce años, su apariencia armoniosa, su piel y ojos claros, hacen resaltar su belleza en donde la mayoría de las niñas son morenas y de estatura pequeña. Al padre de ella pronto le hacen ofertas de dinero por su hija. Cincuenta mil pesos es una cantidad tentadora, en toda su vida el señor, no ha visto esta cantidad de dinero junta. Piensa en todo lo que podría hacer con ese dinero, comprar algo de ganado o arreglar su casa. Su esposa no está de acuerdo con las costumbres de su pueblo, habla con su esposo y logra convencerlo de que no acepte.

Por otras niñas vecinas han pagado veinte mil o treinta mil pesos. Adriana, una amiga de Valentina ya está comprometida, su padre ha estado recibiendo dinero a cambio de ella. Adriana no está de acuerdo, pero no tiene otra opción, en poco tiempo sus padres la entregarán a su novio.

Pasa el tiempo, y a don Gabino le hacen una oferta más tentadora, nuevamente su esposa logra convencerlo de que no acepte. Días después la madre habla con su hija, le dice que tiene que irse del pueblo, que en dos ocasiones pudo convencer a su esposo de no venderla, pero teme que en una siguiente vez, él no le haga caso y termine vendiéndola. Ella no quiere esa vida para su hija. Le dice que debe irse a la ciudad, buscar trabajo y estudiar para salir adelante y que no vuelva al pueblo. Valentina entiende muy bien lo que su madre le dice, es una niña muy valiente y se prepara para irse.

Un día muy temprano cuando su padre ya se había ido a trabajar, la madre le dio comida para el camino, un poco de dinero que pudo conseguir, la acompañó un largo tramo del camino, le explicó hacia donde irse para encontrar la ciudad y después de darle su bendición se despidió de ella diciéndole que no se dejara vencer. Valentina antes de irse fue a buscar a su amiga, la invitó a irse con ella, a huir antes de que la casaran. Adriana lloró de tristeza, le dijo que su padre  ya había recibido mucho dinero y que si ella no cumplía el trato lo matarían. No hubo manera de convencerla,  así que se despidieron y se fue sola a buscar su camino.

Valentina llegó a la ciudad en donde encontró trabajo y casa. Acostumbrada  a vivir con lo más necesario ahorraba lo más posible de su sueldo y comenzó a buscar la forma de estudiar. En la escuela vendía dulces a sus compañeros y cosméticos a sus compañeras y con ese dinero completaba los gastos de sus estudios. Su carácter amable ganó la simpatía de quienes la conocían. En los momentos más difíciles sus amigos la ayudaron. Con esfuerzo y dedicación logró salir adelante, primero cursó la escuela secundaria, la preparatoria y finalmente la carrera de derecho. Su tenacidad y disciplina le abrieron las puertas.

Quince años pasaron desde el día que Valentina se fue de su pueblo, decidió que era momento de volver. Nadie esperaba su regreso. Fue recibida con gran alegría, aún por su padre que en un inicio se enojó con su esposa al saber que ella se había ido. Largas fueron las horas para conversar y ponerse al tanto de lo que había pasado. En el pueblo las cosas seguían siendo iguales en cuanto a las costumbre de vender a las hijas. Nunca su madre estuvo más feliz de haberla motivado a irse. Ahora su hija era una mujer independiente, con una carrera y había logrado escapar del destino de todas las mujeres de ahí. Todos los días en que no supo nada de ella,  las largas horas llenas de angustia cavilando sobre todo lo que había podido pasarle a su hija llegaron a su fin.


Valentina fue a buscar a su amiga Adriana, quien ahora tenía también una hija que ya estaba comprometida. Fue entonces cuando decidió ayudar a las mujeres de su pueblo que estuvieran dispuestas a salir de ese círculo que por generaciones las había atrapado usurpándoles su derecho a decidir sobre su propia vida. Ahora Valentina y otras personas luchan por los derechos de la mujer en esa comunidad y otras cercanas. Les dan apoyo legal y capacitación para trabajar e iniciar una vida diferente. Ella está feliz de poder ayudar a mujeres que por su condición social y cultural no tendrían posibilidad de otra forma de vida.

LOS HEREDEROS




LOS HEREDEROS

 La película de Eugenio Polgovsky muestra el lado de la cara que pocos vemos. La vida de los niños que por distintas situaciones quedan excluidos de ser parte del progreso y la civilización. La necesidad de su fuerza de trabajo para la sobrevivencia familiar, los incluye a muy temprana edad en un círculo de trabajo del que no podrán librarse durante toda su vida.

Cientos de poblaciones marginadas en donde la educación, el derecho a la salud, a la alimentación ni siquiera se escuchan como parte de un discurso. Miles de niños indígenas, nacen, crecen, viven y se alimentan entre los surcos. Jamás pisan una escuela, no miran televisión, no conocen los juegos de video, ni teléfonos celulares, muchos de ellos ni siquiera tienen una casa. Hijos de trabajadores con sueldos miserables, están condenados a una vida de trabajo de sol a sol en grandes cultivos de hortalizas.

Un mundo donde la niñez no se caracteriza por el juego. El trabajo para ayudar a subsistir a la familia empieza lo más pronto posible, apenas puedan cargar una cubeta llena de tomates, chiles o pepinos, que cortan directamente de la planta y pesan en una báscula, donde alguien en una libreta anota el trabajo que cada quien hace por día y que al terminar la jornada les será pagado.

En la sierra, lejos del llamado mundo civilizado, los niños ayudan a su familia a cortar leña, acarrear agua de los ríos y manantiales a su casa, a cultivar la tierra, a tejer la ropa en telares, a elaborar artesanías, herederos del conocimiento de sus padres desde muy pequeños tendrán que desarrollar las habilidades que les permitan sobrevivir en un medio donde el trabajo lo es todo.

Una película donde las imágenes hablan más que las palabras. Ahí donde los herederos no recibirán nunca dinero, ni propiedades, sólo…una forma de vida.


AHORA … COMO ANTES





AHORA … COMO ANTES

Hay un clima fresco, bastante agradable. No siento frío ni calor, la sensación de mi cuerpo es de armonía con el ambiente, las plantas, los árboles, y el aire suave de la tarde me acaricia. Sí. Su caricia es algo sin lo que no puedo vivir, no concibo estar en un lugar cerrado en donde no pueda sentir cómo el viento toca mi cara y mueve mi cabello. Me acomodo en mi silla ovalada de jardín, justo debajo del guayabo. A mi lado coloco una botella de agua para poder beber en el transcurso de la tarde sin tener que levantarme y perturbar este momento.  Mientras el sol de la tarde comienza a descender rápidamente en el horizonte, se escuchan a las aves revolotear entre los árboles. Algunas han hecho sus nidos entre las hojas del bambú, las veo ir y venir trayendo ramas y hojitas en su pico.  Es un buen momento para disfrutar de un libro.

Comienzo a leer  la novela: “El zarco”,  de Ignacio Manuel Altamirano, escritor mexicano que describe con gran precisión tiempos previos a  la revolución mexicana, y específicamente el terror que sembraron durante y después de la revolución unos bandidos llamados los plateados. Me gusta la descripción campirana del ambiente.  Puedo dibujar en mi mente con claridad el lugar que describe y cuando estoy más concentrada en el libro de pronto me topo con un párrafo que de golpe me vuelve a la realidad.

Apenas acababa de ponerse el sol, un día de agosto de 1861, y ya el pueblo de Yautepec parecía estar envuelto en las sombras de la noche. Tal era el silencio que reinaba en él. Los vecinos, que regularmente en estas bellas horas de la tarde, después de concluir sus tareas diarias, acostumbraban siempre salir a respirar el ambiente fresco de las calles, o a tomar un baño en las pozas o remansos del río o a discurrir  por la plaza o por las huertas, en busca de solaz, hoy no se atrevían a traspasar los umbrales de su casa, y por el contrario, antes de que sonara en el campanario de la parroquia el toque de oración, hacían sus provisiones de prisa y se encerraban en sus casas, como si hubiese epidemia, palpitando de terror a cada ruido que oían”. (El Zarco, pp. 2 y 3)
  
Me asombra la exactitud con que describe la situación por la que atravesamos actualmente todos los mexicanos. Tiene más de cinco años en que inició la era del terror, con balaceras que pueden ocurrir en cualquier punto de la ciudad o población sin previo aviso. Ni siquiera la policía tiene cuidado de proteger a los civiles, realiza operativos en zonas altamente transitadas sin preocuparse de acordonar ningún lugar. Incluso en sus operativos han ejecutado a algunos de ellos por el simple hecho de que se le han atravesado en el camino mientras perseguían a narcotraficantes, sicarios o cualquier delincuente.  Hay colonias o municipios enteros que apenas dan las siete de la noche y en las calles no se ve a nadie, todos los comercios están cerrados, la gente se esconde  dentro de sus casas, mientras afuera ocurren las persecuciones  con balazos. Toda la población está asustada, no solo son las balaceras y ejecuciones públicas, también los asaltos y los secuestros están a la orden del día.

Y luego encuentro el siguiente párrafo:
“…además, hay que advertir que los plateados contaban siempre con muchos cómplices y emisarios dentro de las poblaciones y de las haciendas, y que las pobres autoridades acobardadas, por falta de elementos de defensa, se veían obligadas cuando llegaba la ocasión, a entrar en transacciones con ellos, contentándose con ocultarse o huir para salvar su vida”.

Hoy día sigue siendo igual, quizás al situación es la misma desde entonces, sólo que ahora la lucha es contra los cárteles del narcotráfico. Es una red extensa que abarca todos los estratos sociales. Las extorsiones vienen también de la policía. Hay tráfico de información, empresarios y comerciantes participan en el lavado de dinero. Se exigen cuotas semanales a comerciantes y empresarios para permitirles seguir trabajando, incluso a las escuelas para no ser víctimas de atentados o secuestros. A la policía no se le puede pedir ayuda, ellos están coludidos con los delincuentes también. Por lo demás hay poblaciones enteras en donde las autoridades locales han llegado a acuerdos con los narcotraficantes para que la población civil no sea atacada.

“…los bandidos (…) se habían organizado en grandes partidas de cien, doscientos y hasta quinientos hombres, y así recorrían impunemente toda la comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las haciendas y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos y poniendo en poniendo en práctica todos los días el plagio, es decir, el secuestro de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate”. (El Zarco, p. 4)

La organización criminal abarca ahora un mayor número de gente. Hay pasos que son controlados por los zetas. Muchos trabajadores que viajan hacia los Estados Unidos para trabajar por contrato temporal son víctimas de la extorsión, se les pide una cuota a cambio de no quitarles sus pertenencias. No hay denuncias, la policía simplemente no hace nada al respecto. De hecho hay poblaciones en donde la policía ni siquiera existe, el control total está en manos de los narcotraficantes.

Las acciones del gobierno son pura simulación, sus estadísticas manipuladas hablan de un bajo índice de criminalidad. Las noticias de las balaceras y ejecuciones no se dicen en las televisoras y periódicos oficiales, pero la información llega a todos. Nadie está al margen de la situación, todos en éste país tienen parientes, vecinos, familiares, compañeros de trabajo que han caído ante las balas en medio de esta guerra no declarada públicamente. Los muertos siguen apareciendo en bolsas negras de plástico a bordo de carreteras, barrancas, incluso en las calles céntricas de las ciudades.

Comparo la fecha de la novela con el año presente, apenas un poco más de un siglo, si bien la novela menciona una época antes de la revolución, lo cierto es que los plateados que sí fueron unos bandidos reales, lo mismo el zarco que fue su jefe, extendieron su dominio aún después de la revolución. Los abuelos todavía cuentan historias sobre ellos, la forma en que llegaban a saquear los pueblos, a robarse a las mujeres y a matar a cualquiera que intentara oponérseles.
Continúo mi lectura y no puedo evitar preguntarme ¿cuánto durará el reinado de los narcotraficantes? Quince ejecutados semanalmente en sólo una de las ciudades. Todos giramos en la ruleta rusa. Salimos a trabajar cada día pero no sabemos si encontraremos en nuestro camino a algún sicario persiguiendo a otro, o a la policía en algún operativo. Nuestro riesgo es cada vez que ponemos un pie fuera de casa.


Leo para viajar al mundo que creó el autor, pero ahora ése viaje al pasado se volvió demasiado presente. Disfrutaré la novela mientras pueda hasta que el presente vuelva a alcanzarme otra vez a través de las evocaciones terribles de los desmanes de los plateados.