viernes, 24 de agosto de 2012

LA TOS



LA TOS

Otra vez me mantiene despierta. Los medicamentos me quitan en sueño. Pasa un ahora, dos tres, no sé cuantas. La temperatura de mi cuerpo también está alterada. No logro equilibrarla. Un momento tengo tanto calor, y después me enfrío rápidamente. Me doy una vuelta y otra sobre la cama, tratando de relajar mi cuerpo. No lo consigo estoy demasiado tensa. Los músculos de la espalda están tiesos. Trato de relajar mi respiración. De tener un ritmo que me permita liberarme del dolor, pero la tos me interrumpe constantemente. Parece como si un gran nudo se hubiera hecho a la altura de mi cuello y pecho. Vuelvo a respirar con calma y poco a poco se van deshaciendo los nudos, parece como si unas largas cuerdas se alisaran dentro de mí, pero por poco tiempo. En cuanto la tos me ataca, mi cuerpo se contrae, se encoje, tratando de evitar el dolor. Y nuevamente se hacen unas bolas en mi pecho y siento una opresión sobre él.

He tomado tantos jarabes, tantos medicamentos y tanto té que me tienen toda embotada. Veo las cosas de manera difusa, aturdida, lejanas, como si no fuera yo la que está aquí. O como si esto fuera un sueño del que no puedo despertar. Quiero despertar. Ya estoy cansada, muy cansada de este cuerpo adolorido. Me duele la espalda. Me duele la garganta. Me duele el cuello. Y mi estómago también protesta por la sensación de acidez de los medicamentos. Además  tengo un sabor amargo en la boca, que no me deja disfrutar de la comida. Todo es insípido, duro y me cuesta trabajo tragarlo. Hace varios días que no puedo tomar agua ni siquiera al tiempo, todo tiene que ser tibio. Extraño el sabor de las aguas de frutas.

Tengo la garganta reseca y adolorida. Acartonada, siento las flemas pegadas dentro. No se desprenden con facilidad. Deben de ser muy viscosas a pesar de que tomo tanta agua, o quizás simplemente no quieren irse. Es terrible el proceso de eliminarlas, me hacen toser violenta y dolorosamente. Me obligan a encogerme, y me duele el estómago y los costados. Me dejan agotada, sin energía. Mi garganta está tan adolorida e irritada, sólo puedo comer cosas aguadas como sopas, caldos… cuando a mi se me antoja una salsa.

Y que decir de las inyecciones, después de más de cinco, me duelen las piernas, incluso cuando camino, sobre todo, cuando subo o bajo escalones. Tengo que caminar muy lento para no agitarme, todo para evitar otro ataque de tos. Y mi respiración a pesar de todo está agitada, creo que mis pulmones no se dan abasto con el oxígeno. Hago mis ejercicios respiratorios para ayudarlos un poco, pero me canso pronto. Sólo me queda descansar, y esperar que esto pase. Se que no durará para siempre, así que ya no me desespero. Sólo unos días más, después todo volverá a ser maravilloso y podré ir nuevamente a la montaña a respirar el aire fresco de la tarde.

Hoy no tengo sueño, pero en cuanto deje de tomar medicamentos podré volver a dormir y dejar este cansancio y dolor que tengo. Una hora más despierta y aunque el reloj va lento, se que poco a poco llegará el momento de descansar. 

LA DANZA DE LOS FANTASMAS




LA  DANZA DE LOS FANTASMAS

La belleza se fugó de mis ojos. Y el invierno se instaló en mi alma. Me quedé sola y tuve miedo de estar conmigo.

El día había estado lluvioso. En el cielo había enormes nubes grises que evitaban los rayos del sol. No se veían las montañas. Y un viento helado mecía inclemente los frágiles pétalos de una flor. La noche cayó lentamente, en silencio, sin estrellas en el firmamento.

Tomé entre mis manos un álbum  de fotos. Lentamente, como el agua sucia que ha estado estancada,  los recuerdos que por mucho tiempo habían estado guardados, fueron desfilando uno a uno.

Ahí estaba, esa foto de una niña de cinco años con su pelo largo y negro. Una niña triste que nunca pudo tener un regalo de Santa Claus. Y ella se portaba bien todos los días del año, era una niña buena que sólo esperaba un regalo que nunca llegó.

Después apareció la niña que nunca comprendió por qué su vida era más difícil que la de los otros niños. Aquélla que se quedó con la pregunta sin respuesta- ¿por qué yo tengo que luchar por mi salud? Parece que todavía se sigue haciendo la misma pregunta.

Más adelante, con sus ojos todavía llenos de llanto y abrazándose a sí misma, la niña de la que su hermano mayor abusaba y constantemente le decía: eres un estorbo, nadie te querrá jamás.
También estaba esa niña silenciosa que lloraba en las noches, sola, mientras los demás dormían, cuidándose de no hacer ruido para no causar molestias.

Y esa niña que quería ser lo más invisible posible, para que nadie la mirara con lástima y desprecio. Que tenía miedo hasta de hablar. Que no pedía nada, porque sentía que nada merecía.

Se presentó también esa niña que soñaba con tener un vestido de hada o de princesa, pero que nunca se atrevió a pedir.

Y esa niña que esperaba hacer sentir orgulloso a su padre siendo la mejor de la escuela, pero él nunca quiso darse un tiempo para felicitarla, ni siquiera cuando salió de la universidad con mención honorífica.

No podía faltar esa niña que constantemente escuchaba quejarse a su madre por todos los sacrificios que había hecho por ella. Y que no sabía cómo escaparse de ella

Todos esos fantasmas, cobraron vida y fuerza una vez más. Ahí estaban repitiendo como un eco, precisamente lo que no quería escuchar.

Como trapos viejos  y corroídos, sucios y amarillentos, pretendían enturbiar la luz de mi alma… los llevé a todos al patio de mi casa, encendí un gran fuego y uno a uno los lancé sobre el.

Se negaban a callar, se negaban a morir, saltaban desesperadamente entre las llamas tratando de salir.  Trataban de burlarse nuevamente de mí. Trataban de golpear dentro de  mi corazón.

 Me negué a escucharlos. Me negué a darles vida. No tienen ya cabida dentro de mí. Se que están acechándome cada día. Pero ya no tienen poder para mí. Aunque salten una y otra vez ante mis ojos.

Los lanzaré al fuego cada vez que pretendan acorralarme. Los miraré consumirse lentamente, mientras el fuego calienta mis huesos.

Y en tanto miro las lengüetas del fuego, que dibuja nuevas y diversas formas. Construiré en mi alma y en mi corazón un nuevo sueño, con un nuevo fuego. 

                                                                                                       

LA CUEVA ENCANTADA



LA CUEVA ENCANTADA

Había una vez, en medio de la enorme selva una cueva encantada. Nadie sabe exactamente desde cuando está, pero todos han escuchado hablar de ella. Y todos saben que sólo se hace visible una sola vez al año. Incluso puede ocurrir que vayas caminando por el campo, entre medio de los enormes y frondosos árboles, y pases justo a su lado y no te percates  de todo lo que en ése lugar está oculto.

Sucedió que hace muchos, muchísimos años, cuando los primeros hombres habitaron este lugar, todos podían entrar a ésta cueva cuantas veces quisieran. No importaba cuántas veces lo hicieran, porque aunque estaba completamente llena de las más inimaginables riquezas, al hombre simplemente no le interesaban. En aquél tiempo,  el hombre era feliz con la vida sencilla, con tener un techo sobre su cabeza y un poco de comida. No le preocupaba acumular nada, ni tener más casas de las que podía habitar. O comprar más ropa de la que podía usar.  Ni tener más dinero del que podía gastar en toda su vida. Tenía bien claro que todo cuanto existe en éste mundo no le pertenece, porque su estancia es pasajera. Y no le importaba no tenerlo porque sabía que dentro de sí, existe algo mucho más importante que su cuerpo: su espíritu.

El hombre habitaba el mundo con amor, tomaba del campo lo suficiente para comer y para procurarse refugio y abrigo. Respetaba las plantas y a los animales tanto como se respetaba a sí mismo. Porque se consideraba parte de la selva, no el rey, sólo un ser viviente que tenía que convivir armónicamente con todo. Es por eso que al tener todas las riquezas frente de sí no les daba importancia. Él sabía que lo verdaderamente trascendental, no es el dinero, sino las acciones. El hombre al morir no puede llevarse ninguna riqueza, pero sí puede llevarse la satisfacción de haber vivido con honestidad y respeto.

Pero un día, a alguien se le ocurrió que sería buena idea vivir sin tener  que trabajar. Entonces pensó en que esos tesoros guardados podían serle útiles para obtener dinero si los vendía. Decidió apropiarse de toda ésa riqueza para tener una vida holgada y llena de comodidades. Dirigió sus pasos hacia la cueva encantada y decidido a llevarse todo, entró al lugar. Pero lo que este hombre no recordó es que todas las cuevas están custodiadas por espíritus guardianes. Los hombres de los primeros tiempos acostumbraban dirigirse con respeto a estos guardianes antes de tomar cualquier cosa y dar las gracias después. Pero el nuevo hombre fue olvidando ésta lección. No creía en los guardianes que no podía ver, así que dio por hecho que sólo eran creencias falsas de sus antepasados. Y no lo tomó en cuenta.

Cuando el hombre entró en la cueva, sólo pensó en llevarse los tesoros y en todo lo que podría hacer con ellos. El gran espíritu de la cueva miró dentro de su corazón. Y todo lo que vio fue una gran ambición. Aquél hombre con el tiempo destruiría la selva construyendo un gran emporio. Decidió que los hombres debían recibir una muestra de su existencia. Así que no permitió que el hombre se llevara nada.

Para deslumbrar al hombre, puso delante de él todas las riquezas que jamás podía haber imaginado. Y eso lo dejó mudo de sorpresa e inmóvil por un largo tiempo. Ni siquiera pudo percatarse cuánto tiempo había pasado mirando la montaña de tesoros. Miraba una vez y otra todo, de arriba hacia abajo, de un lado hacia otro incansablemente. Caminaba alrededor de ella, tomaba un objeto y después otro, contemplándolo larga y detenidamente. Así comenzaron a pasar los minutos, las horas, los días, sin que pudiera siquiera darse cuenta de su cansancio. Iba de un objeto a otro, admirándolo, sintiéndolo, imaginando todo el dinero que podía recibir por cada una de las cosas. Y después imaginaba la vida que podía tener con todo eso.

Camino tanto alrededor de ellos, y así se le fueron las horas. Sin darse cuenta de que necesitaba comer y beber agua. Así fue perdiendo lentamente la conciencia del tiempo, primero en una idea en la que concentraba toda su atención y de la que después no lograba desprenderse. Miraba frente a sí todas las cosas que quería hacer, como si ya estuvieran ocurriendo. Por momentos caía rendido de cansancio y se dormía sobre el piso duro y frío, el cual por supuesto nunca sintió porque en su imaginación, él veía una enorme y tibia cama. Dormía y soñaba que tenía enormes castillos y disfrutaba de ellos como si fueran reales. Después de algunos días no consiguió distinguir la realidad de la fantasía.

Aquel hombre no consiguió salir de la cueva, porque en su imaginación ya no estaba dentro de ella. Se quedó dormido al pie dela montaña de tesoros, mientras en la selva  la lluvia caía más intensa que nunca y un gran peñasco, que se desprendió violentamente, tapó para siempre la entrada. Cuando los pobladores se dieron cuenta de la desaparición de su vecino, lo buscaron por varios días, a través de todos los caminos y todos los barrancos. No encontraron ninguna huella de sus pasos. La lluvia había borrado todo. Pero el espíritu guardián de la cueva se encargó de comunicar a los hombres a través de los sueños lo que había pasado. Como prueba de ello, dejó pintada sobre la roca donde alguna vez estuvo la entrada de la cueva, la huella de su pie.

Hoy todos saben cuál es el lugar de la cueva encantada, y todos saben que sólo una vez al año se abre de manera mágica, justo a las doce de la noche, cuando la luna llena se encuentra arriba de ella. Y que cualquier hombre puede entrar y en el lapso de un minuto tomar todos los tesoros que pueda cargar con sus manos y regresarse antes de que la cueva se cierre. Pero todos saben que el espíritu guardián concede sólo un minuto para entrar y salir. Y si alguien entra y no puede salir es ése tiempo, se quedará petrificado frente a la montaña de tesoros durante todo el año. No sentirá el paso del tiempo, no comerá, ni beberá. Y cuando el siguiente año, la cueva se abra podrá salir por su propio pie, pero no vivirá porque su cuerpo ha estado sin alimento por mucho tiempo. Y su cuerpo se desvanecerá con tan sólo sentir el aire del campo.

Y aunque hoy todos saben donde está la cueva llena de tesoros, y cuál es el día en que se abre, nadie se atreve a ir. Porque todos saben, que el hombre el capaz de perder el sentido de realidad ante una montaña de riquezas. Y saben además que los guardianes son los que deciden si conceder algo o no, al hombre. Y sólo ellos saben quienes son los seres que merecen estás riquezas.

Algunas veces, los pobladores ven nacer la codicia en los ojos de algunos visitantes que escuchan la leyenda. Y  como ese primer hombre que quiso todas las riquezas para sí, sueñan con entrar a la cueva. Pero ninguno de ellos se atreve a decirles dónde se encuentra. Y no lo dirá nunca, por ninguno de los tesoros prometidos. Porque ellos saben que en realidad esas riquezas son sólo una ilusión.  En verdad Temen, enfadar al guardián. Y no merecer más sus bendiciones.

Así que si algún día caminas por la selva, antes de tomar cualquier cosa, recuerda  pedir permiso y dar las gracias a los guardianes que ahí habitan. Porque ellos te miran todo, hasta lo más profundo de tu ser. Ninguna intención queda oculta. Ellos saben lo que fue y lo que será. Sólo ellos deciden lo que puede o no ser. Y si te topas con una montaña de tesoros o con una cueva de la que salga un intenso brillo, ten mucho cuidado, puede ser la cueva encantada. Y antes de que tu mente se pierda en el tiempo y en el espacio, date la media vuelta y regresa sobre tus propios  pasos, antes de que la noche oculte tus huellas.  

LAS "FLORES" DEL AMATE




LAS "FLORES" DEL AMATE

En lo más profundo de la selva, vive el más alto de los árboles. Los antiguos hombres lo veneraban y le tenían un gran respeto. Es un árbol enorme y siempre lleno de hojas verdes. Bajo su sombra muchos pequeños animales e insectos construyen su hogar. Se sienten protegidos por sus enormes ramas y amplias raíces, que se extienden sobre el suelo o a través de las rocas de la montaña. Es el árbol más admirado por los hombres, porque nace donde los demás no nacen, en el lugar más inhóspito: sobre las rocas y desafiando al vacío.

Su nombre es Amate. Y es tan sabio como los demás seres habitantes de la selva. Sólo tira sus hojas una vez al año, precisamente cuando el calor es más intenso. Y sus hojas verdes se tuestan rápidamente por el intenso calor del sol. Se mira una gruesa alfombra dorada a su alrededor. Entonces su tronco adquiere un tono gris y parece a punto de secarse. De sus ramas brotan en poco tiempo unas frutas redondas, que no son comestibles para los humanos, pero que dentro de sí, llevan la semilla de otros árboles. Se muestra totalmente desnudo, pero lo hace por pocos días, tal vez dos o tres semanas. Justo antes de comenzar la temporada de lluvias.

Pronto la lluvia intensa desintegra las hojas y frutas caídas que abonarán la tierra para alimentar al mismo árbol. Pequeños mamíferos vienen y comen sus frutos, la semilla es digerida y al ser eliminada en distintos lugares; se propaga la posibilidad de nuevos árboles.
Los hombres antiguos decían que en donde hay amates, hay agua, y ciertamente se pueden ver a muchos de ellos, a la orilla de un manantial o en el cauce de las barrancas. Los antiguos pobladores aprendieron a obtener el papel de su corteza. Con él escribieron la historia de sus pueblos, sus conocimientos y leyendas.

Una de esas leyendas dice que el amate es un árbol mágico y que como un dios de vez en cuando puede hacer un regalo a algún hombre. No hay manera de saber quién será el elegido. Pero algunas personas están seguras de que sí ha ocurrido.

Cuentan que hace muchos años, tantos como para no saber cuando fue, pero suficientes para aún recordarlo, un campesino caminaba por los senderos de la selva, de regreso a su casa. Después de un arduo día de trabajo, lo único que deseaba era estar en casa, comer y poder descansar, para ir a su trabajo al día siguiente. Desde niño  había aprendido el cultivo de la tierra al lado de su padre y desde entonces ése había sido su trabajo. Aquél día había sido muy caluroso y se detuvo a beber el agua del manantial que nacía al pie del árbol. Se sentó sobre el tronco a descansar un poco. Pero el sueño lo venció pronto. No sintió el transcurso de las horas y cuando despertó la oscuridad de la noche había llegado. Miró hacia arriba tratando de orientarse con la luz de la luna, pero el denso follaje, no permitía ver ninguna claridad.

De pronto en la copa del árbol comenzaron a verse pequeñas luces blancas, al principio creyó que eran luciérnagas. Pero al mirarlas con calma, observó que no se movían. Y no eran pocas, sino muchas, distribuidas en las ramas del árbol.

El viento movió las ramas y suavemente algunas luces se desprendieron del árbol. Cayeron a los pies del campesino. Que con curiosidad y miedo, tomó algunas entre sus manos. Eran pequeñas flores, que por una extraña e inexplicable razón brillaban, con una luz suave, que aún cuando cerraba la mano, la luz se veía a través de su piel. Se encontraba desconcertado. No había visto en toda su vida que el árbol tuviera flores. Ni había sabido tampoco que ninguna flor brillara en la noche como si fuera una pequeña estrella. Y esa luz, de las  flores no era, ni caliente ni fría. Sólo era una luz tenue. Estaba asombrado, pensó que quizás era un sueño. Que él estaba dentro de un sueño. Que todo eso, no estaba pasando.

Una voz, que no supo de donde venía le dijo, que llenara su morral con las flores. Miró hacia todos lados buscando el origen de la voz. No vio nada, pero la voz insistió, agregando que era un regalo para él. Así lo hizo. En cuanto llenó su morral, las demás flores del árbol se apagaron. La luna se asomó entre los árboles y pudo mirar el camino. Llegó a su casa y sin decir nada a nadie se fue  a dormir. Al otro día cuando despertó, recordó las flores y nuevamente pensó que todo había sido un sueño.  Él sabía que los amates no tienen flores. Pero miró dentro de su morral y no, no encontró ninguna flor. En su lugar había una gran cantidad de oro. No podía comprender que era lo que había pasado.

El hombre no lo podía creer, a pesar de que con sus propias manos había tomado las flores que después se convirtieron en oro. Regresó nuevamente al lugar en donde estaba el amate. No había nada diferente. Todo estaba exactamente como siempre lo había visto, durante todos y cada uno de los días de su vida. Al principio no sabía que hacer. Pensó que si contaba lo que había sucedido le dirían que estaba loco. Así que optó por guardar silencio y enterrar el oro.

Pasó el tiempo, y el hombre siguió viviendo como lo que era: un campesino. Y lo cierto es que nunca requirió de gastar el oro, porque con su trabajo él tenía todo lo que necesitaba. Y como era un hombre muy saludable y fuerte pudo trabajar aún cuando ya era un anciano. Sólo cuando sintió que se aproximaba su muerte, decidió contarle la historia a su hija. Y ahí en su lecho, le relató todo cuánto había pasado.

Su hija se mostraba incrédula, y creyó que tal vez su padre estaba delirando. Pero él le dijo que podía comprobarlo por sí misma, yendo al lugar en donde había enterrado el oro. Con gran precisión le dijo el lugar exacto donde se encontraba. Ella fue y pudo mirar el oro, y a su vez volvió a enterrarlo. Volvió con su padre para preguntarle cuál era su última voluntad en relación al tesoro. Él le dijo que se lo regalaba todo a ella, que podía hacer lo que quisiera.

Aquél hombre murió, y su hija después de enterrarlo, decidió que ella tampoco gastaría el tesoro a menos que la vida de alguno de sus hijos estuviera en peligro. Después de todo, su padre había podido vivir con lo que obtenía con su trabajo, y seguramente que ella podría hacer lo mismo. De la misma manera nunca le dijo nada a nadie, quizás algún día se lo diría a alguno de sus hijos de la misma manera que hizo su padre. Pero sucedió que  sus hijos murieron antes que ella, durante la guerra, así que no pudo decirles nada. Sus últimos años los vivió con su hermano y sobrinos, pero ninguno de ellos consiguió ganarse nunca el afecto y confianza de ella. Se dio cuenta de su ambición, así que se decidió a no mencionarles nunca  sobre la existencia del oro. Cuando estaba a punto de morir, ella solamente les contó la historia que había escuchado de su padre. Pero no les reveló el lugar en donde estaba escondido el tesoro.  Y se fue con el secreto a la tumba.

En algún lugar, que nadie ha podido descubrir, se encuentra todavía enterrado aquél tesoro, que una noche fue obsequiado a un campesino a través de unas flores de amate que se convirtieron en oro. Quizás algún día alguien lo encuentre. O quizás permanezca ahí para siempre.

   

miércoles, 25 de julio de 2012

¿QUE QUEDA AHORA?




¿QUE QUEDA AHORA?

Ella estaba sola en la casa, todos se habían ido. De pronto se dio cuenta de que a su lado no había nadie, no se sentía sola ni triste, simplemente estaba tranquila, disfrutando de la quietud de la tarde gris. Corrió la cortina y divisó a través de la ventana. Miró la suave brisa de la llovizna derramándose sobre el verde follaje de los arboles. Miró el paisaje con dulzura, con amor, con respeto, con agradecimiento. La frescura de esa brisa era una sutil caricia para su cara. El olor a tierra mojada se expandía sobre la ventana. Y entonces a lo lejos ella miró con nostalgia. Miró ese lejano horizonte cercano a la mirada, pero lejos al tacto.

No había manera de asir la distancia. No había manera de asir el tiempo. Ni había manera de asir a las personas amadas. Todo se había ido poco a poco al paso de los días. Se había evaporado como la suave brisa al contacto de la tibieza de un rayo de sol. Ahora todo era tan lejano, demasiado lejano para que volviera.

No había manera de hacer volver el tiempo. Día a día se había acumulado sobre los recuerdos, el polvo del olvido. Ahora todo era tan difuso que aunque quisiera armarse el rompecabezas; las formas se habían desdibujado. Los recuerdos se escapaban de la mente, las frases estaban incompletas y algunas palabras simplemente fueron  olvidadas. Apenas algunos fragmentos de conversaciones, quizás los más relevantes: los que se grabaron a fuego en el corazón. Solo los que estaban bañados en la más intensa emoción del amor.

Pero…¿qué quedaba ahora? Nada era igual. Aunque los días de la semana se repitieran cada siete, y de semana en semana se hiciera un mes, después un año y al final toda una vida. ¡Que importaba! si al final la vida misma parecía tan ajena. La casa vacía, fotos de tantas personas del pasado que alguna vez estuvieron en este escenario, y que ahora estaban en otro lado. Sepultados los recuerdos ante las nuevas experiencias, ante los nuevos sueños, ante las nuevas ilusiones.

Así estaba ella frente a la ventana: difusa, volátil, como el aire y el tiempo. Los años se habían escapado como un suspiro, como el agua entre las manos, como la chispa del fuego. Y las manos. Sí. Las manos tratando de atrapar esos sueños. Pero era como querer atrapar el humo, como querer atrapar el viento. Nada de aquello existía ya. Solo las imágenes de lo que fue…y fuera de eso; nada. Sí, era verdad que existían las mismas personas, pero en otro espacio y con otros sueños, como si fueran de otro universo.

No había ya ninguna manera de coincidir. Ni había ya la ilusión de un reencuentro. Se había ido el pasado, se había ido la gente, se había ido el momento. Se dio cuenta de que el tiempo en la vida del ser humano es lineal, no hay manera de volver atrás. No hay manera de corregir nada. No hay manera de volver a empezar. La vida no es como los meses del año, no es como la lluvia de cada verano que algún día vuelve a empezar. Solo le quedaba mirar hacia adelante. Mirar el nuevo sol que cada día nace. Admirarlo porque cada día tiene una nueva oportunidad.

Pero ella era solo un ser humano, ella había comprendido que había tenido su oportunidad. Sabía que no podía reescribir su historia y su vida. Sabía que todo lo que podía haber hecho, hecho estaba; bien o mal. No podía volver al punto de donde había venido. No podía volver a ningún punto crucial. Se alegró de haber disfrutado cada día. Se alegró de haber amado intensamente y haber guardado para siempre esos momentos en el corazón. Se alegró de esos bellos recuerdos, que aún le hacían vibrar de emoción. Se alegró de sentir el alma llena de amor.

Así que se sentó tranquilamente en la mecedora que estaba frente a la ventana. Y mientras el sonido de la lluvia que caía suavemente la arrullaba, en sus labios se dibujó una sonrisa y sin darse cuenta, ella cerró los ojos para no abrirlos jamás. Así fue como la encontraron sus hijos  a la mañana siguiente: hermosa y sonriente como había sido siempre.

EL REGRESO A CASA


Reuters/AP 2009
Reproducción sin afán de lucro sólo con fines informativos. 

EL REGRESO A CASA.

Tenía ya dos meses que había iniciado la epidemia de viruela en San Antonio el seco. Las personas morían rápidamente, una tras otra. Todos los días había por  lo menos un entierro y a veces  hasta tres. Doña Carmen regresó muy pronto del panteón donde acababa de enterrar a Paquito, su hijo de tan solo 8 años. Ni siquiera esperó a que la tumba estuviera cubierta completamente de tierra, aunque le pidió a su comadre Adolfa que se encargara de ponerle un ramo de flores.  En verdad le urgía regresar  a su choza de madera, porque sobre el petate viejo y raído, había dejado acostado, hirviendo en fiebre, a su segundo hijo: Felipe.

Entró presurosa, dispuesta a ponerle paños de agua fría, sin embargo no había mucho que pudiera hacer ante la ausencia de medicamentos. El niño llevaba ya dos días sin comer porque tenía pústulas dentro de la boca, que le dificultaban hasta tragar el agua. Pero ella no se dejaba vencer fácilmente, le preparó un té de yerbas para cerrar las llagas. Doña Carmen sabía que en epidemias anteriores algunas personas llegaban a vencer a la enfermedad, aunque quedaban para siempre marcadas con las cicatrices de los granos en la cara. Eso no le importaba. En esos tiempos era tan difícil que un niño llegara a adulto y a doña Carmen ya se le habían muerto tres.

Así que con la dedicación que solo puede surgir de luchar siempre en condiciones de dureza, doña Carmen siguió cuidando a su hijo y rezando a Dios, pidiéndole que por lo menos le dejara a éste; el único que le quedaba. No le importó su cansancio por los desvelos de las noches anteriores, mientras cuidaba a Paquito  recién fallecido. Ni siquiera había podido ir a realizar su faena al campo. No tenía ya nada en la despensa, pero en la pobreza también existe la caridad y sus vecinos le llevaban un poco de comida cada día. Gracias a la generosidad ella podía continuar inamovible, esperando un milagro para su hijo.

Pasó un día y después otro, con la lentitud con la que corren las horas en los momentos difíciles. Se  veían las grandes ojeras en su cara, los ojos rojos de no dormir. Y todos los días los vecinos iban a preguntar por la salud de Felipito, ella respondía con esperanza.

–No se vence mi muchacho, hoy tuvo menos fiebre y probó bocado, Diosito no se lo va a llevar.
 -Por favor- decía ella a su comadre y vecinas- ¡pídanle a Dios y a la Virgencita de Guadalupe que no se lo lleven!
Ellas la abrazaban y con voz solidaria le contestaban: sí doña Carmen, todos los días se lo pedimos, usté verá que Felipito va a curarse.

Esa noche Felipito, le pidió agua, y le dijo que se sentía mejor, que ya no le dolía nada.  Que había soñado que jugaba a correr con sus amiguitos. Ella respondió que descansara, y pronto iba a poder levantarse.

Doña Carmen, sintió su corazón latir fuertemente de alegría al escuchar estas palabras. Por fin, confortada por su hijo, se permitió dormir. Cuando despertó todo estaba en silencio, pensó que su hijo estaba mucho mejor porque ya no se quejaba. Se talló los ojos para mirarlo con claridad. Y entonces pudo ver su rostro apacible e inmóvil, su cuerpecito sin respiración, sin un aliento, con sus hermosos ojos negros mirando al techo. Sus hermosos ojos negros que no volverían a mirarla jamás.

Así permaneció ella sentada en cuclillas frente al niño. Mirándolo fijamente, sin poder siquiera llorar. Así la encontraron sus vecinos. Y así se quedó ella sentada, sin darse siquiera cuenta cuando lo llevaron a enterrar.

LA HISTORIA DE NADIE LLAMADO NADIA


Music: fur Alina By Arvo Part

LA HISTORIA DE  NADIE LLAMADO NADIA

En un lugar, de algún país, en algún tiempo que nadie sabe bien cuando fue. Existió una mujer que no era como todas las mujeres de este mundo. A simple vista parecía que sí lo era, porque físicamente, ella  tenía dos pies, dos manos, dos ojos, dos oídos, dos cejas, una boca, una nariz… en fin, todo lo que normalmente tienen los seres humanos. Y además hablaba, caminaba, sonreía y hacía todo, o más bien dicho; casi todo lo que hacen las personas. Así que ante esto, casi nadie podía notar lo diferente que ella era.

El nombre de esta mujer era Nadia. Ella podía pasar desapercibida, incluso estando sola en una habitación vacía. Por una sola razón: ella no tenía voz. No. No se trataba de la voz con la que se dicen las palabras. Ella sí podía hablar, pero su interior estaba completamente hueco. Carecía de deseos en su corazón. Carecía de ilusiones en su alma. Carecía de la voz interna que guía a los seres humanos a través de su vida. Por lo que siempre, necesitó de alguien que guiara su existencia.

Todo comenzó antes que ella naciera. Su madre ni siquiera se dio cuenta de que estaba embarazada. No tuvo ningún síntoma. Apenas si aumentó dos kilos, y pensó que estaba engordando debido a las fiestas navideñas. Cuando estaba a punto de ocurrir el parto, creyó que se había indigestado. Y sólo al llegar al hospital se enteró que iba a ser madre…

La familia se sorprendió y aunque su nacimiento fue inesperado y fuera del matrimonio; fue bien recibida. Porque en esa familia todas las mujeres se dedicaban a hilar preciosos tapetes, que se vendían muy caros en el mercado. La niña fue depositada dentro de un cesto, durante los meses en que fue bebé, ahí estaba siempre al lado de su madre que hilaba en el telar. Nunca lloraba, ni siquiera cuando tenía hambre, por lo que la madre, se impuso un horario para darle de comer tres veces al día. Y también para bañarla y cambiarla. Así fue creciendo día a día sin ningún contratiempo. No trataba de salirse de su cesto, ni de gatear, permanecía callada, sentada, viendo a su madre hora tras hora, todos los días.

Poco a poco aprendió el lenguaje,  aunque sólo lo usaba para responder cuando le hacían alguna pregunta. Ella no pedía nunca nada, y en cambió hacía todas las tareas que se le encomendaban. Cuando alguien la invitaba a jugar, pedía permiso a su madre, y si se lo daban iba, y si no, se quedaba tranquila viendo cómo jugaban los demás. No hacía berrinches, ni pedía dulces como los demás niños, ni se quejaba de que no le compraran cosas. Ella solamente miraba todo lo que había a su alrededor.

Cuando su mamá la llevaba al mercado de compras, era su mamá quién le escogía la  ropa que debía usar, la comida que debía comer, los juguetes que debía tener, en fin, que la niña nunca elegía nada. Y parecía que eso no le importaba. No la ponía ni feliz, ni triste. No tenía amigas porque siempre estaba callada, al principio la invitaban a jugar, y ella aceptaba los juegos que los demás escogieran. Pero pronto todos la encontraron aburrida, porque era como estar con la propia sombra. No opinaba, no elegía, no discutía, no aportaba nada.

Los años pasaron así para Nadia, y con esta forma de ser, cualquiera pensaría que nunca se casaría, porque nunca mostraba interés por nada, ni por nadie. De hecho su vida era tan monótona, de la casa a la escuela, de la escuela al taller, del taller a la casa y así todos los días. Los chicos por supuesto no se interesaban en ella, no es que no fuera agradable, es que simplemente era total y absolutamente insípida. Estar frente a ella, era como ponerse frente a un espejo viejo y borroso. Como un fantasma. De tal modo, que la gente fácilmente se olvidaba de ella y de su rostro. Nadie recordaba los rasgos de su cara ó el color de sus ojos. Era como un abismo, sin principio ni fin. No había manera de agradarle ni de disgustarle. No había nada de Nadia.

Un día, su madre enfermó súbitamente. Se quejó de un dolor muy fuerte en el pecho, y cayó de golpe sobre el piso. Nadia la miró sin interés alguno, como quién mira caer una manzana podrida de un árbol. No intentó levantarla, ni pensó en pedir ayuda, hasta que su madre, con gran dificultad se lo pidió explícitamente. Parecía que incluso era inmune al dolor humano. Su madre murió de un infarto y ella no mostró tristeza, ni hubo lágrimas en sus ojos. Y cuando regresaron de enterrarla, ella siguió siendo la misma, sólo que ahora no tenía quién le dijera lo que tenía que hacer. Entonces, se quedó sentada en la orilla de su cama.

Las tías de Nadia siempre habían visto que era muy callada, pero esta actitud de total pasividad, era algo que no se imaginaban. Parecía como si Nadia no tuviera voluntad propia. Acordaron que no podían dejarla viviendo sola, porque era incapaz de tomar ninguna decisión. Una de ellas  la llevó a su casa, mientras pensaban qué podían hacer.

En el velorio había estado presente un amigo de la familia, que ya era una persona mayor. Él no era casado y se había interesado en Nadia. Cuando hubo pasado el tiempo de guardar luto, habló con la familia para pedir su mano. Todos estuvieron de acuerdo y pronto se celebró la boda. No hubo ninguna fiesta, porque Nadia no tenía amigas, y el novio no tenía familia en ese lugar. Así que el enlace matrimonial se hizo sólo con la compañía de las tías y los testigos, en presencia del juez.  Nadia fue llevada a otra casa y le dijeron que desde ese día viviría con el señor que era su esposo. Ella simplemente hizo lo que le decían.

Desde entonces, Nadia comenzó a vivir la vida que le decía su marido. Vestía como él  quería e incluso le decía la cantidad exacta de comida que debía comer.  Cada día le indicaba claramente lo que eran sus deberes, y ella sin dificultad los realizaba. Lo único que no sabía hacer, era cocinar, porque no le encontraba el sabor a la comida, no sabía si estaba salada o simple, cruda o quemada. Pero fuera de eso, el marido estaba satisfecho con ella, porque era la mujer más dócil que podía desear. Le obedecía absolutamente en todo. Limpiaba la casa, incluso iba de compras, claro con una lista que él le daba de antemano, porque ella nunca sabía qué comprar. Cuando tenía que comprarse ropa, le preguntaba a quien la vendiera cual sería la adecuada para ella, así solucionaba su problema para elegir.           

Tiempo después Nadia tuvo un hijo. Y pudo cuidarlo gracias a las instrucciones precisas de su marido. En todo este tiempo de convivencia, por fin ella había aprendido a preguntar cuando no sabía algo. Pero la única persona en quién confiaba era su marido. Creía en su palabra y en la de nadie más. Él la trataba como a una niña a la que se debe decir cómo debe comportarse y tenía un total control sobre ella. Cuando regresaba del trabajo revisaba la lista de deberes de Nadia y era feliz de ver que todo se había hecho. Él a veces coqueteaba con otras mujeres en su presencia, y ella parecía no darse cuenta, o tal vez, no le importaba. Incluso llegó la ocasión en que tenía otra novia y la llevaba a comer a su propia casa y le decía Nadia que sólo era su amiga y que no tenía que preocuparse de nada, ni hacer caso de las habladurías de la gente, porque sólo ella era su esposa y lo demás no importaba.

Un día su esposo decidió que debían mudarse al pueblo en donde vivía el resto de sus parientes. Cuando llegaron al pueblo, nadie notó nada extraño, parecían una familia normal. El esposo había enseñado a Nadia a sonreír cuando él hacía una broma o reían los demás. La mandó a tomar clases de cestería en la iglesia con otras señoras. Pero cuando alguien le preguntaba sobre sus preferencias, ella siempre respondía que era su esposo quién elegía todo, que sólo él sabía hacer las cosas bien. Todos los días él le decía que era muy afortunada porque nadie tenía en el pueblo un marido tan inteligente y con tantas virtudes. Y ella lo creía todo, a pesar de que él nunca le ayudaba a realizar ningún quehacer de la casa, o del cuidado de su hijo, ni la llevaba jamás a ningún lado a pasear y le contaba hasta el último centavo que le daba para el gasto de la comida. Y con frecuencia le decía también que era doblemente afortunada porque fuera de él nadie más podría interesarse en ella y que debería esforzarse todos los días para conservar su amor y ser agradecida.

Las pocas veces en que Nadia conversaba con alguien, siempre hablada de lo perfecto que su marido era y de su gran fortuna al haberlo conocido. Hablaba de él como si de un dios se tratara porque así se lo había hecho creer, que en realidad era un iluminado. Es decir un ser especial, enviado por Dios para ayudar a los seres descarriados. Y ambos creían en eso. Su marido le decía a todo mundo cómo debía comportarse, qué era lo que le convenía a cada quién, aún cuando nadie le pidiera su opinión o su consejo. Siempre estaba criticando a la gente, así que pronto se volvió desagradable y la mayoría comenzó a alejarse de él. Pero hubo unos cuantos que empezaron a seguirlo. Era un grupo que constantemente escuchaban sus sermones y también creían que era un enviado de Dios.

Pronto el esposo comenzó a buscarse otras mujeres en otros pueblos cercanos. E incluso tuvo hijos con ellas y a pesar de que los rumores llegaban a Nadia. Ella simplemente los ignoraba, pues creía ciegamente en su esposo, cuando le decía  que él las ayudaba desinteresadamente  porque otros hombres las habían engañado y abandonado con sus hijos. Muchas veces, ellas iban a buscarlo a su casa y Nadia las atendía como si fueran sus amigas. Llegó él día en que su esposo le dijo que tendría que ponerse a trabajar para mantener a su hijo, pues ya llevaba mucho tiempo sin que aportara nada. Pero la verdad, era que ya no le alcanzaba el dinero, debido a que tenía demasiadas mujeres. Entonces ella puso un bazar de cosas usadas en el patio de su casa. El negocio prosperó rápidamente y era tan fructífero que ganaba dinero para todos los gastos de la familia y más. Pero ni aún así, ella podía disponer por su cuenta de un solo centavo, porque cada día su esposo recogía las ganancias  de su trabajo y le daba contadamente los pesos necesarios para los gastos de la casa y nada más.

Nadia parecía vivir muy feliz con la vida que su esposo le daba y cuando alguien se atrevía a mencionar el parecido tan extraordinario de los hijos de las otras mujeres con su esposo, ella respondía que le tenían envidia, por ese marido tan ejemplar que tenía. Y que las intrigas no lograrían separarla de él. Pero un día, él conoció a una jovencita que le agradó como nadie antes. Y decidió irse a vivir con ella. Para ello le dijo a Nadia, que era una misión que Dios le había encomendado,  porque  unos hombres malvados querían hacerle daño y él tenía que protegerla. Razón por la cual debía estar siempre alerta y a su lado. Ella como siempre creyó en su palabra. Aquél hombre se mudó de casa, pero todos los días iba con Nadia por el dinero de las ventas. Con él llevaba a pasear a su nueva mujer, y además le dejaban al bebé a su cuidado. Ella se mostraba feliz de saber que su esposo estaba cumpliendo una misión sagrada. Mientras toda la gente se reía en su propia cara.

Pasaron los años, y Nadia vivía solamente con su hijo, que ya era un adolescente. Su marido seguía yendo  por el dinero. Y cuando ella le preguntaba cuándo volvería a casa, el respondía que tuviera paciencia, que no tenía nada de que preocuparse porque él estaba siempre pendiente de ella. Y que sólo Dios podría decirle cuando terminaría su misión.

Y ella esperó pacientemente… un año, dos, tres, cuatro, y habría esperado eternamente. De no ser porque la mujer con la que su esposo vivía, lo descubrió siéndole infiel con otra. En venganza, decidió mandar golpearlo simulando un asalto. El hombre quedó tan dañado de la columna que no pudo volver a caminar, entonces fue que volvió a su casa. Nadia lo cuidó por el resto de los años que él vivió, con la misma adoración que se le tiene a un santo. Porque él le dijo que su misión había terminado, que había logrado terminar con los maleantes que amenazaban la vida de la mujer con la que había vivido, a pesar de que lo habían golpeado. Ella estuvo muy orgullosa de su marido. Quizás era el único sentimiento que había experimentado en su vida.

Nadia era incapaz de cuestionar nada, toda su vida había hecho al pie de la letra lo que le ordenaran, primero con su madre, y después con su esposo. Cuando él murió, ella continúo obedeciendo  órdenes. Sólo que ahora, eran de su hijo y de la esposa de su hijo, quién por cierto, aprovechaba la absoluta sumisión de su suegra, para dejarla con la responsabilidad total de cuidar a sus hijos, mientras ella se iba a visitar a sus amigas. Cuando sus nietos crecieron, también aprendieron a dar órdenes a Nadia, a quién solamente le gritaban por su nombre, y nunca; abuela. Lo mismo que su hijo, que nunca la llamó; madre.

La vida de Nadia siguió con más trabajo que nunca, al cuidado del bazar, de los nietos y del quehacer de la casa. Sin un segundo para descansar, hasta que un día ya no pudo más. Su corazón, dejó de latir súbitamente y murió intempestivamente, de  la misma forma que su madre. Sobre la tumba en donde se enterró su cuerpo, solo había una cruz de madera con su nombre: Nadia.

Con el pasó de los años, las letras se fueron borrando, y un día alguien quiso saber de quién era esa tumba. Pero de ella sólo se recordaba, que era la tumba de la esposa del hombre que se decía el iluminado. Nadie sabía el color de su piel, de sus ojos, sus gustos, sus sueños, o  sus metas.  Pronto nadie recordaba su nombre, y en la cruz de madera no había ni una letra.

 De Nadia, nadie recordaba nada.