jueves, 28 de febrero de 2013

LA INVENCION DE LA AGRICULTURA




LA INVENCION DE LA AGRICULTURA

Hace miles de años, cuando el hombre primitivo se refugiaba en las cuevas de las montañas para protegerse de los animales depredadores, aprendió a organizarse para realizar trabajo en equipo, y eso le facilitó la sobrevivencia y le brindó seguridad. Durante el día salía al campo en busca de los alimentos que compartía con sus compañeros. Y poco a poco fue conociendo las plantas, de tal modo, que sabía cuáles eran comestibles.

A través del tiempo, comenzó a reconocer que los cambios climáticos ocurrían por ciclos, se dio cuenta que durante la época de frío, la comida escaseaba. En la temporada de lluvia veía crecer abundantemente algunas plantas que daban granos, tal era el caso del maíz el cual aprendió a comer tierno, pero también lo recogía cuando las mazorcas ya estaban duras para almacenarlas  y consumirlas durante los días en que en el campo no había nada.

Sucedió que cuando el hombre ya tenía almacenado maíz dentro de su cueva una fuerte tormenta cayó, aunque ya no era temporada de lluvias. La abundante agua se filtró al interior, escurriendo por distintos lados, fue inevitable que los granos de maíz se mojaran. La humedad hizo que la mayoría de ellos se pudrieran, entonces no tuvo más remedio que tirar sus provisiones. Sin embargo, algunos granos que no estaban dañados cayeron cerca de un pequeño arroyo en medio de una tierra fértil, húmeda y soleada. A los pocos días observó que una planta comenzaba a crecer. Al principio era muy frágil y parecía que el viento la derribaría, por lo que, decidió ponerle un poco más de tierra,  y así la planta se volvió fuerte y creció hasta producir su fruto.

Este hombre vio por primera vez cómo y de dónde surgía el maíz del que se alimentaba. Entonces tomó otros granos de maíz y comenzó a ponerlos en medio de la tierra y a regarles  agua, pronto brotaron las primeras hojas… y así fue como dio inicio el cultivo de las plantas.

LA NOCHE EN EL LAGO




LA NOCHE EN EL LAGO

Dicen que en un lago situado al pie de la montaña habitan seres de otras dimensiones. Durante el día la gente puede asombrarse de su belleza, rodeado de dos altos murallones de roca y de verde y abundante vegetación. Cuando está a punto de anochecer se escucha el croar de las ranas como un concierto cuyo eco rebota en los bordes del agua. El lago se encuentra en la parte baja del pueblo, es por eso que toda el agua que corre por lo barrancos y los cerros se acumula ahí. Con gran rapidez  un campo de tierra completamente seco y agrietado se inunda con las lluvias del temporal, el lugar se transforma en pocos días y la vida de muchos animales se manifiesta en todo su esplendor. Miles de insectos surgen, las mariposas de todos tamaños y las libélulas con sus intensos y brillantes colores.  Vienen las garzas y los patos a pescar los pececillos que hay en las orillas. Las ranas y las tortugas aparecen como por arte de magia, un día simplemente están.

Sobre la superficie del agua quieta se mira una réplica exacta de los cerros y las rocas. Transcurre el día tranquilo y poco a poco con el atardecer los animales se van a sus guaridas. Ahí sobre la orilla del lago sólo quedan las ranas y tortugas, de vez en cuando se escucha algún croar que junto con el canto de los grillos forman una sinfonía. Aparentemente ha cesado toda actividad humana. La noche es oscura y fresca con aroma de yerba fresca y tierra mojada. Las luciérnagas iluminan con sus pequeños destellos el paisaje, son tantas que, vistas a la distancia parecen como una ciudad iluminada  en miniatura. A lo lejos se escucha el aullar de los coyotes, tal vez no sean varios sino sólo uno, los campesinos dicen que saben aullar como si fueran varios. Sobre las ramas de los árboles se escuchan cantar a los búhos y las lechuzas, pero no se dejan ver, le temen al hombre y el hombre a ellos. Un dicho se ha hecho popular desde hace muchas generaciones “cuando el tecolote canta, el indio muere”. El hombre no quiere morir, los búhos tampoco, ambos guardan su distancia.

Todo parece muy tranquilo, la mayoría de la gente en el pueblo duerme, pero sin saber de donde ni cómo, unas luces brillantes hacen su aparición iluminando el cielo. No se oye ningún ruido que pudiera emitir algún avión o artefacto construido por el hombre. Es una luz brillante que se filtra a través de las ramas de los árboles e ilumina claramente el suelo. No es una, son tres o cuatro luces, vistas con mayor detenimiento parecen esferas flotando sobre el lago, se acercan cada vez más a la superficie y después desaparecen dentro del agua. ¿A dónde fueron?, ¿qué eran? No se escuchó ningún ruido al hacer contacto con el agua. Tampoco salió vapor que indicara que la luz fuera caliente y vaporizara el agua. Pero una cosa es cierta todas las luces esféricas entraron al lago y desaparecieron.

Estás luces redondas aparecen con frecuencia, no hay nada que indique cuando será el momento, puede ser cualquier día, siempre y cuando la laguna tenga agua. Muchos hombres han vivido cerca del lago por miles de años, se le considera un lugar sagrado, un lugar de los dioses, no hay ningún templo, pero cada año se pone una ofrenda a lo seres que ahí habitan. Haciendo sonar un silbato de barro con figura de animalito se les llama, se les agradece por sus bendiciones y se les pide su favor para el año venidero. Ellos suelen conceder las peticiones, así que el hombre debe pensar bien qué es lo que quiere pedir.

El hombre que ha nacido en el campo y que tiene contacto frecuente con la naturaleza aprende todos los ciclos de la vida. Adivina el lenguaje de los animales y muchas veces se comunica con ellos. Del mismo modo establece una relación con  estos seres invisibles para la mayoría, los mira y les habla en sus sueños, recibe regalos y peticiones que debe cumplir. Así cada año el hombre a través de sus sueños sabe lo que debe llevar en la ofrenda, no duda en agradecer a la madre tierra y a los seres invisibles de quienes recibe ayuda. Es un conocimiento que aprendió de sus ancestros que le recuerda su conexión con la naturaleza  y  con la vida de todo el planeta. 

LA ESCUELA




LA ESCUELA

Juanito y Pedro son los dos hijos mayores de su familia, uno tiene  8 años y el otro 6.  Su padre, don Miguel, es un hombre muy duro, que enseña con rudeza a sus hijos el cultivo de maíz, fríjol y calabaza. Desde muy pequeños ellos lo han acompañado a sus faenas. La jornada comienza antes de salir el sol y termina al atardecer. Los niños no tienen un descanso, menos aún tiempo para jugar,  siempre hay demasiado trabajo por hacer. Los fines de semana van a cortar leña y el domingo muy temprano se van a venderla a un pueblo vecino que dista dos horas de camino. Su corta edad sólo les ha salvado del aún más rudo trabajo de extracción de la cal, en hornos cuyo fuego debe mantenerse encendido por tres días seguidos.

La infancia de Juanito y Pedro se desenvuelve en los primeros años posteriores a la revolución. Ellos provienen de una familia que durante aquélla época casi desapareció por completo. De hecho, su padre, don Miguel, vio morir a sus padres, tíos y a todos sus hermanos. Para sobrevivir se la pasó escondiéndose en los cerros o cañadas, pasando hambre, sed y frío, aprendiendo a no quejarse y a no expresar su dolor ante la urgencia de huir para salvar la vida. Cuando la paz llegó, don Miguel se sintió aliviado de tener al menos un techo seguro donde establecerse y formar una nueva familia con su esposa María. Su trato hosco y distante con sus hijos le permite no involucrarse emocionalmente con ellos, así es menos doloroso, en una época en que la mayoría de los niños mueren tempranamente, por alguna enfermedad, picadura de alacrán o incluso en el parto. Brindar a los hijos comida y techo, es un gran logro  para un hombre que durante su infancia nunca los tuvo.

Un día, en la cabecera del municipio se abrió una escuela primaria y los maestros  invitaron a los padres de familia a mandar a sus hijos a estudiar. Algunos niños se entusiasmaron con la idea de aprender algo diferente que les diera la posibilidad de tener una vida mejor.  Juanito y Pedro son enviados, no así su hermana que siendo la mayor de todos no se le concede esta oportunidad por el sólo hecho de ser niña.

Todos los días Juanito y Pedro salen de su choza muy temprano, les espera un largo camino hasta la escuela mas cercana, tres horas a pie. Ellos están muy ilusionados, pues su madre les ha dicho que estudiando se puede progresar, que deben ser hombres de letras, personas que sepan hablar y a quién los demás respeten,  y no como el indio “pata rajada” de su padre. Un hombre que ha tenido que partirse el lomo en el campo para darle de mal comer a su familia.

Los niños inician su aprendizaje con ahínco. Aunque no es fácil, tres horas de camino los deja con hambre, pero no tienen nada que comer. El padre no está muy de acuerdo en que sus hijos vayan  a perder el tiempo en ese lugar en donde no hacen nada, para él es más urgente llevarlos al campo, enseñarles a trabajar, a leñar y a todas las labores propias de hombres. Así que Juanito y Pedro sólo tienen el apoyo de su madre, y eso no es gran cosa, porque quien controla el dinero no es ella. Si uno de ellos necesita un cuaderno o lápiz y pide dinero a su padre, él responde: “y pa ´ qué quiere ir a la escuela, yo no sé leer ni escribir y no me he muerto de hambre”

Los niños no pueden replicar a su padre, sus palabras son incuestionables, pero siguen adelante. Un maestro en la escuela que sabe de su situación, les compra sus útiles. Pero un recorrido tan largo todos los días sin comida es demasiado para ellos. El hambre de cada día se une a la del día anterior, y en el estómago el hueco ya es muy grande. A veces les regalan un pan, a veces nada, entonces van a la llave de agua que está en el zócalo, beben, beben y beben para mitigar su hambre hasta llegar a casa. Son las cinco de la tarde cuando vuelven, sólo hacen una comida que consiste en tortillas y frijoles. Los días pasan casi iguales. Poco más de año y medio dura la perseverancia de Juanito, pero al final se rinde, deja la escuela y se va al campo a trabajar con su padre. Su hermano continúa un año más,  y después  también el hambre lo vence.  Juanito no es feliz de haber tenido que elegir entre morir de hambre con un poco de aprendizaje o trabajar en el campo con el estómago lleno, sólo sueña con que algún día sus hijos no tengan que escoger entre estas dos situaciones.

UN ENCUENTRO DESAFORTUNADO



UN ENCUENTRO DESAFORTUNADO

Me despierto con la garganta reseca y un poco cansada de la postura en que me sorprendió el sueño. La noche es fría, el silencio es absoluto, eso me agrada, últimamente ha habido tantas fiestas cerca de la casa y con la música a tal alto volumen no he podido descansar bien. Pero hoy todo es quietud, agradezco por ello. Me volteo entre las sabanas y me acomodo sobre la almohada. Tengo mucho sueño y sed, pero no quiero levantarme a beber agua. De pensar que al salirme de la cama se enfriará mi cuerpo y el sueño se me irá, elijo ignorar mi sed y continuar durmiendo. Estiro mi pierna izquierda y siento un piquete doloroso. Instintivamente alejo las sábanas de mí. Rápidamente me levanto y enciendo la luz, reconozco por el dolor intenso que el causante ha sido un alacrán. Ahora necesito encontrarlo para confirmar mi sospecha y para deshacerme de él porque puede picar varias veces. Estoy tan enojada que lo he sentenciado a muerte.
Comienzo a buscarlo en las sábanas, no se ve nada, instintivamente él también ha corrido a esconderse, no en vano su instinto lo ha ayudado a sobrevivir millones de años en este planeta. Lo busco mirando detenidamente las sábanas, pero el dolor del veneno dentro de mi pierna me hace detenerme. Es un dolor intenso y ardiente como el fuego. Entonces me acuerdo que debo tomar algo para que su veneno no me meta en serios problemas. A la mano, tengo un frasco de medicamento homeopático antialacrán, tomo una primera dosis y continúo buscando. Miro el reloj son las dos de la mañana.
Después de sacudir el edredón y las sábanas, el insecto cae al piso y de inmediato corre tratando de hallar un escondite. No hay piedad para él, es aplastado por mi pie al instante. El dolor de la pierna es cada vez más intenso. Me cambio de ropa tan rápido como me es posible para ir de inmediato al servicio de urgencias en el hospital. Esta es la cuarta vez en mi vida que un alacrán me pica, y sé por experiencia propia que, el veneno puede comenzar a hacer serios estragos incluso después de una hora de haber sido inoculado. Si eso ocurre, necesitaré un suero antialacrán. El hospital más cercano está a veinte minutos en coche, así que lo más prudente es trasladarme hasta allá y esperar en previsión de necesitar ayuda médica.
Sigo tomando el medicamento homeopático cada diez minutos pero el dolor es continuo y se incrementa a intervalos. Siento el hormigueo y entumecimiento en la pierna. Me es difícil caminar y el dolor aumenta al tener que soportar mi peso. Mientras me dirijo al hospital, no puedo evitar recordar las veces anteriores en que me encontré en similar situación.
La primera vez que tuve un desafortunado encuentro con uno de estos insectos había regresado de llevar comida a mi padre que trabajaba en el campo. Cinco kilómetros caminando de ida y cinco de vuelta, me dejaron cansada  y llena de polvo. Aticé el fogón de leña para calentar el agua para bañarme. Eran esos años en que en el pueblo no había agua potable en las casas. No se podía usar más de una cubeta de agua para la higiene personal. Al tomar el leño entre mis manos, sentí el piquete en el dedo. Vi al alacrán corriendo en el leño para esconderse,  lo tiré al piso y lo aplasté furiosamente. Después comí lentamente varios dientes de ajo para evitar los efectos del veneno. Para mi sorpresa me sabían dulces, no picantes. El hormigueo se extendió por mi brazo, pero después de un rato comenzó a disminuir.
Pasaron los minutos sin ningún signo de alarma y cuando había transcurrido una hora y pensé que me había librado del peligro, comencé a estornudar repetidamente. En menos de diez minutos sentí el hormigueo en todo el cuerpo, un mayor entumecimiento, escurrimiento nasal, mareo, un fuerte dolor de cabeza, dificultad para respirar y hablar, y la vista nublada. No había duda, necesitaba el suero antialacrán de emergencia. Alguien de mi familia corrió a conseguirlo con un vecino que siempre tenía una dosis disponible desde que años atrás perdiera un hijo por el piquete de tan temible insecto. Todo el pueblo lo sabía y cuando alguien requería el medicamento se lo pedía prestado, con el compromiso de devolverlo a la brevedad. 
En menos de diez minutos no podía ni siquiera sostenerme de pie, de tan mareada que me sentía. Tampoco podía distinguir las cosas y el dolor de cabeza era muy fuerte. Vino mi hermana para aplicarme la inyección y al ver el estado en que me encontraba, decidió administrarme el medicamento directamente en la vena. El efecto fue inmediato, como por arte de magia, desaparecieron los estornudos, el mareo, la dificultad para respirar y disminuyó el dolor de cabeza. El hormigueo, entumecimiento y dolor en la zona aledaña a la picadura me duró por lo menos una semana más. Un final feliz, gracias al vecino que siempre tenía una dosis del suero lista para usarse.
Esperando en el hospital, ha pasado casi una hora desde que recibí el pinchazo, parece que el medicamento homeopático está funcionando. Una toma cada diez minutos durante la primera hora. El hormigueo no se extiende, pero extrañamente el dolor en mi pierna es muy intenso y siento un fuego que me quema. Me sorprende lo doloroso que es, las tres veces anteriores no me dolió de esta manera. No sé si se debe a la zona en que me picó, ahora fue en la pierna, en dos ocasiones anteriores en la mano y una en el antebrazo. Me duele la pierna al caminar o con tan sólo moverme. Me siento enojada de no poder tomar ningún medicamento para el dolor. Es sabido por todos los que interactuamos con estos bichos, que cuando se ha sido picado no se puede comer ni beber agua por varias horas para evitar los efectos mortales.
Dentro de mi pierna, alrededor de la zona en que recibí el pinchazo, los músculos comienzan a contraerse y distenderse violentamente, parece que una serpiente estuviera retorciéndose, me asombra como se ve. Después de una hora y media me voy del hospital, parece que el peligro ha pasado, no así el dolor que no disminuyó nada. Tengo la esperanza de que al calentarse mi pierna entre las sábanas podré relajarme y dormir. Idea completamente alejada de la realidad, el dolor se intensifica en cuanto me acuesto, envuelvo mi pierna con un par de toallas para darle más calor, pero no sirve de nada. Me quedo quieta intentando evitar el dolor y sin dormir hasta que amanece.
A las ocho de la mañana me levanto a prepararme un poco de café con leche. Me aplico un poco del jugo de una planta que los campesinos, y en especial mi padre, usan para estas ocasiones. Después me pongo un poco de alcohol en la zona afectada. Es un alcohol donde mi hermano, previamente puso a remojar todos los alacranes que ha ido encontrando y que sirve para calmar el dolor. Mi madre me da a beber un té de poleo para el mismo propósito. Cancelo por teléfono las citas de trabajo que tenía para hoy. No me siento nada bien, camino con dificultad y la cabeza y el cuerpo me duelen, así que me quedaré a descansar. Tomo mi desayuno y al poco tiempo  empiezo a sentir mucho calor, me acuesto y por fin el dolor comienza a disminuir. Consigo dormirme algunas horas, aunque despierto a intervalos y finalmente a las dos de la  tarde me siento mejor.
Por fin me levanto, tengo la pierna entumida pero ya puedo caminar bien, aunque con una ligera molestia al asentar mi peso. En la zona del piquete me salió un pequeño salpullido. Siento todavía la cabeza embotada y con mucho sueño. En el piso está el culpable de todo esto, ha quedado como una calcomanía por tantas pisadas que ha recibido. En realidad, ahora que estoy más tranquila, reconozco que nadie es culpable, él sólo hace lo que ha sido inscrito en sus instintos por millones de años. Lo miro y pienso en él como una criatura desolada, sin amigos.  El instinto maternal  de las hembras de su especie dura apenas dos semanas, el mismo tiempo en que las crías cambian su traje transparente a su color natural. Entonces, ellas los corren de su lado persiguiéndolos con su amenazante aguijón y para que comprendan que el asunto va en serio, se comen a algunas de sus crías, delante de la borrosa mirada de sus hermanos, acto que les hace aprender una dura lección de sobrevivencia: no se pueden fiar ni de su propia madre.
No obstante la naturaleza desalmada de estos insectos, cuando se aparean bailan por horas una hermosa danza entrelazando sus colas y tenazas, es el vals del amor, que lo único que le falta es la música. Una danza que puede durar horas antes de que la hembra dé el sí a su pareja. Y para cerrar con broche de oro, en algunos casos, la hembra se almuerza al macho asegurando el alimento que necesitará durante los días que no podrá cazar por llevar cargando en el lomo a sus crías. Es una forma muy práctica de ahorrarse los juicios por pensión alimenticia.
Después de todo, no puedo quejarme, cuatro piquetes de alacrán en todo lo que va de mi vida no es tanto, considerando que vivo en un lugar en donde hay demasiados. Tampoco significa que quiera más. Hemos tenido muchos encuentros y la mayoría no desafortunados. Alguna vez incluso, me bañé con uno de ellos en mi pierna sin que me picara, otras veces me han caminado sobre la mano, caído en mí desde el techo y en una ocasión llevé uno sobre mi pantalón puesto por más de una hora. Me temen y  les temo, es inevitable. Coexistimos en un mismo espacio, ambos seguiremos peleando nuestro territorio, no es un asunto personal, sólo es cuestión de sobrevivencia.

lunes, 28 de enero de 2013

DIOS



DIOS


Estoy aquí sentada en el pasto.

El viento mece suavemente el árbol,

Las mariposas se posan en sus hojas.

Y las flores sonríen gozosas.


Aquí no hay futuros tenebrosos,

Lejos de pasados tormentosos,

A salvo de brujas y demonios,

Sin miedo, ni dolor, ni enojos.


Quizá sólo en la profunda quietud,

En el total vacío, o el silencio.

Es el lugar donde tú habitas,

Tú, a quien hemos llamado Dios.


Y es por esa razón,  que nunca

pude hallarte entre los templos

Y me cansé de buscarte fuera,

sin saber que te llevo dentro.


Hacía falta mirar en mi espejo.

Necesitaba mirarme a los ojos.

Ver la fortaleza que me forjaste,

a través de mi arduo camino


Quizás necesitaba perdonarte.

Quizás necesitaba perdonarme.

Que me perdones, y perdonarme.

Perdonarte para encontrarte.


Perdonarte

Aunque a veces se caiga tu estrella.

A pesar que permitas la guerra.

Por el hombre que muere en la selva.

Porque no hay ilusiones que vuelvan.


Perdonarte

Por la flor pisoteada en el lodo.

Por el ave que cae de su nido.

Por el hombre que entierra a sus hijos.

Por los niños sin casa ni abrigo.


Perdonarte.

Porque te hablo y guardas silencio.

Porque sufro y no me das consuelo.

Por el hambre de amores que siento.

Por el llanto quebrado aquí dentro.


Perdonarte.

Porque duele cargar este cuerpo,

tan vacío como un campo desierto,

que se muere de sed y tormento.

Por la oscuridad en que no te encuentro.


Perdonarte

Por el mal, que siento que me haces.

Por la soledad en que me pierdo.

Por el dolor de todos los hombres.

Por el  hombre  de todos los tiempos.


Perdonarte y perdonarme.

Y después…perdonarte.

Y perdonarme.


Y amarte… y amarme.

EL HOMBRE DEL MAR




EL HOMBRE  DEL MAR

En un lugar muy profundo del inmenso mar, desde hace mucho tiempo, quizás, millones de años, habita un hombre acuático, cuyo parecido físico con el hombre terrestre es enorme. Es muy probable que ambos provengan de un ancestro común, sin embargo esto es difícil de comprobar. También es probable que aquél ser, sea un eslabón anterior a los hombres terrestres.

Desde hace miles de años los hombres que han surcado los mares, yendo de un continente a otro han contado historias de sus encuentros con estos seres. Pero jamás nadie les dio credibilidad. Dicen que las mujeres del mar, a las que han llamado sirenas por su cola de pescado, son muy hermosas y su melodiosa voz, puede hechizar a cualquier hombre con sólo escucharla una vez. Su canto es tan hermoso que quien lo oye, se siente irremediablemente atraído hacia ellas. Un canto hipnótico, que hace que el hombre pierda la conciencia de sí y se lance al mar en pos de estos seres. Estos hombres no han vuelto jamás. Marineros, en distintos puntos geográficos, han sido testigos de estos acontecimientos.

Lo cierto, es que estos seres tienen millones de años viviendo en las  profundidades insondables del enorme mar. Ahí donde, el hombre no ha podido llegar ni con sus más modernos inventos. Un lugar oculto de cualquier mirada, inaccesible para cualquiera de nosotros. Lejos del afán de conquista y dominio del homo sapiens moderno. Ellos viven dentro de grandes cavernas, para protegerse de enormes y feroces depredadores como los tiburones. Una ciudad protegida por enormes redes. Creada para sus necesidades específicas.

Y han establecido alianzas con otros animales acuáticos, con quienes se ayudan para coexistir  y sobrevivir. Ballenas y delfines son algunas de las especies con las que han evolucionado y con quienes han desarrollado y compartido un lenguaje inteligente. Pero a diferencia del ser humano, ellos no establecen un dominio sobre otras especies, más bien han aprendido a colaborar conjuntamente, ayudándose los unos a los otros. Es así por ejemplo, que sirenas y delfines se organizan para atrapar sardinas. Son los delfines quienes persiguen a los cardúmenes hasta un determinado sitio en donde las sirenas están listas para atraparlos con sus redes. Todo ocurre de manera muy organizada y eficiente. Tienen la experiencia de haber realizado esta actividad por miles de años. Ambas especies se benefician de este pacto, compartiendo la pesca.

Con las ballenas realizan una enorme travesía durante la temporada de invierno, buscando aguas más cálidas donde procrear las nuevas generaciones. Se acompañan mutuamente en todo el recorrido. Las ballenas protegen a las sirenas y son capaces de llevarlas sobre su lomo para que descansen por breves espacios de tiempo. A cambio las sirenas incursionan en las playas propicias asegurándose de que exista el menor peligro posible y de que no se encuentren presentes los seres humanos de quienes durante miles de años se han ocultado.

En algún momento muy lejano, homínidos contemporáneos al homo sapiens primitivo y sirenas, compartieron el mismo espacio. Ambos se refugiaban en las cavernas que se inundaban temporalmente por las altas mareas. Y fue posible entenderse entre ellos, a pesar de que sus lenguajes eran diferentes. Aprendieron a pescar juntos con los delfines y se ayudaban en la sobrevivencia. Pero no todos los homínidos eran sociables, los ancestros del hombre moderno fueron más agresivos y combatieron a aquéllos hasta exterminarlos. Las sirenas fueron testigos de este hecho a la par que también eran perseguidas. Pero gracias a que podían respirar y vivir en el fondo del mar, pudieron escapar. Desde entonces guardan el recuerdo de la ferocidad del hombre, de su sed de dominio y destrucción de seres a los que  considera una competencia. Testigo mudo de estos acontecimientos son algunas pinturas rupestres de cavernas, en donde aparecen dibujadas sirenas y delfines atrapando peces. 

La raza del hombre del mar  dejó para siempre las cavernas de las costas,  y se mudó a vivir al lugar más profundo e inalcanzable para el hombre moderno. Y desde entonces evita cualquier contacto con nuestra raza, y a pesar de sus precauciones, han ocurrido encuentros fortuitos, cuando las hembras emigran a aguas más cálidas para tener a sus crías. Pero son tan inteligentes y  eficientes en el arte de ocultarse del hombre, que durante estos miles de años, el hombre no ha podido atrapar nunca a una sirena viva. Esto se debe en parte a que su capacidad acústica es enorme, de tal modo, que siempre se percatan de la presencia de cualquier ser humano a gran distancia. Su lenguaje es muy amplio también y rápidamente puede enviar un mensaje de alerta a toda su especie. Además de la estrecha colaboración de sus especies amigas con las que siempre está en comunicación. Es así, que también son alertados de cualquier peligro por los delfines. A quienes el hombre reconoce como seres inteligentes y en algunas costas del mundo, los pescadores también reciben ayuda de ellos para atrapar peces y al final, ambos comparten el producto de la pesca. Lo cual también es prueba de la antigua alianza de homínidos y delfines.

 Esta especie de homo sapiens acuática, ha sobrevivido, gracias a la decisión que tuvo de alejarse de nuestra especie depredadora. Ellos saben de nuestra existencia, de las actividades que se realizan en la superficie del mar, en las costas  y las playas. Conocen los barcos, submarinos y las lanchas, porque los han visto y todo conocimiento entre ellos, es rápidamente socializado para proteger su especie. Es probable incluso, que junto con los   delfines comprendan nuestro lenguaje, aunque no puedan hablarlo. Y que durante todos estos años que el hombre no ha sabido de su existencia, ellos han adelantado en el estudio del hombre moderno.

Ha habido a lo largo de la historia de la humanidad, diversos relatos de barcos desaparecidos con toda su tripulación en altamar. Búsquedas meticulosas se llevaron a cabo para encontrarlos, sin tener ningún éxito. Puede ser que estos navegantes hayan sido capturados y llevados al fondo del mar, a la gran ciudad de la especie de las sirenas. Ellos son seres inteligentes, cuya capacidad craneal es incluso mayor que la nuestra, y su territorio es más de dos veces, nuestro territorio terrestre.  ¿Qué clase de civilizaciones han sido capaces de desarrollar?, ¿Qué enormes ciudades han podido construir? Es probable que sólo podamos saberlo si ellos deciden establecer contacto con nosotros. Pero por miles de años nos han evitado. Y debido a que todos los encuentros con esta especie han ocurrido sólo con las hembras, su existencia se ha considerado siempre un mito.

El área terrestre de nuestro planeta, es sólo el treinta por ciento del área total. Y de ese treinta por ciento, el hombre ha sido incapaz de conocerlo en su totalidad. Actualmente se siguen descubriendo especies de animales que se creía estaban extintas, o sólo eran producto de la imaginación del hombre. Y de otras más, el hombre ni siquiera había imaginado su existencia. Es claro, que la naturaleza no está limitada por la falta de imaginación nuestra. Si en el espacio terrestre, en medio de exuberantes selvas han sobrevivido tribus, de las que el hombre civilizado no tuvo conocimiento, sino   hasta fechas muy recientes. ¿Cuánto  más puede existir en el fondo del  mar, del que no se ha explorado prácticamente nada? De verdad, ¿somos la especie más inteligente del planeta? Quizás nos esperan más sorpresas de las que podemos imaginar.

LOS DUENDES

LOS DUENDES


Gerardo era un joven de 19 años, aprendió el cultivo de la miel desde que era niño, al lado de su familia. Tenía dispuestas varias cajas de colmenas a lo largo de los cerros que rodeaban al pueblo. Con cierta frecuencia iba a revisarlas para cerciorarse de que todas estuvieran bien. Parte de su trabajo era cerciorarse de que las abejas no tuvieran plagas y enfermaran. Debía llevarles agua azucarada en los meses de sequía, y dos veces al año se beneficiaba de la cosecha de la miel. La cual por cierto, siempre era muy abundante y de buena calidad, debido a la gran variedad de flores que existía en el campo.

 Aquél día, era temporada de cosecha. Muy cerca del cerro, él tenía distribuidas sus colmenas. Algunas veces se hacía acompañar por algún amigo para realizar su trabajo, pero en esa ocasión decidió ir solo. Estaba a punto de atardecer cuando llegó para recoger los bastidores que llevaría  a su casa con la finalidad de extraerles la miel. Y aunque ya empezaba o oscurecer, pensó que era mejor terminar el trabajo ese mismo día, para no tener que regresar a la mañana siguiente. En una colina, un poco alejada del camino por el que transitan los campesinos él realizaba en su labor. Muy cerca había enormes árboles de amate, que con su espeso follaje y altura hacían que la oscuridad llegara más pronto ahí. Por el costado del camino corría un arroyuelo que sólo se llenaba de agua en la época de lluvias, pero que a pesar de estar seco, una corriente de aire fresco provenía de su cauce.

Muy apurado, sacando los bastidores de la caja, Gerardo escuchó a la distancia algunas voces que parecían de niños. Le pareció que eran muchos y que probablemente  habían tomado la delantera a sus padres, quienes seguramente venían pasos atrás de ellos. Trató de hacer mayor ruido para hacer notar su presencia y evitar que se asustaran al encontrarlo inesperadamente. Pero ellos parecían no notar nada. Corrían rápidamente acercándose cada vez más. Estaban muy cerca de él y ningún adulto parecía venir acompañándoles.

Los miró correr ágilmente sin que dejaran de reír. Su estatura era como la de un niño de un año, pero su cuerpo era más delgado. Llevaban un gorro sobre sus cabezas. Y entre todos venían arriando un caballo. Cuando el animal quería desviarse a algún lado, varios de ellos se adelantaban con gran rapidez  para atajarle el paso y así dirigirle hacía donde ellos querían. Pasaron al lado de Gerardo sin mirarlo siquiera, su atención estaba puesta por completo en el caballo. Siguieron avanzando hasta perderse por la colina, después no se escuchó nada más.

Gerardo todavía esperaba ver aparecer personas adultas, pero nunca apareció nadie. Terminó su trabajo se fue a su casa, preguntándose cómo era que niños tan pequeños corretearan solos a un caballo cuando estaba  a punto de anochecer. Sólo cuando más tarde contó el incidente a un hombre mayor, le dijo que lo que en realidad había visto eran unos duendes. Que son criaturas pequeñas que rara vez se aparecen delante del hombre, pero que suelen vivir en el campo, donde hay mucha vegetación y cerca de algún nacimiento de agua. Son seres que sólo pueden ser vistos por algunos humanos. Le explicó también que lo que en realidad iban arreando no era un caballo, sino su tesoro, que llevaban a ocultar a algún lugar diferente de donde estaba. Pero que como eran seres pequeños y no podían cargar un tesoro tan grande, lo convertían en un animal para trasladarlo al lugar que ellos querían.

Y para finalizar, el señor le dijo a Gerardo que él podía haber seguido a los duendes para averiguar a donde llevaban a esconder su tesoro. Para después quedarse con él. Esto le dio escalofríos a Gerardo. Le parecía inconcebible tratar de robar su tesoro a unos seres mágicos tan ágiles y tan astutos. Seguro es, que si podían convertir un tesoro en un caballo para trasladarlo de un lugar a otro, a él podrían convertirlo en cualquier cosa si se atrevía a querer robarles algo.

Muy pensativo se fue a su casa Gerardo, tratando se asimilar la experiencia que había tenido. Cuando anteriormente otros campesinos le habían contado historias similares de seres mágicos que viven en los bosques y en las cuevas, siempre creyó que eran historias de borrachos o de gente loca. Y ahora él había sido testigo de la existencia de ellos. En adelante estaría dispuesto a escuchar con mayor respeto las historias de los encuentros de estos seres, duendes, hadas, ángeles etc., con los hombres.