lunes, 29 de abril de 2013

EL AVE DEL PARAÍSO




EL AVE DEL PARAÍSO


El ave del paraíso…perdió su paraíso.

Ayer en la noche y durante toda la madrugada lloró desconsoladamente. Su graznido pudo escucharse por todos los puntos del pueblo, pero nadie parecía saber que era él. Algunos lo confundieron con el llanto de un gato extraviado, otros, con el cantar del pavo real. Pero yo, lo vi volar desesperado, de árbol en árbol, buscando refugio, buscando donde esconder su terror a la llamas del fuego.

Huyendo del calor incesante, huyendo del nido en donde tuvo que dejar sus polluelos para salvar su vida. Llora por esos críos que le arrebató el incendió. Su grito desesperado pedía auxilio al hombre, pero el hombre hace mucho perdió contacto con su lenguaje, con la naturaleza y con la vida.

El hombre no oye, al hombre no le importa, hace mucho que ni siquiera sabe que cerca de él vive el ave del paraíso.

Ahora el hombre vive en grandes casas que lo aíslan del viento, del sol, de la lluvia, del polvo, de la gente, de los animales. Maneja veloces automóviles. Construye grandes autopistas y cuando hay gente que se opone a construir más carreteras se pregunta:
“¿qué es lo que la gente defiende? Mientras señala la selva baja caducifolia, se responde a sí mismo:”sólo es yerba, sólo son matorrales, ni siquiera es un bosque de pinos” Y entonces, derriba arboles y todo lo que le estorbe. Destruye el hábitat del ave, del conejo, del puma, del lobo, del gato montés, de la serpiente, de la iguana, del mapache, del tejón y cientos de plantas medicinales que sólo en este lugar viven y crecen.

Los incendios comenzaron tan pronto llegó el calor, un poco antes de la primavera. El hombre incendia los campos, pero el fuego es indomable, y el hombre soberbio no toma precauciones. El hombre cree poder controlar el fuego, pero no lo hace, desde que los hombres del campo emigraron a la ciudad y al norte han olvidado cómo hacerlo.

Los campesinos ancianos, quemaban sus campos para limpiarlos, pero siempre en la madrugada, haciendo montones separados de cualquier otra yerba seca. Antes de encender, abrían brechas para proteger otras parcelas y mojaban alrededor de los montones de rastrojo con agua para evitar propagar el fuego. Se iniciaba la quema por el lado de la parcela que estuviera a favor del viento, de esa manera se evitaban grandes llamaradas y el fuego corría lentamente siempre a contra viento, sin posibilidad de extenderse.

Pero el hombre moderno lo ha olvidado. El hombre ya no escucha consejos, no escucha advertencias. A las observaciones de otras personas, siempre contesta: “yo sí sé cómo hacerlo”. Y el resultado son muchos incendios que fácilmente se propagan alimentados por el intenso calor y los vientos. Por todos lados del pueblo, en las parcelas del valle, en el texcal, en la selva, en las cañadas y en el monte.

En la noche calurosa y asfixiante por los incendios las aves extrañan su nido y sus críos. Los demás animales también tuvieron que salir huyendo. Hasta los perros que viven en las casas estuvieron inquietos, ladraron toda la noche, sintieron el desconcierto de la naturaleza y no comprenden la pasividad del hombre que no corre a apagar el fuego.

En la noche, una mujer desesperada, después de días y días de ver incendios por todos lados, sale a la calle, con su andar lento y triste, respirando el aire contaminado, casi sofocante, mira a lo lejos las montañas arder, mira ese rojo brillante. Una corona de fuego avanzando rápidamente a la cima, consumiendo todo a su paso.

Ella se echa a correr y grita desesperada: “el pueblo se está incendiando, mientras el hombre del pueblo duerme, ¡mueran los pobladores, muera el pueblo!”. A nadie le importa lo que la mujer grite, es la loca del pueblo.

Hoy la mañana es sombría como nunca antes. Una espesa cortina de humo gris empaña el amanecer ni siquiera puede verse salir el sol. El aire caliente trae el olor a hierba quemada, falta el oxígeno, pero la mayoría de los pobladores están impasibles. No les importa. Como si el pueblo no fuera su hogar, como si nunca hubieran caminado por las montañas, como si jamás hubieran comido de sus campos.

Seis o siete campesinos, son los únicos que suben a la montaña, tratando de apagar un fuego que es más veloz que ellos. Una tarea titánica para tan poca gente. Tratan de abrir brechas de protección, pero el fuego corre hacia arriba y hacia abajo y por ambos flancos de la montaña. Es imposible, mientras trabajan en un lado, por otro va avanzando. El cansancio los vence. Después de horas en el intenso calor e inhalando el humo se retiran, su trabajo ha sido en vano, llegan cabizbajos al pueblo.

El ave que anoche pedía auxilio ya no se oye. Quizá su grito desesperado sea el último canto que se escuche de él. Tal vez consiguió huir suficientemente lejos de este infierno de fuego Perdió su hogar y sus hijos. Este pueblo perdió su ave y su paraíso.


DON AURELIO



DON AURELIO


En un lugar muy lejano existen montañas con tierra de colores, roja, verde, blanca y azul. Justo en la parte más alta de la sierra, donde el rugido del gato montés se escucha a lo lejos  como un eco nocturno, ahí entre la niebla espesa que cubre los árboles y desdibuja el paisaje, un hombre con su sombrero y su sarape avanza montado sobre su caballo. Viene bajando por el camino que serpentea desde la cima, lentamente, con el cuidado y la sabiduría que da la experiencia de haber andado en ese camino por años. Atraviesa ese lugar de peligrosos acantilados. Como todos los hombres que nacieron y crecieron en el campo, no tiene prisa, sabe perfectamente que llegara a su destino quizás más tarde que temprano. Su ropa escurre de agua por todos lados, la lluvia empezó antes del atardecer, a él no le importa, está acostumbrado a ser zarandeado por el clima, la vida, la gente y el hambre. Le alegra la lluvia, sobre todo, ahora que recién sembró su milpa de maíz. Disfruta el olor a tierra mojada.

Es un hombre fuerte, de sus labios no escapa ninguna queja. De niño aprendió que no le servía de nada. Cuando su padre escuchaba una pequeña protesta, o ni siquiera eso, apenas un gesto de desagrado, le cruzaba la cara con una bofetada. No importaba si lo que pedía era comida para saciar su hambre. A su padre no se le podía pedir nada, no se le podía cuestionar, ni siquiera mirarle directamente a la cara. Un padre estaba sólo para ser obedecido, sin importar lo que hiciera. Obedecido al instante, sin que tampoco importara de qué clase eran sus peticiones.

Así es Aurelio no dice nada, su  silencio le permite evitarse problemas, sólo espera a que las cosas pasen. Su principal cualidad es precisamente el silencio, la segunda es quizás el trabajo. Se levanta antes de que salga el sol, toma su café –no podría vivir sin él- y cuando empieza a clarear, él ya está trabajando. La gente lo mira con respeto, lo consideran una persona pacífica, su semblante tranquilo hace pensar que no le mortifica nada. Jamás nadie lo ha visto exaltarse o decir una mala palabra,  muchos de sus paisanos vienen a pedirle consejo.

Desde lo alto de la montaña Aurelio empieza a mirar las casitas de teja, muy rojas, recién lavadas por la lluvia. El agua sigue goteando de los techos y el rocío de las hojas se  desliza suavemente hasta formar pequeños chorros. El humo que se eleva desde los techos se difumina en medio de ese cielo nublado, se percibe el aroma del maíz cociéndose en el comal, tortillas recién hechas para la cena, pronto su estómago le recuerda que es el momento de alimentar el cuerpo.

 Al llegar al valle se siente ya en casa aunque todavía le falta cruzar el pueblo. Se encuentra a otros vecinos que también regresan de su milpa. El ladrido de los perros aumenta a su paso, tras de él vienen sus guardianes, dos perros; uno negro y otro café, lo acompañan a todas sus faenas desde hace más de dos años. Dos animales fieles que están siempre cerca de él y apenas ven que algún desconocido se acerca demasiado a su dueño, se yerguen en franca postura de ataque al tiempo que gruñen y muestran sus colmillos ferozmente. Una palabra de don Aurelio es suficiente para detener o alentar el ataque.

Al llegar a su casa, baja de su caballo lentamente, sus movimientos son torpes a sus setenta años. Recoge sus aperos, lleva al caballo su comida  y agua. Se quita la ropa sucia y se mete a bañar, tiene hambre pero está tan cansado que sabe que si come primero, ya no tendrá ánimos más que de acostarse.

La casa está sola, su esposa murió hace algunos años y la mayoría  de sus hijos se fueron a vivir al “norte”. Allá iniciaron un negocio de comida, les fue bien, ahora casi todos tienen papeles para entrar y salir del país. Varias veces han querido llevárselo a vivir con ellos, pero él no quiere, dice que no se halla, en ese lugar en donde no puede salir solo a ningún lado. Él es un hombre de campo que necesita cultivar la tierra, aunque con ello ya no gane ningún dinero, de hecho hace años que no recupera ni lo que invierte. El gobierno importa el maíz y frijol de otros países, lo que él y otros campesinos producen es difícil venderlo. Además no hay ningún apoyo para los agricultores y si lo hay nunca llega a ellos, se queda en manos de los caciques, gente que apoya al gobierno a cambio de favores que les permiten obtener dinero (se quedan con becas, plazas de maestros, subsidios para el campo, tractores y abono para los cultivos), él sigue cultivando, es lo que da sentido a su vida, es lo que lo mantiene activo y en contacto con su tierra.

Los hijos que tiene en Estados Unidos le mandan dinero mensualmente, gracias a ello puede seguir cultivando su milpa. De seis hijos,  sola una vive en el pueblo, ella le trae comida cada día y le lava la ropa, también a ella sus hermanos de vez en cuando le mandan un poco de dinero para que tenga tiempo de atender a su padre y no se vea en la necesidad de hacer otro trabajo para cubrir sus propios gastos.

Sus hijos dicen a don Aurelio que ya no trabaje, pero él responde que necesita el rastrojo para su caballo. Lo cierto es que no importa lo que le digan, ni lo que pierda en inversión, él seguirá cultivando la tierra mientras pueda. Es un hombre honesto a pesar de haber sido defraudado varias veces, cuando los líderes que manejan los subsidios ofrecen los apoyos del gobierno, él lleva los documentos que le piden, copia de constancia del terreno que va a cultivar, copia de su credencial para votar, CURP, y solicitud del apoyo que necesita. Hasta dos copias de cada documento, le dicen que le avisaran cuando llegue lo que solicita. Después de dos o tres semanas, le avisan que no le tocó apoyo, es el caso de todos los campesinos que no son familiares ni amigos de los caciques.

Casi al mismo tiempo, algún familiar de los caciques, ofrece a los campesinos venderles el abono, que fue solicitado para ellos, usando sus documentos. Esa es la historia de siempre: gente que no se dedica al campo se queda con los subsidios, no hay manera de detener la corrupción, las demandas no prosperan. La red de corrupción está a todos niveles. Siempre la misma gente se queda con todos los apoyos, son los únicos que en el pueblo prosperan rápidamente. Los campesinos se dan cuenta que fueron usados, se quedarán con su enojo, su voz es la voz que el gobierno no escucha, es la voz que no le importa. Un gobierno que no quiere el progreso de su pueblo, sólo quiere llenar de dinero sus bolsas, mantenerse  en el poder, saquear la riqueza del país.

Después de días de enojo, don Aurelio, vuelve a su tierra, a su campo, a su trabajo, es lo único que tiene, la fuerza de su cansado cuerpo para seguir trabajando. Lo hará mientras pueda, quizás no por mucho tiempo, ya es viejo. Además el gobierno tiene proyectos carreteros y de urbanización para esta zona. Intereses de poderosos empresarios son siempre primero que las necesidades de un pueblo. Pronto él será parte de la historia que un día los niños recordarán como una leyenda o quizás… ni siquiera eso. 

SAN JUAN DE ÚLUA



San Juán de Ulúa

Llegamos al fuerte de San Juan de Ulúa, una construcción que a simple vista parece de piedra, pero que al acercarnos, nos damos cuenta que fue hecha de coral. En un principio fue una isla rodeada por un mar de cinco metros de profundidad, ahora puede verse claramente el fondo aproximadamente a sesenta centímetros. Actualmente es una península, poco a poco el hombre fue ganando terreno al mar. La entrada a la fortaleza es a través de un puente de madera. Una guía nos acompaña, una mujer joven que viene cubierta por una chamarra de piel, aunque la temperatura para nosotros es fresca, parece que ella tiene frío, justo el día de ayer comenzó un norte, así le llaman a las corrientes de aire que vienen del mar y que pueden llegar a los 100 kilómetros por hora y que hacen descender la temperatura y provocan lluvias o huracanes.

Ella nos comenta que en esta temporada la temperatura promedio supera los cuarenta grados centígrados, hoy estamos alrededor de veinte. Atravesamos la entrada y después de cruzar un patio, nos detiene debajo de unos arcos. Ahí nos explica que el material que se utilizó para construir la fortaleza, no fue el más adecuado para las bodegas en donde se almacenaban toda clase de semillas producto del cobro de impuestos y que estaban destinados a España, de la misma forma la pólvora que era traída de allá y que se pretendía usar para la misma defensa de los ataques piratas al fuerte, quedó inservible al ser almacenada en las bodegas que continuamente gotean de agua, debido a que la materia caliza del coral trasmina el agua. El goteo continuo ha formado estalactitas y estalacmitas.



Podemos observar el grosor de las paredes que varía de acuerdo al lugar, entre dos y seis metros. También hay algunos arcos árabes. Al fondo podemos apreciar lo que se ha llamado la puerta de América. Por ahí ha entrado todo lo bueno y malo del viejo mundo, la peste, las ratas, la viruela, los esclavos negros, los frailes que vendrían a imponer la religión católica. y por ahí también salieron muchos de los tesoros de nuestra nación, toneladas de oro, joyas, códices que los nativos tuvieron que dar a los conquistadores y que hoy día pueden exhibirse en famosos museos europeos.

Mirando hacia el sur, está una casa de estilo francés cuya construcción es más reciente, y en donde alguna vez estuvo alojado Benito Juárez antes de ser presidente y Porfirio Díaz antes de exiliarse para siempre al extranjero. La guía explica que durante la época en que San Juan de Ulúa fue una prisión, quién ingresaba a éste lugar nunca salía. Las condiciones de vida eran completamente insalubres e inhumanas y la isla estaba completamente rodeada de tiburones, así que no existía posibilidad de escape. Sin embargo, cuentan las leyendas que dos personas lograron escapar; la primera una mulata hechicera y el segundo, Chucho el roto, famoso ladrón que ayudaba a los pobres. La mulata dicen, fue una mujer extraordinariamente hermosa que fue encarcelada acusada de brujería. Cuentan que después de un tiempo, logró hacerse amiga de uno de los guardias a quién le pidió un carbón. Él se lo concedió, ella dibujó un barco perfectamente detallado, tan exacto que parecía real, cuando el guardia lo vio preguntó para qué lo había hecho, ella le respondió que era para irse en él durante la noche. Cuando llegó el nuevo día la celda estaba completamente vacía. De la mulata y el barco no había un solo rastro.

Vamos hacia la puerta de América, ahí podemos ver unas enormes argollas, que no son las originales pero que representan a las que en su tiempo sirvieron para atar los barcos que llegaban al fuerte. Al frente vemos el actual puerto de Veracruz donde incesantemente cargan y descargan barcos con toda clase de mercancías, de hecho en el malecón es tan común encontrar una gran cantidad de vendedores ambulantes que ofrecen los productos chinos que actualmente han invadido al mundo, sobre todo, juguetes de luces brillantes y relojes. Podemos ver cómo funcionan las enormes grúas que trasladan enormes contenedores, cuyo color se diferencia de acuerdo a su contenido, los que almacenan alimentos tienen congeladores para mantener la temperatura adecuada. Hay también una bodega de automóviles.

Seguimos avanzando y atravesamos el puente del último suspiro, es el último acceso a las celdas en donde todos los prisioneros morían. Sus nombres son terroríficos y sarcásticos a la vez. La que mejor de todas es la gloria, es la más grande, completamente húmeda y oscura, la pared del fondo que la separa del mar, mide dos metros de grosor, tiene dos rendijas para la ventilación que es mínima, tal vez, unos veinte centímetros de ancho, por unos sesenta de alto. Entramos a ella, donde el agua continuamente gotea, la guía nos dice que en aquéllos tiempos los prisioneros tenían que permanecer de pie, porque cuando la marea subía la celda se inundaba cubriéndoles hasta las rodillas. Todo el lugar estaba infestado de ratas, cucarachas, chinches y piojos. Hacían sus necesidades en una cuba, que era un barril partido a la mitad y que después era tirado al mar. El calor que rebasaba los cuarenta grados hacía que el hedor fuera insoportable. Una situación que podría enloquecer a cualquiera. Muchos de los presos preferían tirarse al mar y ser devorados por los tiburones.

Estamos en la celda aproximadamente 10 minutos, y es difícil respirar adentro a pesar de que la temperatura de este día no es calurosa. Al salir, de inmediato notamos el cambio en el aire que se respira dentro y fuera, sentimos una enorme compasión por las personas que alguna vez estuvieron presos. Parte de su dolor, desesperación e impotencia debió quedarse para siempre congelado en el ambiente, en nuestra mente podemos verlos claramente y la energía pesada y negativa se siente flotando, nos toca lo mismo que la brisa marina y un escalofrío recorre nuestros cuerpos. Salimos felices de no estar condenados a permanecer ahí.

La segunda celda es el purgatorio, es casi igual a la anterior, sólo que de menores dimensiones debido a que el grosor de sus paredes es el doble de la primera y la ventilación es mucho peor.
Es en esta en donde la leyenda dice que estuvo preso Chucho el roto. Según se comenta intentó escapar en repetidas ocasiones sin lograrlo, hasta que hizo amistad con uno de los guardias y lo convenció de que lo ayudara. El legendario ladrón se escondió dentro de uno de los barriles que normalmente se utilizaban para las necesidades fisiológicas de los presos y en él fue lanzado al mar. No se sabe cómo o dónde fue rescatado. Una versión dice que tras su fuga se fue a vivir a la ciudad de México en donde después de unos años murió, pero existen otras versiones, ninguna de ellas ha sido corroborada.

La tercera no solo hace honor a su nombre, es quizás peor, totalmente oscura, apenas entrar y el ambiente es sofocante. Entrar en este lugar es prácticamente como estar enterrado en vida dentro de una tumba, la única ventilación llega a través de una pared de seis metros. No estamos ni un minuto dentro y la respiración es difícil.

Después de darnos toda la explicación, la guía nos deja libres para recorrer la parte de arriba del fuerte. Por el lado oeste, dicen que en la noche se ven las luces de Cuba, no podemos comprobarlo, son apenas las once de la mañana. Parece que se realizan viajes turísticos de un día hasta la isla en barco, pero solo en temporada vacacional alta. Seguimos recorriendo y llegamos hasta el faro, subimos por sus escaleras de caracol y durante un rato más contemplamos el fuerte y el mar. Enormes peces saltan hacia la superficie, ahora ya no hay tiburones, el mar es tranquilo y seguro a pesar del norte.     

jueves, 28 de febrero de 2013

LA INVENCION DE LA AGRICULTURA




LA INVENCION DE LA AGRICULTURA

Hace miles de años, cuando el hombre primitivo se refugiaba en las cuevas de las montañas para protegerse de los animales depredadores, aprendió a organizarse para realizar trabajo en equipo, y eso le facilitó la sobrevivencia y le brindó seguridad. Durante el día salía al campo en busca de los alimentos que compartía con sus compañeros. Y poco a poco fue conociendo las plantas, de tal modo, que sabía cuáles eran comestibles.

A través del tiempo, comenzó a reconocer que los cambios climáticos ocurrían por ciclos, se dio cuenta que durante la época de frío, la comida escaseaba. En la temporada de lluvia veía crecer abundantemente algunas plantas que daban granos, tal era el caso del maíz el cual aprendió a comer tierno, pero también lo recogía cuando las mazorcas ya estaban duras para almacenarlas  y consumirlas durante los días en que en el campo no había nada.

Sucedió que cuando el hombre ya tenía almacenado maíz dentro de su cueva una fuerte tormenta cayó, aunque ya no era temporada de lluvias. La abundante agua se filtró al interior, escurriendo por distintos lados, fue inevitable que los granos de maíz se mojaran. La humedad hizo que la mayoría de ellos se pudrieran, entonces no tuvo más remedio que tirar sus provisiones. Sin embargo, algunos granos que no estaban dañados cayeron cerca de un pequeño arroyo en medio de una tierra fértil, húmeda y soleada. A los pocos días observó que una planta comenzaba a crecer. Al principio era muy frágil y parecía que el viento la derribaría, por lo que, decidió ponerle un poco más de tierra,  y así la planta se volvió fuerte y creció hasta producir su fruto.

Este hombre vio por primera vez cómo y de dónde surgía el maíz del que se alimentaba. Entonces tomó otros granos de maíz y comenzó a ponerlos en medio de la tierra y a regarles  agua, pronto brotaron las primeras hojas… y así fue como dio inicio el cultivo de las plantas.

LA NOCHE EN EL LAGO




LA NOCHE EN EL LAGO

Dicen que en un lago situado al pie de la montaña habitan seres de otras dimensiones. Durante el día la gente puede asombrarse de su belleza, rodeado de dos altos murallones de roca y de verde y abundante vegetación. Cuando está a punto de anochecer se escucha el croar de las ranas como un concierto cuyo eco rebota en los bordes del agua. El lago se encuentra en la parte baja del pueblo, es por eso que toda el agua que corre por lo barrancos y los cerros se acumula ahí. Con gran rapidez  un campo de tierra completamente seco y agrietado se inunda con las lluvias del temporal, el lugar se transforma en pocos días y la vida de muchos animales se manifiesta en todo su esplendor. Miles de insectos surgen, las mariposas de todos tamaños y las libélulas con sus intensos y brillantes colores.  Vienen las garzas y los patos a pescar los pececillos que hay en las orillas. Las ranas y las tortugas aparecen como por arte de magia, un día simplemente están.

Sobre la superficie del agua quieta se mira una réplica exacta de los cerros y las rocas. Transcurre el día tranquilo y poco a poco con el atardecer los animales se van a sus guaridas. Ahí sobre la orilla del lago sólo quedan las ranas y tortugas, de vez en cuando se escucha algún croar que junto con el canto de los grillos forman una sinfonía. Aparentemente ha cesado toda actividad humana. La noche es oscura y fresca con aroma de yerba fresca y tierra mojada. Las luciérnagas iluminan con sus pequeños destellos el paisaje, son tantas que, vistas a la distancia parecen como una ciudad iluminada  en miniatura. A lo lejos se escucha el aullar de los coyotes, tal vez no sean varios sino sólo uno, los campesinos dicen que saben aullar como si fueran varios. Sobre las ramas de los árboles se escuchan cantar a los búhos y las lechuzas, pero no se dejan ver, le temen al hombre y el hombre a ellos. Un dicho se ha hecho popular desde hace muchas generaciones “cuando el tecolote canta, el indio muere”. El hombre no quiere morir, los búhos tampoco, ambos guardan su distancia.

Todo parece muy tranquilo, la mayoría de la gente en el pueblo duerme, pero sin saber de donde ni cómo, unas luces brillantes hacen su aparición iluminando el cielo. No se oye ningún ruido que pudiera emitir algún avión o artefacto construido por el hombre. Es una luz brillante que se filtra a través de las ramas de los árboles e ilumina claramente el suelo. No es una, son tres o cuatro luces, vistas con mayor detenimiento parecen esferas flotando sobre el lago, se acercan cada vez más a la superficie y después desaparecen dentro del agua. ¿A dónde fueron?, ¿qué eran? No se escuchó ningún ruido al hacer contacto con el agua. Tampoco salió vapor que indicara que la luz fuera caliente y vaporizara el agua. Pero una cosa es cierta todas las luces esféricas entraron al lago y desaparecieron.

Estás luces redondas aparecen con frecuencia, no hay nada que indique cuando será el momento, puede ser cualquier día, siempre y cuando la laguna tenga agua. Muchos hombres han vivido cerca del lago por miles de años, se le considera un lugar sagrado, un lugar de los dioses, no hay ningún templo, pero cada año se pone una ofrenda a lo seres que ahí habitan. Haciendo sonar un silbato de barro con figura de animalito se les llama, se les agradece por sus bendiciones y se les pide su favor para el año venidero. Ellos suelen conceder las peticiones, así que el hombre debe pensar bien qué es lo que quiere pedir.

El hombre que ha nacido en el campo y que tiene contacto frecuente con la naturaleza aprende todos los ciclos de la vida. Adivina el lenguaje de los animales y muchas veces se comunica con ellos. Del mismo modo establece una relación con  estos seres invisibles para la mayoría, los mira y les habla en sus sueños, recibe regalos y peticiones que debe cumplir. Así cada año el hombre a través de sus sueños sabe lo que debe llevar en la ofrenda, no duda en agradecer a la madre tierra y a los seres invisibles de quienes recibe ayuda. Es un conocimiento que aprendió de sus ancestros que le recuerda su conexión con la naturaleza  y  con la vida de todo el planeta. 

LA ESCUELA




LA ESCUELA

Juanito y Pedro son los dos hijos mayores de su familia, uno tiene  8 años y el otro 6.  Su padre, don Miguel, es un hombre muy duro, que enseña con rudeza a sus hijos el cultivo de maíz, fríjol y calabaza. Desde muy pequeños ellos lo han acompañado a sus faenas. La jornada comienza antes de salir el sol y termina al atardecer. Los niños no tienen un descanso, menos aún tiempo para jugar,  siempre hay demasiado trabajo por hacer. Los fines de semana van a cortar leña y el domingo muy temprano se van a venderla a un pueblo vecino que dista dos horas de camino. Su corta edad sólo les ha salvado del aún más rudo trabajo de extracción de la cal, en hornos cuyo fuego debe mantenerse encendido por tres días seguidos.

La infancia de Juanito y Pedro se desenvuelve en los primeros años posteriores a la revolución. Ellos provienen de una familia que durante aquélla época casi desapareció por completo. De hecho, su padre, don Miguel, vio morir a sus padres, tíos y a todos sus hermanos. Para sobrevivir se la pasó escondiéndose en los cerros o cañadas, pasando hambre, sed y frío, aprendiendo a no quejarse y a no expresar su dolor ante la urgencia de huir para salvar la vida. Cuando la paz llegó, don Miguel se sintió aliviado de tener al menos un techo seguro donde establecerse y formar una nueva familia con su esposa María. Su trato hosco y distante con sus hijos le permite no involucrarse emocionalmente con ellos, así es menos doloroso, en una época en que la mayoría de los niños mueren tempranamente, por alguna enfermedad, picadura de alacrán o incluso en el parto. Brindar a los hijos comida y techo, es un gran logro  para un hombre que durante su infancia nunca los tuvo.

Un día, en la cabecera del municipio se abrió una escuela primaria y los maestros  invitaron a los padres de familia a mandar a sus hijos a estudiar. Algunos niños se entusiasmaron con la idea de aprender algo diferente que les diera la posibilidad de tener una vida mejor.  Juanito y Pedro son enviados, no así su hermana que siendo la mayor de todos no se le concede esta oportunidad por el sólo hecho de ser niña.

Todos los días Juanito y Pedro salen de su choza muy temprano, les espera un largo camino hasta la escuela mas cercana, tres horas a pie. Ellos están muy ilusionados, pues su madre les ha dicho que estudiando se puede progresar, que deben ser hombres de letras, personas que sepan hablar y a quién los demás respeten,  y no como el indio “pata rajada” de su padre. Un hombre que ha tenido que partirse el lomo en el campo para darle de mal comer a su familia.

Los niños inician su aprendizaje con ahínco. Aunque no es fácil, tres horas de camino los deja con hambre, pero no tienen nada que comer. El padre no está muy de acuerdo en que sus hijos vayan  a perder el tiempo en ese lugar en donde no hacen nada, para él es más urgente llevarlos al campo, enseñarles a trabajar, a leñar y a todas las labores propias de hombres. Así que Juanito y Pedro sólo tienen el apoyo de su madre, y eso no es gran cosa, porque quien controla el dinero no es ella. Si uno de ellos necesita un cuaderno o lápiz y pide dinero a su padre, él responde: “y pa ´ qué quiere ir a la escuela, yo no sé leer ni escribir y no me he muerto de hambre”

Los niños no pueden replicar a su padre, sus palabras son incuestionables, pero siguen adelante. Un maestro en la escuela que sabe de su situación, les compra sus útiles. Pero un recorrido tan largo todos los días sin comida es demasiado para ellos. El hambre de cada día se une a la del día anterior, y en el estómago el hueco ya es muy grande. A veces les regalan un pan, a veces nada, entonces van a la llave de agua que está en el zócalo, beben, beben y beben para mitigar su hambre hasta llegar a casa. Son las cinco de la tarde cuando vuelven, sólo hacen una comida que consiste en tortillas y frijoles. Los días pasan casi iguales. Poco más de año y medio dura la perseverancia de Juanito, pero al final se rinde, deja la escuela y se va al campo a trabajar con su padre. Su hermano continúa un año más,  y después  también el hambre lo vence.  Juanito no es feliz de haber tenido que elegir entre morir de hambre con un poco de aprendizaje o trabajar en el campo con el estómago lleno, sólo sueña con que algún día sus hijos no tengan que escoger entre estas dos situaciones.

UN ENCUENTRO DESAFORTUNADO



UN ENCUENTRO DESAFORTUNADO

Me despierto con la garganta reseca y un poco cansada de la postura en que me sorprendió el sueño. La noche es fría, el silencio es absoluto, eso me agrada, últimamente ha habido tantas fiestas cerca de la casa y con la música a tal alto volumen no he podido descansar bien. Pero hoy todo es quietud, agradezco por ello. Me volteo entre las sabanas y me acomodo sobre la almohada. Tengo mucho sueño y sed, pero no quiero levantarme a beber agua. De pensar que al salirme de la cama se enfriará mi cuerpo y el sueño se me irá, elijo ignorar mi sed y continuar durmiendo. Estiro mi pierna izquierda y siento un piquete doloroso. Instintivamente alejo las sábanas de mí. Rápidamente me levanto y enciendo la luz, reconozco por el dolor intenso que el causante ha sido un alacrán. Ahora necesito encontrarlo para confirmar mi sospecha y para deshacerme de él porque puede picar varias veces. Estoy tan enojada que lo he sentenciado a muerte.
Comienzo a buscarlo en las sábanas, no se ve nada, instintivamente él también ha corrido a esconderse, no en vano su instinto lo ha ayudado a sobrevivir millones de años en este planeta. Lo busco mirando detenidamente las sábanas, pero el dolor del veneno dentro de mi pierna me hace detenerme. Es un dolor intenso y ardiente como el fuego. Entonces me acuerdo que debo tomar algo para que su veneno no me meta en serios problemas. A la mano, tengo un frasco de medicamento homeopático antialacrán, tomo una primera dosis y continúo buscando. Miro el reloj son las dos de la mañana.
Después de sacudir el edredón y las sábanas, el insecto cae al piso y de inmediato corre tratando de hallar un escondite. No hay piedad para él, es aplastado por mi pie al instante. El dolor de la pierna es cada vez más intenso. Me cambio de ropa tan rápido como me es posible para ir de inmediato al servicio de urgencias en el hospital. Esta es la cuarta vez en mi vida que un alacrán me pica, y sé por experiencia propia que, el veneno puede comenzar a hacer serios estragos incluso después de una hora de haber sido inoculado. Si eso ocurre, necesitaré un suero antialacrán. El hospital más cercano está a veinte minutos en coche, así que lo más prudente es trasladarme hasta allá y esperar en previsión de necesitar ayuda médica.
Sigo tomando el medicamento homeopático cada diez minutos pero el dolor es continuo y se incrementa a intervalos. Siento el hormigueo y entumecimiento en la pierna. Me es difícil caminar y el dolor aumenta al tener que soportar mi peso. Mientras me dirijo al hospital, no puedo evitar recordar las veces anteriores en que me encontré en similar situación.
La primera vez que tuve un desafortunado encuentro con uno de estos insectos había regresado de llevar comida a mi padre que trabajaba en el campo. Cinco kilómetros caminando de ida y cinco de vuelta, me dejaron cansada  y llena de polvo. Aticé el fogón de leña para calentar el agua para bañarme. Eran esos años en que en el pueblo no había agua potable en las casas. No se podía usar más de una cubeta de agua para la higiene personal. Al tomar el leño entre mis manos, sentí el piquete en el dedo. Vi al alacrán corriendo en el leño para esconderse,  lo tiré al piso y lo aplasté furiosamente. Después comí lentamente varios dientes de ajo para evitar los efectos del veneno. Para mi sorpresa me sabían dulces, no picantes. El hormigueo se extendió por mi brazo, pero después de un rato comenzó a disminuir.
Pasaron los minutos sin ningún signo de alarma y cuando había transcurrido una hora y pensé que me había librado del peligro, comencé a estornudar repetidamente. En menos de diez minutos sentí el hormigueo en todo el cuerpo, un mayor entumecimiento, escurrimiento nasal, mareo, un fuerte dolor de cabeza, dificultad para respirar y hablar, y la vista nublada. No había duda, necesitaba el suero antialacrán de emergencia. Alguien de mi familia corrió a conseguirlo con un vecino que siempre tenía una dosis disponible desde que años atrás perdiera un hijo por el piquete de tan temible insecto. Todo el pueblo lo sabía y cuando alguien requería el medicamento se lo pedía prestado, con el compromiso de devolverlo a la brevedad. 
En menos de diez minutos no podía ni siquiera sostenerme de pie, de tan mareada que me sentía. Tampoco podía distinguir las cosas y el dolor de cabeza era muy fuerte. Vino mi hermana para aplicarme la inyección y al ver el estado en que me encontraba, decidió administrarme el medicamento directamente en la vena. El efecto fue inmediato, como por arte de magia, desaparecieron los estornudos, el mareo, la dificultad para respirar y disminuyó el dolor de cabeza. El hormigueo, entumecimiento y dolor en la zona aledaña a la picadura me duró por lo menos una semana más. Un final feliz, gracias al vecino que siempre tenía una dosis del suero lista para usarse.
Esperando en el hospital, ha pasado casi una hora desde que recibí el pinchazo, parece que el medicamento homeopático está funcionando. Una toma cada diez minutos durante la primera hora. El hormigueo no se extiende, pero extrañamente el dolor en mi pierna es muy intenso y siento un fuego que me quema. Me sorprende lo doloroso que es, las tres veces anteriores no me dolió de esta manera. No sé si se debe a la zona en que me picó, ahora fue en la pierna, en dos ocasiones anteriores en la mano y una en el antebrazo. Me duele la pierna al caminar o con tan sólo moverme. Me siento enojada de no poder tomar ningún medicamento para el dolor. Es sabido por todos los que interactuamos con estos bichos, que cuando se ha sido picado no se puede comer ni beber agua por varias horas para evitar los efectos mortales.
Dentro de mi pierna, alrededor de la zona en que recibí el pinchazo, los músculos comienzan a contraerse y distenderse violentamente, parece que una serpiente estuviera retorciéndose, me asombra como se ve. Después de una hora y media me voy del hospital, parece que el peligro ha pasado, no así el dolor que no disminuyó nada. Tengo la esperanza de que al calentarse mi pierna entre las sábanas podré relajarme y dormir. Idea completamente alejada de la realidad, el dolor se intensifica en cuanto me acuesto, envuelvo mi pierna con un par de toallas para darle más calor, pero no sirve de nada. Me quedo quieta intentando evitar el dolor y sin dormir hasta que amanece.
A las ocho de la mañana me levanto a prepararme un poco de café con leche. Me aplico un poco del jugo de una planta que los campesinos, y en especial mi padre, usan para estas ocasiones. Después me pongo un poco de alcohol en la zona afectada. Es un alcohol donde mi hermano, previamente puso a remojar todos los alacranes que ha ido encontrando y que sirve para calmar el dolor. Mi madre me da a beber un té de poleo para el mismo propósito. Cancelo por teléfono las citas de trabajo que tenía para hoy. No me siento nada bien, camino con dificultad y la cabeza y el cuerpo me duelen, así que me quedaré a descansar. Tomo mi desayuno y al poco tiempo  empiezo a sentir mucho calor, me acuesto y por fin el dolor comienza a disminuir. Consigo dormirme algunas horas, aunque despierto a intervalos y finalmente a las dos de la  tarde me siento mejor.
Por fin me levanto, tengo la pierna entumida pero ya puedo caminar bien, aunque con una ligera molestia al asentar mi peso. En la zona del piquete me salió un pequeño salpullido. Siento todavía la cabeza embotada y con mucho sueño. En el piso está el culpable de todo esto, ha quedado como una calcomanía por tantas pisadas que ha recibido. En realidad, ahora que estoy más tranquila, reconozco que nadie es culpable, él sólo hace lo que ha sido inscrito en sus instintos por millones de años. Lo miro y pienso en él como una criatura desolada, sin amigos.  El instinto maternal  de las hembras de su especie dura apenas dos semanas, el mismo tiempo en que las crías cambian su traje transparente a su color natural. Entonces, ellas los corren de su lado persiguiéndolos con su amenazante aguijón y para que comprendan que el asunto va en serio, se comen a algunas de sus crías, delante de la borrosa mirada de sus hermanos, acto que les hace aprender una dura lección de sobrevivencia: no se pueden fiar ni de su propia madre.
No obstante la naturaleza desalmada de estos insectos, cuando se aparean bailan por horas una hermosa danza entrelazando sus colas y tenazas, es el vals del amor, que lo único que le falta es la música. Una danza que puede durar horas antes de que la hembra dé el sí a su pareja. Y para cerrar con broche de oro, en algunos casos, la hembra se almuerza al macho asegurando el alimento que necesitará durante los días que no podrá cazar por llevar cargando en el lomo a sus crías. Es una forma muy práctica de ahorrarse los juicios por pensión alimenticia.
Después de todo, no puedo quejarme, cuatro piquetes de alacrán en todo lo que va de mi vida no es tanto, considerando que vivo en un lugar en donde hay demasiados. Tampoco significa que quiera más. Hemos tenido muchos encuentros y la mayoría no desafortunados. Alguna vez incluso, me bañé con uno de ellos en mi pierna sin que me picara, otras veces me han caminado sobre la mano, caído en mí desde el techo y en una ocasión llevé uno sobre mi pantalón puesto por más de una hora. Me temen y  les temo, es inevitable. Coexistimos en un mismo espacio, ambos seguiremos peleando nuestro territorio, no es un asunto personal, sólo es cuestión de sobrevivencia.