lunes, 28 de enero de 2013

DIOS



DIOS


Estoy aquí sentada en el pasto.

El viento mece suavemente el árbol,

Las mariposas se posan en sus hojas.

Y las flores sonríen gozosas.


Aquí no hay futuros tenebrosos,

Lejos de pasados tormentosos,

A salvo de brujas y demonios,

Sin miedo, ni dolor, ni enojos.


Quizá sólo en la profunda quietud,

En el total vacío, o el silencio.

Es el lugar donde tú habitas,

Tú, a quien hemos llamado Dios.


Y es por esa razón,  que nunca

pude hallarte entre los templos

Y me cansé de buscarte fuera,

sin saber que te llevo dentro.


Hacía falta mirar en mi espejo.

Necesitaba mirarme a los ojos.

Ver la fortaleza que me forjaste,

a través de mi arduo camino


Quizás necesitaba perdonarte.

Quizás necesitaba perdonarme.

Que me perdones, y perdonarme.

Perdonarte para encontrarte.


Perdonarte

Aunque a veces se caiga tu estrella.

A pesar que permitas la guerra.

Por el hombre que muere en la selva.

Porque no hay ilusiones que vuelvan.


Perdonarte

Por la flor pisoteada en el lodo.

Por el ave que cae de su nido.

Por el hombre que entierra a sus hijos.

Por los niños sin casa ni abrigo.


Perdonarte.

Porque te hablo y guardas silencio.

Porque sufro y no me das consuelo.

Por el hambre de amores que siento.

Por el llanto quebrado aquí dentro.


Perdonarte.

Porque duele cargar este cuerpo,

tan vacío como un campo desierto,

que se muere de sed y tormento.

Por la oscuridad en que no te encuentro.


Perdonarte

Por el mal, que siento que me haces.

Por la soledad en que me pierdo.

Por el dolor de todos los hombres.

Por el  hombre  de todos los tiempos.


Perdonarte y perdonarme.

Y después…perdonarte.

Y perdonarme.


Y amarte… y amarme.

EL HOMBRE DEL MAR




EL HOMBRE  DEL MAR

En un lugar muy profundo del inmenso mar, desde hace mucho tiempo, quizás, millones de años, habita un hombre acuático, cuyo parecido físico con el hombre terrestre es enorme. Es muy probable que ambos provengan de un ancestro común, sin embargo esto es difícil de comprobar. También es probable que aquél ser, sea un eslabón anterior a los hombres terrestres.

Desde hace miles de años los hombres que han surcado los mares, yendo de un continente a otro han contado historias de sus encuentros con estos seres. Pero jamás nadie les dio credibilidad. Dicen que las mujeres del mar, a las que han llamado sirenas por su cola de pescado, son muy hermosas y su melodiosa voz, puede hechizar a cualquier hombre con sólo escucharla una vez. Su canto es tan hermoso que quien lo oye, se siente irremediablemente atraído hacia ellas. Un canto hipnótico, que hace que el hombre pierda la conciencia de sí y se lance al mar en pos de estos seres. Estos hombres no han vuelto jamás. Marineros, en distintos puntos geográficos, han sido testigos de estos acontecimientos.

Lo cierto, es que estos seres tienen millones de años viviendo en las  profundidades insondables del enorme mar. Ahí donde, el hombre no ha podido llegar ni con sus más modernos inventos. Un lugar oculto de cualquier mirada, inaccesible para cualquiera de nosotros. Lejos del afán de conquista y dominio del homo sapiens moderno. Ellos viven dentro de grandes cavernas, para protegerse de enormes y feroces depredadores como los tiburones. Una ciudad protegida por enormes redes. Creada para sus necesidades específicas.

Y han establecido alianzas con otros animales acuáticos, con quienes se ayudan para coexistir  y sobrevivir. Ballenas y delfines son algunas de las especies con las que han evolucionado y con quienes han desarrollado y compartido un lenguaje inteligente. Pero a diferencia del ser humano, ellos no establecen un dominio sobre otras especies, más bien han aprendido a colaborar conjuntamente, ayudándose los unos a los otros. Es así por ejemplo, que sirenas y delfines se organizan para atrapar sardinas. Son los delfines quienes persiguen a los cardúmenes hasta un determinado sitio en donde las sirenas están listas para atraparlos con sus redes. Todo ocurre de manera muy organizada y eficiente. Tienen la experiencia de haber realizado esta actividad por miles de años. Ambas especies se benefician de este pacto, compartiendo la pesca.

Con las ballenas realizan una enorme travesía durante la temporada de invierno, buscando aguas más cálidas donde procrear las nuevas generaciones. Se acompañan mutuamente en todo el recorrido. Las ballenas protegen a las sirenas y son capaces de llevarlas sobre su lomo para que descansen por breves espacios de tiempo. A cambio las sirenas incursionan en las playas propicias asegurándose de que exista el menor peligro posible y de que no se encuentren presentes los seres humanos de quienes durante miles de años se han ocultado.

En algún momento muy lejano, homínidos contemporáneos al homo sapiens primitivo y sirenas, compartieron el mismo espacio. Ambos se refugiaban en las cavernas que se inundaban temporalmente por las altas mareas. Y fue posible entenderse entre ellos, a pesar de que sus lenguajes eran diferentes. Aprendieron a pescar juntos con los delfines y se ayudaban en la sobrevivencia. Pero no todos los homínidos eran sociables, los ancestros del hombre moderno fueron más agresivos y combatieron a aquéllos hasta exterminarlos. Las sirenas fueron testigos de este hecho a la par que también eran perseguidas. Pero gracias a que podían respirar y vivir en el fondo del mar, pudieron escapar. Desde entonces guardan el recuerdo de la ferocidad del hombre, de su sed de dominio y destrucción de seres a los que  considera una competencia. Testigo mudo de estos acontecimientos son algunas pinturas rupestres de cavernas, en donde aparecen dibujadas sirenas y delfines atrapando peces. 

La raza del hombre del mar  dejó para siempre las cavernas de las costas,  y se mudó a vivir al lugar más profundo e inalcanzable para el hombre moderno. Y desde entonces evita cualquier contacto con nuestra raza, y a pesar de sus precauciones, han ocurrido encuentros fortuitos, cuando las hembras emigran a aguas más cálidas para tener a sus crías. Pero son tan inteligentes y  eficientes en el arte de ocultarse del hombre, que durante estos miles de años, el hombre no ha podido atrapar nunca a una sirena viva. Esto se debe en parte a que su capacidad acústica es enorme, de tal modo, que siempre se percatan de la presencia de cualquier ser humano a gran distancia. Su lenguaje es muy amplio también y rápidamente puede enviar un mensaje de alerta a toda su especie. Además de la estrecha colaboración de sus especies amigas con las que siempre está en comunicación. Es así, que también son alertados de cualquier peligro por los delfines. A quienes el hombre reconoce como seres inteligentes y en algunas costas del mundo, los pescadores también reciben ayuda de ellos para atrapar peces y al final, ambos comparten el producto de la pesca. Lo cual también es prueba de la antigua alianza de homínidos y delfines.

 Esta especie de homo sapiens acuática, ha sobrevivido, gracias a la decisión que tuvo de alejarse de nuestra especie depredadora. Ellos saben de nuestra existencia, de las actividades que se realizan en la superficie del mar, en las costas  y las playas. Conocen los barcos, submarinos y las lanchas, porque los han visto y todo conocimiento entre ellos, es rápidamente socializado para proteger su especie. Es probable incluso, que junto con los   delfines comprendan nuestro lenguaje, aunque no puedan hablarlo. Y que durante todos estos años que el hombre no ha sabido de su existencia, ellos han adelantado en el estudio del hombre moderno.

Ha habido a lo largo de la historia de la humanidad, diversos relatos de barcos desaparecidos con toda su tripulación en altamar. Búsquedas meticulosas se llevaron a cabo para encontrarlos, sin tener ningún éxito. Puede ser que estos navegantes hayan sido capturados y llevados al fondo del mar, a la gran ciudad de la especie de las sirenas. Ellos son seres inteligentes, cuya capacidad craneal es incluso mayor que la nuestra, y su territorio es más de dos veces, nuestro territorio terrestre.  ¿Qué clase de civilizaciones han sido capaces de desarrollar?, ¿Qué enormes ciudades han podido construir? Es probable que sólo podamos saberlo si ellos deciden establecer contacto con nosotros. Pero por miles de años nos han evitado. Y debido a que todos los encuentros con esta especie han ocurrido sólo con las hembras, su existencia se ha considerado siempre un mito.

El área terrestre de nuestro planeta, es sólo el treinta por ciento del área total. Y de ese treinta por ciento, el hombre ha sido incapaz de conocerlo en su totalidad. Actualmente se siguen descubriendo especies de animales que se creía estaban extintas, o sólo eran producto de la imaginación del hombre. Y de otras más, el hombre ni siquiera había imaginado su existencia. Es claro, que la naturaleza no está limitada por la falta de imaginación nuestra. Si en el espacio terrestre, en medio de exuberantes selvas han sobrevivido tribus, de las que el hombre civilizado no tuvo conocimiento, sino   hasta fechas muy recientes. ¿Cuánto  más puede existir en el fondo del  mar, del que no se ha explorado prácticamente nada? De verdad, ¿somos la especie más inteligente del planeta? Quizás nos esperan más sorpresas de las que podemos imaginar.

LOS DUENDES

LOS DUENDES


Gerardo era un joven de 19 años, aprendió el cultivo de la miel desde que era niño, al lado de su familia. Tenía dispuestas varias cajas de colmenas a lo largo de los cerros que rodeaban al pueblo. Con cierta frecuencia iba a revisarlas para cerciorarse de que todas estuvieran bien. Parte de su trabajo era cerciorarse de que las abejas no tuvieran plagas y enfermaran. Debía llevarles agua azucarada en los meses de sequía, y dos veces al año se beneficiaba de la cosecha de la miel. La cual por cierto, siempre era muy abundante y de buena calidad, debido a la gran variedad de flores que existía en el campo.

 Aquél día, era temporada de cosecha. Muy cerca del cerro, él tenía distribuidas sus colmenas. Algunas veces se hacía acompañar por algún amigo para realizar su trabajo, pero en esa ocasión decidió ir solo. Estaba a punto de atardecer cuando llegó para recoger los bastidores que llevaría  a su casa con la finalidad de extraerles la miel. Y aunque ya empezaba o oscurecer, pensó que era mejor terminar el trabajo ese mismo día, para no tener que regresar a la mañana siguiente. En una colina, un poco alejada del camino por el que transitan los campesinos él realizaba en su labor. Muy cerca había enormes árboles de amate, que con su espeso follaje y altura hacían que la oscuridad llegara más pronto ahí. Por el costado del camino corría un arroyuelo que sólo se llenaba de agua en la época de lluvias, pero que a pesar de estar seco, una corriente de aire fresco provenía de su cauce.

Muy apurado, sacando los bastidores de la caja, Gerardo escuchó a la distancia algunas voces que parecían de niños. Le pareció que eran muchos y que probablemente  habían tomado la delantera a sus padres, quienes seguramente venían pasos atrás de ellos. Trató de hacer mayor ruido para hacer notar su presencia y evitar que se asustaran al encontrarlo inesperadamente. Pero ellos parecían no notar nada. Corrían rápidamente acercándose cada vez más. Estaban muy cerca de él y ningún adulto parecía venir acompañándoles.

Los miró correr ágilmente sin que dejaran de reír. Su estatura era como la de un niño de un año, pero su cuerpo era más delgado. Llevaban un gorro sobre sus cabezas. Y entre todos venían arriando un caballo. Cuando el animal quería desviarse a algún lado, varios de ellos se adelantaban con gran rapidez  para atajarle el paso y así dirigirle hacía donde ellos querían. Pasaron al lado de Gerardo sin mirarlo siquiera, su atención estaba puesta por completo en el caballo. Siguieron avanzando hasta perderse por la colina, después no se escuchó nada más.

Gerardo todavía esperaba ver aparecer personas adultas, pero nunca apareció nadie. Terminó su trabajo se fue a su casa, preguntándose cómo era que niños tan pequeños corretearan solos a un caballo cuando estaba  a punto de anochecer. Sólo cuando más tarde contó el incidente a un hombre mayor, le dijo que lo que en realidad había visto eran unos duendes. Que son criaturas pequeñas que rara vez se aparecen delante del hombre, pero que suelen vivir en el campo, donde hay mucha vegetación y cerca de algún nacimiento de agua. Son seres que sólo pueden ser vistos por algunos humanos. Le explicó también que lo que en realidad iban arreando no era un caballo, sino su tesoro, que llevaban a ocultar a algún lugar diferente de donde estaba. Pero que como eran seres pequeños y no podían cargar un tesoro tan grande, lo convertían en un animal para trasladarlo al lugar que ellos querían.

Y para finalizar, el señor le dijo a Gerardo que él podía haber seguido a los duendes para averiguar a donde llevaban a esconder su tesoro. Para después quedarse con él. Esto le dio escalofríos a Gerardo. Le parecía inconcebible tratar de robar su tesoro a unos seres mágicos tan ágiles y tan astutos. Seguro es, que si podían convertir un tesoro en un caballo para trasladarlo de un lugar a otro, a él podrían convertirlo en cualquier cosa si se atrevía a querer robarles algo.

Muy pensativo se fue a su casa Gerardo, tratando se asimilar la experiencia que había tenido. Cuando anteriormente otros campesinos le habían contado historias similares de seres mágicos que viven en los bosques y en las cuevas, siempre creyó que eran historias de borrachos o de gente loca. Y ahora él había sido testigo de la existencia de ellos. En adelante estaría dispuesto a escuchar con mayor respeto las historias de los encuentros de estos seres, duendes, hadas, ángeles etc., con los hombres.

viernes, 28 de diciembre de 2012

CARTA A MIS LECTORES



CARTA A MIS LECTORES


Este mes, cumplí un año de haber iniciado mi escritura en este blog. Una actividad que surgió más como un compromiso personal en mi propósito de permitir la expresión a esa parte de mí, que recién descubrí como escritora. Arte en el que no tengo más formación que la de una lectora aficionada de grandes escritores que nos han deleitado con obras magníficas como El señor de los anillos, La historia interminable,  Sinhue el egipcio, Azteca,  Dune,  El llano en llamas y muchos otros más que a través de sus palabras me han llevado al corazón mismo de sus historias.

Abrí mi blog sin saber que era lo que iba  hacer en él. Nunca fue un proyecto en el que yo hubiera pensado con anticipación. Tan es así, que el nombre lo elegí en el momento mismo de estar abriendo el blog, cumpliendo con los requisitos para poder hacer uso del espacio. Del mismo modo escogí un pseudónimo. No quise usar mi nombre propio, para que mis escritos fueran un tanto distintos a mí, a la persona que todos conocen. Quise que la escritora que descubrí en mi no tuviera las limitaciones racionales y los prejuicios que hay en este ser humano. Muchas personas pueden pensar que esto es imposible y creer con toda certeza que estoy loca, y esto último es completamente cierto. Loca es una persona que está fuera de sí. Y es precisamente lo que hago cuando escribo. Me traslado a ese lugar del que quiero hablar y entonces me pregunto ¿cómo puede ser posible ese mundo o esa idea de la que quiero escribir? La respuesta que escucho no es la de la razón y el conocimiento, porque  esa me diría que eso no existe y no es posible. Le doy voz a la imaginación, a la intuición y al sentimiento. Y entonces empiezan a llover las respuestas que poco a poco comienzo a acomodar hasta construir mis escritos.

Inicie éste blog, con el temor de que un día se me acabaran las ideas para escribir y yo he sido la primera en sorprenderme por las cosas que escribo, principalmente los cuentos, relatos y leyendas,  que también debo decir ni siquiera estoy segura que encajen en la categoría en que los he puesto. Las opiniones al respecto son diversas, hay quienes dicen que El espejo del lago es demasiado largo para ser leyenda, ¿será tal vez que no han leído el señor de los anillos?  O la consideran dentro de otra clasificación. Cualquiera que sea la opinión que tengan, no me detendré ni a discutirla ni ha refutarla, porque eso me quitaría un tiempo que yo necesito para crear. Las definiciones sobre lo que es, o no es, lo que yo escribo no me son de vital importancia. Mi intención es solamente crear y compartir algo de lo que veo, oigo, siento e imagino.

Ha sido una gran sorpresa el descubrir que lo que escribo ha sido del agrado de tanta gente. Agradezco a todos aquéllos que se han tomado la atención de enviarme sus comentarios, a quienes me han recomendado, y quienes se han declarado abiertamente como mis seguidores. He respondido a los emails que me envían, pero no sé porque razón, algunos de ellos me han sido retachados. Algunos lectores comentan que no han podido subir sus comentarios a mi blog, honestamente no sé cuál sea al motivo.

 Me honra saber de la maestra que tomó mi escrito de La invención el beso, para la clase que imparte en su colegio. De la lectora que me comparte que con mi relato de El dolor,  ella pudo por fin derramar las lágrimas que tanto tiempo habían estado guardadas. De aquéllos que con mis poesías dicen que mueren una,  dos y hasta tres veces. De los que pueden experimentar los sentimientos que hay en mis escritos y los llaman sinestésicos. De los que llegan de su trabajo, abren mi página y escuchan la música para literalmente volar. De los que han encontrado en mi página la inspiración para su propio trabajo de diseño de páginas. De la lectora que ha traducido La invención del beso  a otro idioma. Del lector que imprimió la imagen de El descubrimiento del amor  y la pegó en su oficina. De los seguidores que leen   y releen mis escritos, y que con ansía esperan las nuevas publicaciones.

Hay quienes comparan mi estilo (yo todavía no sé cual es) con el de escritores muy reconocidos, lo cual por un lado me asombra, y por otro; me motiva a conocer la obra de dichos autores  Algunos me dicen escritora de la nueva era, romántica tardía, en fin. Hay muchas opiniones de gente muy ilustrada y experta en la materia. De conocedores sobre mitología y cosmogonía de los pueblos indígenas de México. Todos sus comentarios son el alimento que nutre mi espíritu y me anima a seguir escribiendo. No soy una profesional de la escritura, tengo errores estructurales, ortográficos y de otras cosas más. Pero no puedo esperar a ser una experta en la materia, y  dejar que las ideas que surgen en mi mente se escapen. Prefiero escribir con mis propias limitaciones y como un escritor me dijo: hasta los errores son parte del estilo.

Sin más por el momento, agradezco infinitamente sus palabras y espero poder seguir compartiendo con ustedes esta aventura de escribir.


Atenea del bosque

LA CASA DEL ARBOL


 
LA CASA DEL ARBOL

                                                                                      

En algún lugar de una selva muy grande, tan grande que el hombre moderno no ha podido explorarla completamente. Donde la vegetación crece tan rápido que los caminos que el hombre ha creado desaparecen continuamente. Alejada de cualquier contacto con la civilización, vive una tribu, de una manera en que tal vez, también vivieron muchos de nuestros ancestros. Su forma de vida nos recuerda al hombre primitivo de hace miles de años. En medio de los peligros naturales de su medio han aprendido a sobrevivir construyendo sus casas en las copas más altas de los árboles. Todos los hombres, mujeres y niños se reúnen para trabajar conjuntamente, cuando hay necesidad de construir una nueva.

 Con gran habilidad y conocimiento de lo que necesita, el jefe de la tribu (el mayor de todos, cuya edad apenas rebasa los cuarenta años) elige un árbol gigante de aproximadamente cuarenta metros. Se despeja un radio de cincuenta metros en la periferia. Los troncos de los árboles derribados son utilizados para distintas cosas. Unos para construir una larga escalera, que se empleará para subir y bajar de la casa. Otros para apuntalar la construcción. Comienzan por quitarle al árbol elegido, las ramas que le estorban para asentar lo que será la base de la casa. Se cortan cuatro troncos muy gruesos, y se unen por los extremos formando un rectángulo en donde se asentarán los pilares que sostendrán las paredes y el techo. Una vez que se han asegurado de que están sujetados firmemente, traen troncos  más delgados pero también muy resistentes, que serán usados de soporte para todo el piso de la casa, los van uniendo uno a uno, atados paralelamente. Del mismo modo, las cuatro orillas de la construcción son rodeadas haciendo una empalizada más delgada, de tal modo que los habitantes queden protegidos  para no caer al vacío por ninguno de los lados. Después mujeres y niños traen corteza de los árboles, la cual es utilizada para recubrir las paredes y como tapetes para tenderse sobre los troncos que conforman el piso.

Casi para finalizar la construcción, las mujeres y los niños colaboran trayendo hojas de palma para cubrir el techo.  Los hombres adultos son los encargados de subir los troncos y atarlos con lazos de palma que previamente han elaborado. También son ellos quienes derriban los árboles necesarios con unas hachas muy rudimentarias, hechas de filosas piedras atadas a un palo. De la misma forma, sus cuchillos son de piedra.

Una semana les lleva la construcción de la enorme casa. Un trabajo muy organizado y bajo la supervisión constante del jefe de la tribu que, se ha ganado su lugar, por ser el hombre con mayor edad y experiencia en el arte de sobrevivir en la selva. Desde pequeños los niños aprenden las habilidades más esenciales al lado de los hombres mayores, los sabios de la tribu, trasmisores de conocimientos. Por ejemplo, aprenden cómo afilar una piedra, cómo hacer un hacha o un cuchillo, cómo derribar un árbol, cómo encender el fuego y cuidarlo de tal modo que no incendie la casa de madera. Su vida entre los árboles les ha permitido desarrollar un equilibrio extraordinario para trepar y caminar sobre ellos. Habilidad que es fomentada recién aprenden a caminar.

Finalmente terminan su casa, pero antes de habitarla realizan un rito de purificación. Los malos espíritus  son ahuyentados con el fuego que se enciende en el centro de su nueva morada. Todos están arriba, felices de haber terminado su trabajo. Los niños, aún los que apenas comienzan a caminar, exploran su nuevo hogar, se acercan peligrosamente  a la orilla. Las madres no se asustan, porque sus hijos han nacido en la selva y prácticamente sus primeros pasos los dan sobre los árboles. Su equilibrio es perfecto. Ellos saben del peligro, pero no le temen a la altura, tienen que habituarse a ella, el saber moverse en ella es requisito indispensable para su sobrevivencia. Sólo los que todavía no caminan son cargados por las madres, los demás van y vienen por sí solos. No hay lugar para el miedo a las alturas, es parte de su naturaleza.
 
 

En esa enorme casa en el árbol vive toda la tribu, fuera del alcance de animales salvajes depredadores, del acoso de los insectos, de la humedad, de la densa vegetación y de las inundaciones. Las mujeres bajan a recolectar raíces y frutos. Y los hombres van de cacería. A veces, por las noches colocan trampas entre los árboles para atrapar murciélagos frutícolas. Son grandes, con uno de ellos, se pueden alimentar a diez personas. Pero los cazadores deben de ser pacientes, observar primero las rutas por las que transitan, después derribar algunos árboles para poder colocar las trampas, y finalmente sólo esperar. Una vez que la presa cae, de inmediato la matan de un golpe certero en la cabeza. Y cuando el amanecer llega, encienden un fuego y asan a sus presas para compartirlas con toda la tribu.

 No es fácil sobrevivir en medio de la selva con armas primitivas, el hombre debe ser ingenioso para procurarse sus alimentos. Y corre riesgos constantes para alimentar a su familia. Cuando descubre un panal lleno de miel en lo alto de algún árbol, trepa por las largas ramas para alcanzarlo. No tiene nada para cubrirse, su única protección son unas ramas encendidas entre las que ha puesto hojas verdes para producir humo y ahuyentar a las abejas. Pero no es suficiente y las abejas son feroces y defienden con su vida el panal. El hombre recibe muchos pinchazos  y aún así no cesa en su empeño. Se apodera del panal y desciende del árbol para dar primero la miel a su esposa e hijos, el resto lo comparte con la tribu.  Es un precio alto, pero la miel es una rica fuente de proteína. Él lo sabe y no desperdicia la oportunidad de conseguirla.
 
 

Todos los días, el hombre primitivo de la selva libra una batalla de sobrevivencia y desde tiempos inmemoriales la ha ganado, tanto él como sus ancestros. Un hombre fuerte, ágil para desplazarse en las ramas de los árboles, heredero de la fortaleza física y los conocimientos que le permiten sobrevivir de manera natural en un medio, en que el hombre moderno no podría hacerlo. Un hombre que toma sólo lo que necesita cada día, que es parte de la selva. Que es capaz de coexistir con su entorno sin causarle grandes e irreparables daños.

LUCRECIA





LUCRECIA
Lucrecia era una mujer que trabajaba todos los días en el campo. Sembraba papas, maíz, frijol y sorgo. Se iba a su milpa cuando el sol aún no se asomaba tras la montaña, venía al medio día a su casa para almorzar y después nuevamente  al campo. Vivía sola, nunca se había casado, siempre decía que ella no necesitaba a un hombre para nada. Pero lo cierto es que esa idea la pregonó después de que su mejor amiga le quitara al que era su novio. Desde entonces desconfío de todos los hombres y decía que el amor no existía. En venganza por la traición de que fue objeto se embarazó del mismo hombre que la traicionó. Lo hizo tan sólo para demostrar a su “amiga” que el tipo aquél, tampoco la quería. Su propósito era amargarle la vida y separarlos, pero no lo consiguió y entonces fue ella quien se llenó  de más amargura.

Su amiga y su novio se casarón a pesar de que ella estaba embarazada. Los años pasaron y para desdicha de ella, la pareja nunca se separó. Pasados los años ella inició una nueva relación con un hombre casado, con el que tuvo otros dos hijos. Pero su amargura nunca le permitió tener un gesto de ternura con ninguno de ellos. Era una madre muy austera que daba a sus hijos lo estrictamente necesario para vivir. Ella trabajaba mucho y a pesar de que tenía buenos rendimientos económicos de las cosechas, sus niños no disfrutaban de su generosidad. A cada uno le compraba sólo dos pares de mudas de ropa y como todos recibían una beca por parte de la escuela, a cada uno les compró un marrano con ese dinero, para que lo criaran y después lo vendieran. Si ellos deseaban una fruta, tenían que comprársela con su propio dinero. Porque además los mandaba a pedir dinero a su padre.

Lucrecia trabajaba mucho y todo el dinero obtenido lo prestaba a sus conocidos. Cuando tuvo suficiente dinero derribó la casa que le heredó su madre y se hizo una nueva. Quizás ese fue el acto de mayor derroche en su vida. Porque ella no se compraba nada, ni siquiera ropa.  Tenía años que usaba la misma aunque ya estaba rota  y descolorida. Cuando tenía que salir a la ciudad, gastaba ni siquiera en una botella de agua, menos comida, y tomar un taxi era impensable. Incluso prefería caminar largos tramos para no usar el transporte colectivo. Siempre gastaba lo mínimo de lo mínimo y eso hacía que sus ahorros crecieran. Pero nadie sabía a cuánto ascendían ni a quién le había prestado dinero.

Un día Lucrecia se sintió enferma, pero como era usual en ella, no quiso ir al doctor, para no gastar dinero. Generalmente tomaba alguna pastilla para el dolor, se dormía y se olvidaba del asunto. Muchas veces lo hizo y las pocas veces que fue al médico sucedió porque sus hijos, que ya eran mayores, la llevaban. Ellos le pagaban la consulta, pero después de eso, ella no volvía, ni se realizaba los análisis o estudios que le recomendaban. Esta vez tampoco quiso ir al médico, así que se recostó, pero a la media noche no pudo más. Un dolor intenso la obligó a llamar por teléfono a sus hijos quienes tuvieron que llevarla de emergencia al hospital. El médico la revisó pero explicó que tendría que esperar a la mañana siguiente para poder realizarle todos los estudios pertinentes. Le dijo que tenía complicaciones con una bronquitis, con los riñones y el corazón. Tenía la presión muy alta. Pero sólo le recetó calmantes para el dolor y la regresó a su casa. En el camino ella se quejaba continuamente. De pronto se quedó quieta y dejó de hacerlo. Su hijo le tomó el pulso, pero no sintió nada. Detuvieron el coche para verificar su estado, ella no respiraba. Volvieron al hospital para atenderla de emergencia, pero ya no se podía hacer nada. Estaba muerta.     

Su deceso fue una sorpresa para todos. Parientes y amigos se presentaron tan pronto como fue posible a dar sus condolencias. Era un velorio muy extraño. Nadie lloraba. Sus hijos parecían tener la misma dureza de su madre en el alma. Pasó la noche y con los primeros rayos del sol se dirigieron al panteón. Todo se realizó según la tradición. Antes de salir de la casa, la madrina de la cruz, recorrió todos los rincones llamándola por  su nombre. Diciéndole que ella no era ya de éste mundo, que tenía que irse.  Abrieron la caja para despedirse, no hubo lágrimas de nadie.

En el panteón, también abrieron el féretro, pero la mayoría se había despedido de ella. Todo en medio de un respetuoso silencio. Después de cubrir la caja con tierra, pusieron sobre la tumba todas las flores. Los familiares repartieron refresco a todos los presentes. El viento era helado, pero los rayos del sol sobre la piel eran ardientes. Agradecieron a todos por su presencia y su apoyo. Después de un rato la gente comenzó a alejarse. Sólo quedaron los familiares. Antes de retirarse los hijos invitaron a todos a tomar un almuerzo a la casa de la difunta. A punto de salir del panteón la hija mayor se dirigió a su madre, para decirle que la habían llevado al panteón, que ahí se quedara, que no los fuera siguiendo.

Acto seguido todos salieron del panteón, de regreso todos comentaban las muchas cosas que la difunta había dejado pendientes. Preguntándose quien tendría que hacer ahora el trabajo que  ella dejaba. Había que recoger su siembra, regar sus plantas. Una mujer que trabajó mucho en su vida, dejó dinero prestado a diferentes personas, pero sus hijos no tenían conocimiento de quienes eran todos. Hicieron una lista de lo que recordaban, llegaron a un acuerdo de lo que harían. Poco a poco los parientes se fueron. Los hijos se quedaron solos, reorganizando su vida para cubrir la ausencia de la que fue su madre.

LA BODA


LA BODA

Sonia era una muchacha de 17  años. Y como todas las mujeres de su natal Santa María Concepción, soñaba con un día casarse de blanco en el altar de la iglesia de su pueblo. Desde niña había sido preparada para ese propósito. Aprendió a lavar, cocinar, limpiar, bordar, planchar y sobre todo a obedecer a los hombres.

Deseaba encontrar al hombre con el que compartiría su vida para siempre. Un hombre que le brindara protección y amor. Alguien a quien dedicar los días de su existencia. Y cuando lo conoció, su corazón latió con el frenesí y la fuerza de los tambores de una danza africana. Un joven moreno, delgado, alto, de voz grave y mirada de fuego. Ella cayó rendida a sus pies cuando él aún  no pronunciaba una sola palabra. Era exactamente cómo lo había soñado, era el joven por el que morían todas las muchachas del pueblo y ella llegó al cielo con sólo oír pronunciar en sus labios su nombre.

Desde la primera vez que lo vio su alma huyó de su cuerpo para ir tras de él y su imagen se quedó grabada en su mente. Prisionera de un deseo irresistible de conseguir un amor correspondido, dedicó cada uno de sus pensamientos y sus acciones a agradarle. Presta a adivinar sus deseos para cumplirlos al pie de la letra no le importó sacrificarse a sí misma. No le importó olvidarse de sus anhelos propios, si Alejandro decía que el cielo era rojo, ella aseveraba completamente convencida que así era. Estaba de acuerdo con él en todo, sólo con el propósito de no contradecirlo.

Sonia era hija única de una mujer soltera. Su madre era una mujer llena de resentimiento y amargura, que siempre la trató con dureza. No le permitía tener amigas ni salir sola. Por lo que las citas con Alejandro se hacían a escondidas en los breves momentos en que ella salía de la escuela. No tenía confianza en su madre, de quien sólo había recibido malos tratos y exigencias.

 Él era un hombre dominante, consciente de la atracción que ejercía en las mujeres. Utilizaba su encanto para obtener de ellas cuanto deseaba. Bastaba con pedirles una “prueba de amor” y ellas de inmediato accedían creyendo que de esa manera podrían atraparle. Siendo tan joven tenía ya ocho hijos con distintas mujeres, de los que nunca fue responsable. Se consideraba a sí mismo irresistible, y ciertamente, a las mujeres les encantaba. Sonia era para él, una mujer más con la que pensaba divertirse. Le prometió una boda con la única intención de ganar su confianza. Ella no escuchó las advertencias de las personas cercanas, se negó a tener prudencia. Y con el entusiasmo de una mujer enamorada se dedicó a planear lo que sería el día más feliz, de su vida.

Alejandro estaba encantado de conocer a esta bonita joven que era de lo más complaciente. Nada halagaba más su vanidad que tener a su disposición a alguien siempre pendiente de su más mínimo capricho. Poco a poco ella fue conociendo sus gustos, sus aficiones, su comida favorita, en fin, todo lo que estuviera relacionado con el hombre de su vida. Y todo ese interés era solamente con el propósito de merecer el amor de un hombre que para ella era único.

Como un experto seductor, Alejandro convenció a Sonia de demostrarle su amor y ella accedía a complacerlo siempre que él se lo pidiera. Finalmente en pocos días estarían casados. Sería una boda con pocos invitados, la madre de ella estaba en desacuerdo y había anticipado a su hija que no asistiría.  A ella no le importó, su felicidad era demasiada como para ser opacada por éste incidente. La acompañarían solamente sus amigas. Él por su parte, dijo no tener familia. En realidad era poco lo que sabía de su novio, tan sólo que era un vendedor y que decidió quedarse en el pueblo.

Pasaron los días, y la fecha de la boda llegó. Muy temprano se levantó ella para comenzar su arreglo. Sus amigas estaban con ella para ayudarla. Su madre le dijo que las bodas eran muy bonitas, pero que era una lástima que el amor durara lo mismo que una fiesta. Sonia no hizo caso de su comentario y con su largo vestido blanco, cuyos encajes y lentejuelas brillaban tanto como la felicidad en su rostro, salió de su casa. Con sus amigas al lado, iba radiante caminando con paso seguro hasta la iglesia. Faltaban diez minutos para la hora cuando llegó a atrio, el novio no había llegado.

Diez minutos que se volvieron una eternidad esperando a que el novio llegara. Pero el tiempo siguió pasando. Ella angustiada miraba su reloj una y otra vez, mientras su corazón comenzaba a latir apresuradamente. Pasaron otros diez minutos y el tiempo para ella era a cada instante más largo. Esperando que su novio apareciera. Se acercó a la puerta de la iglesia para ver si se acercaba por alguna calle. Pero todo estaba desierto. Mil ideas pasaban por su cabeza. Pensó que la única razón de que él no asistiera era que había tenido un accidente, por lo que  la angustia crecía más dentro de su ser. No sabía qué hacer, si esperar o ir a buscarlo. Había pasado casi una hora desde que ella había llegado. Sus amigas le decían que no se preocupara, que todo se aclararía en cuanto él llegara. Pero él no llegó.

Ella entró a la iglesia para hablar con el sacerdote y pedirle que los esperara un rato más para casarlos. Entonces él la miró sorprendido vestida de novia y le dijo que no esperara más. Que ese día muy temprano Alejandro había venido a decirle que la boda se suspendía. Que se iba para siempre.

Apenas escuchó estas palabras, y sus piernas se negaron a sostenerla. Temblaba incontrolablemente mientras trataba de jalar aire. No podía ni siquiera decir una palabra. Tuvo que sostenerse de sus amigas. Sentada en la banca comenzó a gritar desesperadamente, mientras tiraba con rabia su ramo de novia y comenzaba a deshacerse el peinado y rasgaba su vestido de novia. Se negaba a aceptar lo que estaba escuchando y gritaba al tiempo que lagrimas negras teñidas del  rímel de sus pestañas le manchaban la cara y el vestido. Gritaba que eso no podía ser, que no era cierto.

Salió corriendo por la calle, despeinada y con el vestido roto. La gente la miraba con asombro, pero ella no veía a nadie. Llegó a su casa, sobre su cama lloró toda la tarde y hasta la madrugada.  Al día siguiente con los ojos hinchados de tanto llorar, permanecía recostada en la cama con la mirada perdida. No quería hablar con nadie ni comer. Cayó enferma, presa de fiebre y vómito. Su madre creyó que estaba embarazada, pero por primera vez no le reprochó nada. Ese mismo día, por la tarde, sin decir nada y sin que nadie la viera salió de su casa. Con su vestido de novia se fue caminado por el monte, caminó hasta que la venció el cansancio. Se tiró sobre el pasto, la noche de invierno era helada. Cerró los ojos mientras su cuerpo se enfriaba lentamente y se entumecía.  Sus últimos pensamientos fueron para ese hombre que había amado. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se veía  así misma bailando en una fiesta de bodas, que nunca tuvo.