miércoles, 25 de julio de 2012

¿QUE QUEDA AHORA?




¿QUE QUEDA AHORA?

Ella estaba sola en la casa, todos se habían ido. De pronto se dio cuenta de que a su lado no había nadie, no se sentía sola ni triste, simplemente estaba tranquila, disfrutando de la quietud de la tarde gris. Corrió la cortina y divisó a través de la ventana. Miró la suave brisa de la llovizna derramándose sobre el verde follaje de los arboles. Miró el paisaje con dulzura, con amor, con respeto, con agradecimiento. La frescura de esa brisa era una sutil caricia para su cara. El olor a tierra mojada se expandía sobre la ventana. Y entonces a lo lejos ella miró con nostalgia. Miró ese lejano horizonte cercano a la mirada, pero lejos al tacto.

No había manera de asir la distancia. No había manera de asir el tiempo. Ni había manera de asir a las personas amadas. Todo se había ido poco a poco al paso de los días. Se había evaporado como la suave brisa al contacto de la tibieza de un rayo de sol. Ahora todo era tan lejano, demasiado lejano para que volviera.

No había manera de hacer volver el tiempo. Día a día se había acumulado sobre los recuerdos, el polvo del olvido. Ahora todo era tan difuso que aunque quisiera armarse el rompecabezas; las formas se habían desdibujado. Los recuerdos se escapaban de la mente, las frases estaban incompletas y algunas palabras simplemente fueron  olvidadas. Apenas algunos fragmentos de conversaciones, quizás los más relevantes: los que se grabaron a fuego en el corazón. Solo los que estaban bañados en la más intensa emoción del amor.

Pero…¿qué quedaba ahora? Nada era igual. Aunque los días de la semana se repitieran cada siete, y de semana en semana se hiciera un mes, después un año y al final toda una vida. ¡Que importaba! si al final la vida misma parecía tan ajena. La casa vacía, fotos de tantas personas del pasado que alguna vez estuvieron en este escenario, y que ahora estaban en otro lado. Sepultados los recuerdos ante las nuevas experiencias, ante los nuevos sueños, ante las nuevas ilusiones.

Así estaba ella frente a la ventana: difusa, volátil, como el aire y el tiempo. Los años se habían escapado como un suspiro, como el agua entre las manos, como la chispa del fuego. Y las manos. Sí. Las manos tratando de atrapar esos sueños. Pero era como querer atrapar el humo, como querer atrapar el viento. Nada de aquello existía ya. Solo las imágenes de lo que fue…y fuera de eso; nada. Sí, era verdad que existían las mismas personas, pero en otro espacio y con otros sueños, como si fueran de otro universo.

No había ya ninguna manera de coincidir. Ni había ya la ilusión de un reencuentro. Se había ido el pasado, se había ido la gente, se había ido el momento. Se dio cuenta de que el tiempo en la vida del ser humano es lineal, no hay manera de volver atrás. No hay manera de corregir nada. No hay manera de volver a empezar. La vida no es como los meses del año, no es como la lluvia de cada verano que algún día vuelve a empezar. Solo le quedaba mirar hacia adelante. Mirar el nuevo sol que cada día nace. Admirarlo porque cada día tiene una nueva oportunidad.

Pero ella era solo un ser humano, ella había comprendido que había tenido su oportunidad. Sabía que no podía reescribir su historia y su vida. Sabía que todo lo que podía haber hecho, hecho estaba; bien o mal. No podía volver al punto de donde había venido. No podía volver a ningún punto crucial. Se alegró de haber disfrutado cada día. Se alegró de haber amado intensamente y haber guardado para siempre esos momentos en el corazón. Se alegró de esos bellos recuerdos, que aún le hacían vibrar de emoción. Se alegró de sentir el alma llena de amor.

Así que se sentó tranquilamente en la mecedora que estaba frente a la ventana. Y mientras el sonido de la lluvia que caía suavemente la arrullaba, en sus labios se dibujó una sonrisa y sin darse cuenta, ella cerró los ojos para no abrirlos jamás. Así fue como la encontraron sus hijos  a la mañana siguiente: hermosa y sonriente como había sido siempre.

EL REGRESO A CASA


Reuters/AP 2009
Reproducción sin afán de lucro sólo con fines informativos. 

EL REGRESO A CASA.

Tenía ya dos meses que había iniciado la epidemia de viruela en San Antonio el seco. Las personas morían rápidamente, una tras otra. Todos los días había por  lo menos un entierro y a veces  hasta tres. Doña Carmen regresó muy pronto del panteón donde acababa de enterrar a Paquito, su hijo de tan solo 8 años. Ni siquiera esperó a que la tumba estuviera cubierta completamente de tierra, aunque le pidió a su comadre Adolfa que se encargara de ponerle un ramo de flores.  En verdad le urgía regresar  a su choza de madera, porque sobre el petate viejo y raído, había dejado acostado, hirviendo en fiebre, a su segundo hijo: Felipe.

Entró presurosa, dispuesta a ponerle paños de agua fría, sin embargo no había mucho que pudiera hacer ante la ausencia de medicamentos. El niño llevaba ya dos días sin comer porque tenía pústulas dentro de la boca, que le dificultaban hasta tragar el agua. Pero ella no se dejaba vencer fácilmente, le preparó un té de yerbas para cerrar las llagas. Doña Carmen sabía que en epidemias anteriores algunas personas llegaban a vencer a la enfermedad, aunque quedaban para siempre marcadas con las cicatrices de los granos en la cara. Eso no le importaba. En esos tiempos era tan difícil que un niño llegara a adulto y a doña Carmen ya se le habían muerto tres.

Así que con la dedicación que solo puede surgir de luchar siempre en condiciones de dureza, doña Carmen siguió cuidando a su hijo y rezando a Dios, pidiéndole que por lo menos le dejara a éste; el único que le quedaba. No le importó su cansancio por los desvelos de las noches anteriores, mientras cuidaba a Paquito  recién fallecido. Ni siquiera había podido ir a realizar su faena al campo. No tenía ya nada en la despensa, pero en la pobreza también existe la caridad y sus vecinos le llevaban un poco de comida cada día. Gracias a la generosidad ella podía continuar inamovible, esperando un milagro para su hijo.

Pasó un día y después otro, con la lentitud con la que corren las horas en los momentos difíciles. Se  veían las grandes ojeras en su cara, los ojos rojos de no dormir. Y todos los días los vecinos iban a preguntar por la salud de Felipito, ella respondía con esperanza.

–No se vence mi muchacho, hoy tuvo menos fiebre y probó bocado, Diosito no se lo va a llevar.
 -Por favor- decía ella a su comadre y vecinas- ¡pídanle a Dios y a la Virgencita de Guadalupe que no se lo lleven!
Ellas la abrazaban y con voz solidaria le contestaban: sí doña Carmen, todos los días se lo pedimos, usté verá que Felipito va a curarse.

Esa noche Felipito, le pidió agua, y le dijo que se sentía mejor, que ya no le dolía nada.  Que había soñado que jugaba a correr con sus amiguitos. Ella respondió que descansara, y pronto iba a poder levantarse.

Doña Carmen, sintió su corazón latir fuertemente de alegría al escuchar estas palabras. Por fin, confortada por su hijo, se permitió dormir. Cuando despertó todo estaba en silencio, pensó que su hijo estaba mucho mejor porque ya no se quejaba. Se talló los ojos para mirarlo con claridad. Y entonces pudo ver su rostro apacible e inmóvil, su cuerpecito sin respiración, sin un aliento, con sus hermosos ojos negros mirando al techo. Sus hermosos ojos negros que no volverían a mirarla jamás.

Así permaneció ella sentada en cuclillas frente al niño. Mirándolo fijamente, sin poder siquiera llorar. Así la encontraron sus vecinos. Y así se quedó ella sentada, sin darse siquiera cuenta cuando lo llevaron a enterrar.

LA HISTORIA DE NADIE LLAMADO NADIA


Music: fur Alina By Arvo Part

LA HISTORIA DE  NADIE LLAMADO NADIA

En un lugar, de algún país, en algún tiempo que nadie sabe bien cuando fue. Existió una mujer que no era como todas las mujeres de este mundo. A simple vista parecía que sí lo era, porque físicamente, ella  tenía dos pies, dos manos, dos ojos, dos oídos, dos cejas, una boca, una nariz… en fin, todo lo que normalmente tienen los seres humanos. Y además hablaba, caminaba, sonreía y hacía todo, o más bien dicho; casi todo lo que hacen las personas. Así que ante esto, casi nadie podía notar lo diferente que ella era.

El nombre de esta mujer era Nadia. Ella podía pasar desapercibida, incluso estando sola en una habitación vacía. Por una sola razón: ella no tenía voz. No. No se trataba de la voz con la que se dicen las palabras. Ella sí podía hablar, pero su interior estaba completamente hueco. Carecía de deseos en su corazón. Carecía de ilusiones en su alma. Carecía de la voz interna que guía a los seres humanos a través de su vida. Por lo que siempre, necesitó de alguien que guiara su existencia.

Todo comenzó antes que ella naciera. Su madre ni siquiera se dio cuenta de que estaba embarazada. No tuvo ningún síntoma. Apenas si aumentó dos kilos, y pensó que estaba engordando debido a las fiestas navideñas. Cuando estaba a punto de ocurrir el parto, creyó que se había indigestado. Y sólo al llegar al hospital se enteró que iba a ser madre…

La familia se sorprendió y aunque su nacimiento fue inesperado y fuera del matrimonio; fue bien recibida. Porque en esa familia todas las mujeres se dedicaban a hilar preciosos tapetes, que se vendían muy caros en el mercado. La niña fue depositada dentro de un cesto, durante los meses en que fue bebé, ahí estaba siempre al lado de su madre que hilaba en el telar. Nunca lloraba, ni siquiera cuando tenía hambre, por lo que la madre, se impuso un horario para darle de comer tres veces al día. Y también para bañarla y cambiarla. Así fue creciendo día a día sin ningún contratiempo. No trataba de salirse de su cesto, ni de gatear, permanecía callada, sentada, viendo a su madre hora tras hora, todos los días.

Poco a poco aprendió el lenguaje,  aunque sólo lo usaba para responder cuando le hacían alguna pregunta. Ella no pedía nunca nada, y en cambió hacía todas las tareas que se le encomendaban. Cuando alguien la invitaba a jugar, pedía permiso a su madre, y si se lo daban iba, y si no, se quedaba tranquila viendo cómo jugaban los demás. No hacía berrinches, ni pedía dulces como los demás niños, ni se quejaba de que no le compraran cosas. Ella solamente miraba todo lo que había a su alrededor.

Cuando su mamá la llevaba al mercado de compras, era su mamá quién le escogía la  ropa que debía usar, la comida que debía comer, los juguetes que debía tener, en fin, que la niña nunca elegía nada. Y parecía que eso no le importaba. No la ponía ni feliz, ni triste. No tenía amigas porque siempre estaba callada, al principio la invitaban a jugar, y ella aceptaba los juegos que los demás escogieran. Pero pronto todos la encontraron aburrida, porque era como estar con la propia sombra. No opinaba, no elegía, no discutía, no aportaba nada.

Los años pasaron así para Nadia, y con esta forma de ser, cualquiera pensaría que nunca se casaría, porque nunca mostraba interés por nada, ni por nadie. De hecho su vida era tan monótona, de la casa a la escuela, de la escuela al taller, del taller a la casa y así todos los días. Los chicos por supuesto no se interesaban en ella, no es que no fuera agradable, es que simplemente era total y absolutamente insípida. Estar frente a ella, era como ponerse frente a un espejo viejo y borroso. Como un fantasma. De tal modo, que la gente fácilmente se olvidaba de ella y de su rostro. Nadie recordaba los rasgos de su cara ó el color de sus ojos. Era como un abismo, sin principio ni fin. No había manera de agradarle ni de disgustarle. No había nada de Nadia.

Un día, su madre enfermó súbitamente. Se quejó de un dolor muy fuerte en el pecho, y cayó de golpe sobre el piso. Nadia la miró sin interés alguno, como quién mira caer una manzana podrida de un árbol. No intentó levantarla, ni pensó en pedir ayuda, hasta que su madre, con gran dificultad se lo pidió explícitamente. Parecía que incluso era inmune al dolor humano. Su madre murió de un infarto y ella no mostró tristeza, ni hubo lágrimas en sus ojos. Y cuando regresaron de enterrarla, ella siguió siendo la misma, sólo que ahora no tenía quién le dijera lo que tenía que hacer. Entonces, se quedó sentada en la orilla de su cama.

Las tías de Nadia siempre habían visto que era muy callada, pero esta actitud de total pasividad, era algo que no se imaginaban. Parecía como si Nadia no tuviera voluntad propia. Acordaron que no podían dejarla viviendo sola, porque era incapaz de tomar ninguna decisión. Una de ellas  la llevó a su casa, mientras pensaban qué podían hacer.

En el velorio había estado presente un amigo de la familia, que ya era una persona mayor. Él no era casado y se había interesado en Nadia. Cuando hubo pasado el tiempo de guardar luto, habló con la familia para pedir su mano. Todos estuvieron de acuerdo y pronto se celebró la boda. No hubo ninguna fiesta, porque Nadia no tenía amigas, y el novio no tenía familia en ese lugar. Así que el enlace matrimonial se hizo sólo con la compañía de las tías y los testigos, en presencia del juez.  Nadia fue llevada a otra casa y le dijeron que desde ese día viviría con el señor que era su esposo. Ella simplemente hizo lo que le decían.

Desde entonces, Nadia comenzó a vivir la vida que le decía su marido. Vestía como él  quería e incluso le decía la cantidad exacta de comida que debía comer.  Cada día le indicaba claramente lo que eran sus deberes, y ella sin dificultad los realizaba. Lo único que no sabía hacer, era cocinar, porque no le encontraba el sabor a la comida, no sabía si estaba salada o simple, cruda o quemada. Pero fuera de eso, el marido estaba satisfecho con ella, porque era la mujer más dócil que podía desear. Le obedecía absolutamente en todo. Limpiaba la casa, incluso iba de compras, claro con una lista que él le daba de antemano, porque ella nunca sabía qué comprar. Cuando tenía que comprarse ropa, le preguntaba a quien la vendiera cual sería la adecuada para ella, así solucionaba su problema para elegir.           

Tiempo después Nadia tuvo un hijo. Y pudo cuidarlo gracias a las instrucciones precisas de su marido. En todo este tiempo de convivencia, por fin ella había aprendido a preguntar cuando no sabía algo. Pero la única persona en quién confiaba era su marido. Creía en su palabra y en la de nadie más. Él la trataba como a una niña a la que se debe decir cómo debe comportarse y tenía un total control sobre ella. Cuando regresaba del trabajo revisaba la lista de deberes de Nadia y era feliz de ver que todo se había hecho. Él a veces coqueteaba con otras mujeres en su presencia, y ella parecía no darse cuenta, o tal vez, no le importaba. Incluso llegó la ocasión en que tenía otra novia y la llevaba a comer a su propia casa y le decía Nadia que sólo era su amiga y que no tenía que preocuparse de nada, ni hacer caso de las habladurías de la gente, porque sólo ella era su esposa y lo demás no importaba.

Un día su esposo decidió que debían mudarse al pueblo en donde vivía el resto de sus parientes. Cuando llegaron al pueblo, nadie notó nada extraño, parecían una familia normal. El esposo había enseñado a Nadia a sonreír cuando él hacía una broma o reían los demás. La mandó a tomar clases de cestería en la iglesia con otras señoras. Pero cuando alguien le preguntaba sobre sus preferencias, ella siempre respondía que era su esposo quién elegía todo, que sólo él sabía hacer las cosas bien. Todos los días él le decía que era muy afortunada porque nadie tenía en el pueblo un marido tan inteligente y con tantas virtudes. Y ella lo creía todo, a pesar de que él nunca le ayudaba a realizar ningún quehacer de la casa, o del cuidado de su hijo, ni la llevaba jamás a ningún lado a pasear y le contaba hasta el último centavo que le daba para el gasto de la comida. Y con frecuencia le decía también que era doblemente afortunada porque fuera de él nadie más podría interesarse en ella y que debería esforzarse todos los días para conservar su amor y ser agradecida.

Las pocas veces en que Nadia conversaba con alguien, siempre hablada de lo perfecto que su marido era y de su gran fortuna al haberlo conocido. Hablaba de él como si de un dios se tratara porque así se lo había hecho creer, que en realidad era un iluminado. Es decir un ser especial, enviado por Dios para ayudar a los seres descarriados. Y ambos creían en eso. Su marido le decía a todo mundo cómo debía comportarse, qué era lo que le convenía a cada quién, aún cuando nadie le pidiera su opinión o su consejo. Siempre estaba criticando a la gente, así que pronto se volvió desagradable y la mayoría comenzó a alejarse de él. Pero hubo unos cuantos que empezaron a seguirlo. Era un grupo que constantemente escuchaban sus sermones y también creían que era un enviado de Dios.

Pronto el esposo comenzó a buscarse otras mujeres en otros pueblos cercanos. E incluso tuvo hijos con ellas y a pesar de que los rumores llegaban a Nadia. Ella simplemente los ignoraba, pues creía ciegamente en su esposo, cuando le decía  que él las ayudaba desinteresadamente  porque otros hombres las habían engañado y abandonado con sus hijos. Muchas veces, ellas iban a buscarlo a su casa y Nadia las atendía como si fueran sus amigas. Llegó él día en que su esposo le dijo que tendría que ponerse a trabajar para mantener a su hijo, pues ya llevaba mucho tiempo sin que aportara nada. Pero la verdad, era que ya no le alcanzaba el dinero, debido a que tenía demasiadas mujeres. Entonces ella puso un bazar de cosas usadas en el patio de su casa. El negocio prosperó rápidamente y era tan fructífero que ganaba dinero para todos los gastos de la familia y más. Pero ni aún así, ella podía disponer por su cuenta de un solo centavo, porque cada día su esposo recogía las ganancias  de su trabajo y le daba contadamente los pesos necesarios para los gastos de la casa y nada más.

Nadia parecía vivir muy feliz con la vida que su esposo le daba y cuando alguien se atrevía a mencionar el parecido tan extraordinario de los hijos de las otras mujeres con su esposo, ella respondía que le tenían envidia, por ese marido tan ejemplar que tenía. Y que las intrigas no lograrían separarla de él. Pero un día, él conoció a una jovencita que le agradó como nadie antes. Y decidió irse a vivir con ella. Para ello le dijo a Nadia, que era una misión que Dios le había encomendado,  porque  unos hombres malvados querían hacerle daño y él tenía que protegerla. Razón por la cual debía estar siempre alerta y a su lado. Ella como siempre creyó en su palabra. Aquél hombre se mudó de casa, pero todos los días iba con Nadia por el dinero de las ventas. Con él llevaba a pasear a su nueva mujer, y además le dejaban al bebé a su cuidado. Ella se mostraba feliz de saber que su esposo estaba cumpliendo una misión sagrada. Mientras toda la gente se reía en su propia cara.

Pasaron los años, y Nadia vivía solamente con su hijo, que ya era un adolescente. Su marido seguía yendo  por el dinero. Y cuando ella le preguntaba cuándo volvería a casa, el respondía que tuviera paciencia, que no tenía nada de que preocuparse porque él estaba siempre pendiente de ella. Y que sólo Dios podría decirle cuando terminaría su misión.

Y ella esperó pacientemente… un año, dos, tres, cuatro, y habría esperado eternamente. De no ser porque la mujer con la que su esposo vivía, lo descubrió siéndole infiel con otra. En venganza, decidió mandar golpearlo simulando un asalto. El hombre quedó tan dañado de la columna que no pudo volver a caminar, entonces fue que volvió a su casa. Nadia lo cuidó por el resto de los años que él vivió, con la misma adoración que se le tiene a un santo. Porque él le dijo que su misión había terminado, que había logrado terminar con los maleantes que amenazaban la vida de la mujer con la que había vivido, a pesar de que lo habían golpeado. Ella estuvo muy orgullosa de su marido. Quizás era el único sentimiento que había experimentado en su vida.

Nadia era incapaz de cuestionar nada, toda su vida había hecho al pie de la letra lo que le ordenaran, primero con su madre, y después con su esposo. Cuando él murió, ella continúo obedeciendo  órdenes. Sólo que ahora, eran de su hijo y de la esposa de su hijo, quién por cierto, aprovechaba la absoluta sumisión de su suegra, para dejarla con la responsabilidad total de cuidar a sus hijos, mientras ella se iba a visitar a sus amigas. Cuando sus nietos crecieron, también aprendieron a dar órdenes a Nadia, a quién solamente le gritaban por su nombre, y nunca; abuela. Lo mismo que su hijo, que nunca la llamó; madre.

La vida de Nadia siguió con más trabajo que nunca, al cuidado del bazar, de los nietos y del quehacer de la casa. Sin un segundo para descansar, hasta que un día ya no pudo más. Su corazón, dejó de latir súbitamente y murió intempestivamente, de  la misma forma que su madre. Sobre la tumba en donde se enterró su cuerpo, solo había una cruz de madera con su nombre: Nadia.

Con el pasó de los años, las letras se fueron borrando, y un día alguien quiso saber de quién era esa tumba. Pero de ella sólo se recordaba, que era la tumba de la esposa del hombre que se decía el iluminado. Nadie sabía el color de su piel, de sus ojos, sus gustos, sus sueños, o  sus metas.  Pronto nadie recordaba su nombre, y en la cruz de madera no había ni una letra.

 De Nadia, nadie recordaba nada.


martes, 26 de junio de 2012

GAME OF THRONES (PRIMERA TEMPORADA)



JUEGO DE TRONOS.

Una nueva saga llevada a la pantalla en escenarios extraordinarios, que nos transportan a un mundo épico donde la mitología tiene lugar en medio de la lucha por el poder. Una historia tejida entre guerras e intrigas, donde el amor solo tiene cabida como un medio de concertación de alianzas entre las grandes casas de los siete reinos. Como en todas las grandes luchas políticas, la astucia para mentir y guardar las apariencias puede hacer la diferencia entre la vida y al muerte, entre ser  un rey o un siervo, entre tener todo o no ser nada.

Sin embargo, más que un relato, son varias historias y mitologías entremezcladas. Por un lado, el largo invierno, que amenaza la vida misma y que poco a poco se extiende, arrasando con todo, a través de las criaturas sobrenaturales que en él existen: los lobos gigantes, los caminantes blancos que hacen de los hombres muertos vivientes, y otros cuya existencia se hace evidente conn la desaparición de aldeas enteras sin explicación aparente. Y al mismo tiempo el resurgimiento de la raza de los dragones,  de los cuáles se creía existían solo en las leyendas y creencias de la gente. Los dothraki, una raza fuerte e indómita, amante de los caballos y que es heredera de ésta tradición fantástica, verá nacer los dragones de los tres huevos que celosamente custodiaron por generaciones. Una historia fantástica como El señor de los anillos, donde el autor también crea un nuevo lenguaje para la raza de los dothraki.  Una mezcla de tradiciones y elementos fantásticos, donde la violencia es poder.

En el desarrollo de la historia cada uno de los personajes tiene una importancia central llegado el momento. No hay personajes pequeños, todos tienen una razón de ser. A lo largo de toda la trama logra mantenerse el suspenso y sorprende la singularidad de los acontecimientos, que rebasan la lógica común. Una gran habilidad para entretejer las historias personales y una imaginación sin igual para la resolución de los mismos. El juego del ataque y del contraataque inesperado, como en una buena partida de ajedrez, con el uso de la inteligencia. Por todo esto, la saga se coloca entre las mejores historias escritas y llevadas a la pantalla con gran éxito.

En esta primera temporada de Juego de Tronos, podemos deleitarnos con naturales y preciosos escenarios de Escocia, Irlanda y Marruecos. Disfrutar de la excelente fotografía y música. Admirar la fortaleza de los caballeros medievales, guerreros lasquenetes de porte feroz. Estremecernos con la crudeza de las batallas a muerte. Y sorprendernos con la inteligencia de los personajes. Porque esta saga, es mucho más que solo una historia de poder.


sábado, 23 de junio de 2012

EL ESPEJO DEL LAGO



EL ESPEJO DEL LAGO.

Había una vez, y también no había, en un lugar muy, pero muy lejano. Tan lejano que la gente creía que nunca había existido; el pueblo más hermoso que la mente humana jamás podría haber imaginado. Había sido creado por los dioses con todas las bendiciones, que nunca los dioses habían dado a ningún otro lugar. Este pueblo fue creado en el principio de todos los tiempos, es por eso que los hombres no pueden recordarlo. Porque el mismo hombre no tenía memoria. Todo era nuevo, y todo se creaba a cada instante. El Gran Dios, o Dios de todos los Dioses, decidió crear una criatura que algún día pudiera ser como él. Para ello abrió su corazón, que no era, como el corazón humano. No. Más bien, se trataba de una luz de la que todo emanaba y surgía a petición del Gran Dios. De ahí tomó una gran porción de energía luminosa y con fuerza, la lanzó al espacio. Entonces, surgieron las estrellas que rápidamente se distribuyeron en el infinito. Y para cada estrella creó varios planetas. Tomó otro puño de luz entre sus manos, sopló con fuerza su propio aliento y de ahí surgieron todos los dioses que le ayudarían a crear y cuidar las demás cosas de todos los planetas. Así nació el Dios del Viento, el Dios del Agua,  el Dios del Fuego, el Dios de las Plantas y el Dios del Tiempo. Después, tomó un poco del polvo de las estrellas y del aliento de los dioses,  y de esos dos elementos: formó al hombre.

Al principio de los tiempos, cuando el Gran Dios puso al hombre a vivir en este mundo, encargó a los dioses que cuidaran de él. Y ellos se esmeraban y lo protegían como se protege a un hijo, y al hombre no le faltaba nada. Todo era perfecto. Pero el Gran Dios, se dio cuenta de que la única manera de que el hombre algún día pudiera evolucionar, y tener las virtudes y la sabiduría de los dioses, era a través de su propia experiencia, a través de sus propias decisiones. Y entonces, decidió otorgarle la capacidad de elegir. Para ello, era necesario que aprendiera a cuidarse a sí mismo y a todo lo que él le había concedido, con el mismo amor que le debía al Gran Dios. Entonces envío a los dioses  a crear otros mundos, y dejó a cargo del hombre a un solo dios: el Dios del Tiempo. Nuevamente de su propio corazón, el Gran dios tomó una porción de luz y con la ayuda de los dioses, hizo algunos cambios al ser humano. Lo hizo fuerte y rudo porque en el recién mundo, todo aún se estaba creando. Le dio inteligencia para que aprendiera a cuidar a su mundo y a todos los seres vivos. Puso en su corazón una chispa de luz de su propio corazón, para que algún día el ser humano pudiera encontrar dentro de sí, su origen divino y se comunicara con el Gran Dios, y con todas las cosas y seres vivos de la creación, a través del amor. Y entonces se pudiera dar cuenta que todos tenían el mismo origen y que podría volver a ser parte del Gran Dios.

El Gran Dios creó un  mundo paralelo a este mundo material en el que puso a vivir al hombre. Sin embargo, este lugar no estaba a la vista de todos, y muy pocas personas llegaron a verlo alguna vez. Y con la ayuda del Dios del Tiempo creó en ciertos lugares especiales, algunos portales para acceder a este mundo, en donde el hombre pudiera tener contacto con los dioses y su sabiduría.  Cada uno de estos lugares, estaba custodiado por el Dios del Tiempo. Y a través de ellos, el hombre podía pedir al Gran Dios todo cuanto necesitara, y le era concedido, si la petición era hecha por un corazón limpio y lleno de fe. Uno de esos lugares mágicos y sagrados, estaba en el pueblo antes mencionado.

Y por ser uno de los lugares con un portal a otros mundos. En él se crearon todos los elementos necesarios, para despertar la sensibilidad del hombre y encender su chispa divina. En él se hallaban toda clase de riquezas, que cualquier ser mortal puede anhelar. Así que los dioses se esmeraron en cada una de sus creaciones. El Dios del Viento, se dio a la tarea de levantar las montañas más altas en los alrededores. Para ello buscó hermosos peñascos, donde el hombre pudiera escalar, para fortalecer su cuerpo y su espíritu. Las montañas fueron hechas de todos los materiales posibles. Las había gigantes e imponentes, o de suaves pendientes. Y las grandes planicies fueron pensadas, para que desde ellas, el hombre pudiera admirar toda la majestuosidad que el Gran Dios  le había puesto enfrente.

 El Dios de las Plantas, seleccionó hermosos y variados árboles, para que en ellos los pájaros construyeran sus nidos. Se crearon majestuosos árboles que se incrustaban en las rocas y sus raíces se extendían en un largo abrazo sobre la pared de la montaña, aferrándose a la vida y desafiando al vacío. Otros árboles más, fueron puestos a la orilla de arroyuelos, para que los hombres pudieran descansar bajo su sombra, cuando se detenían a beber agua. Y todos los árboles traían otro regalo dentro de sí: deliciosos y nutritivos frutos. También había especies de árboles que, con algunas especies de plantas, servían para curar las dolencias y enfermedades. Pero no sólo eso, los campos fueron ornamentados con las más hermosas y aromáticas flores, de las cuales las abejas colectaban la deliciosa miel, que por cierto, era la mejor de la que el hombre pueda tener memoria.

¿Y qué decir de los animales? El Gran Dios creó la vida animal en múltiples expresiones. Los había de todos, desde los más feroces, hasta los más delicados pájaros de vistosos plumajes y melodiosos cantos. Y no podían faltar, las delicadas mariposas multicolores. Además, de miles de insectos de esplendentes diseños, que en las noches,  brillaban bajo la luz de la luna, cual preciosos diamantes.
El Dios del fuego por su parte, se encargaba de que un enorme sol enviara a la tierra su calor día con día, en la medida exacta para que todas las especies de plantas pudieran desarrollarse como debían. Y con la cantidad de luz necesaria para alumbrar el día y descansar en la noche. Y colocó en el firmamento una luna, que iluminara la noche como un enorme faro, pero con una luz tenue que apenas disipara la oscuridad.

El Dios de la Lluvia, se encargaba de que puntualmente el agua bañara los campos e hiciera renacer todo. En los lechos de las rocas, se tallaron caminos por los que el agua escurría en enormes cascadas, en donde podía escucharse el rugir de la montaña. Se creó un hermoso y enorme lago, donde las aves pudieran acudir para deleitar con su canto a todos los seres vivientes. Pero además, y esto era lo extraordinario; el Gran Dios puso en este lugar preciosos y delicados pájaros, que serían los mensajeros entre él y los hombres. Estos pájaros que no existían en ningún otro lado, se comunicaban en un lenguaje, que sólo podía ser escuchado por un corazón limpio y libre de temor. Un lenguaje que el ser humano, sólo podía aprender desde la profundidad de  su ser y su amor al Gran Dios.

Durante el verano, después de copiosas y abundantes lluvias, el lago era tan grande que al medio día, cuando no había viento, reflejaba con gran claridad las grandes montañas. Se convertía en el espejo más grande que se pudiera imaginar. Se veía un mundo arriba y otro abajo. Y así era en realidad, porque ahí exactamente, estaba la puerta por la que los hombres de corazón íntegro, podían viajar a cualquier mundo de cualquier dimensión, con solo desearlo con el corazón. Así que el Dios del Tiempo inventó un mecanismo, para darle al hombre una pista de lo que en realidad significaba ese lugar. Sólo permitía que el espejo del lago existiera por breves días al año, es decir; sólo cuando llovía intensamente. Entonces, sobre la superficie se reflejaba todo lo externo. Su propósito, era mostrarle al hombre que lo que veía delante de sí, sólo era un reflejo, y que podía esfumarse rápidamente lo mismo que el lago, quedando sólo un lugar seco y agrietado. Y esto lo hacía el Gran Dios solamente, para mostrarle al hombre que las cosas realmente vitales podían desaparecerse en un instante, lo mismo que el agua. Y que cuando eso sucede, del hombre no queda nada, ni siquiera el reflejo. Esto sucedía año con año, para recordarle lo verdaderamente importante en su vida.

A los primeros hombres que poblaron este lugar, les enseño a comunicarse con él, por medio de un ritual, cuyo significado el hombre había ido perdiendo con el paso del tiempo, en la medida que daba más importancia a las cosas materiales. En las cuevas sagradas donde se realizaba ésta ceremonia, el hombre mantenía contacto con los seres divinos y con los guardianes que se encargaban de cuidar el equilibrio entre todos los seres vivos, de manera tan natural, que parecía que su relación había existido desde siempre. Ahí, los hombres le llevaban regalos al Gran Dios, año tras año, para agradecerle sus bendiciones, y solicitarle que lloviera suficiente y de buena manera, para que todas las plantas volvieran a florecer, y tuvieran buenas cosechas y frutos, en los campos y las montañas. El Gran Dios estaba complacido, de que los hombres no se olvidaran de que todo les había sido dado, y, de que fueran agradecidos con él. Entonces les enviaba lluvias abundantes y suaves vientos. Y los frutos crecían grandes y hermosos. Los bendijo por muchos años, con hijos sanos y fuertes.

Pasaron muchos años llenos de felicidad, todos los hombres se ayudaban entre sí a cultivar sus campos. Y gente de lugares lejanos escuchaba las maravillas de este pueblo y venían y admiraban la belleza de los campos y los pájaros. Todos percibían una gran   armonía en este lugar, y eran felices conviviendo con los pobladores. No existía la envidia, ni la codicia. Nadie pretendía acaparar nada, pues todos sabían desde siempre y porque así se los enseñaron sus padres, y los padres de sus padres; que nunca les faltaría nada, mientras todos se ayudaran. Hasta que un oscuro día, un rey muy rico supo de este lugar, y vestido de campesino abandonó su castillo, para ver con sus propios ojos, lo que otros le habían contado. Llegó y se hizo amigo de los pobladores. Pudo comprobar por sí mismo, que todo lo que le habían dicho; era verdad. Y tuvo envidia de la felicidad y armonía que ahí reinaba, porque ni con todas sus riquezas, él tenía nada igual. Y se  sintió tan miserable y furioso, que decidió pensar en la manera de quedarse con el lago, creyendo que con poseerlo, sería tan feliz como los pobladores. Haría lo que fuera, con tal de ser el dueño del lugar.  Conoció a toda la gente del pueblo, y a algunas personas les habló de las grandes riquezas que podrían tener, les dijo que eso los haría mejor que la demás gente, la mayoría lo ignoró, porque eran felices con lo que eran. Pero entre ellos, encontró a un hombre viejo, lleno de codicia que pretendía ser más de lo que era. Habló con él y le ofreció una gran cantidad de oro, para que lo ayudara a quedarse con el lago. Y entre los dos inventaron mil trampas y mentiras para robarle al pueblo lo que siempre le había pertenecido. Los pobres campesinos que se opusieron al despojo fueron torturados, encarcelados o muertos. Pronto, no hubo quién pudiera oponerse a la codicia del rey...

El poderoso  y rico rey, hizo construir un enorme castillo, rodeado de fosos con cocodrilos en la orilla del lago. Y puso guardias armados para alejar a cualquier persona que quisiera acercarse. Y ese, era su sitio preferido para celebrar grandes fiestas con sus amigos y con el hombre que le había ayudado a quedarse con ese lugar. La música duraba hasta la madrugada y toda clase de excesos se cometían en el castillo. La quietud del lago desapareció para siempre y las aves fueron ahuyentadas por el ruido. Poco a poco se instalaba un paisaje seco y desolado. Ya no se escuchaban más los trinos. Y el rey estaba muy molesto, porque la belleza y armonía que había pretendido comprar, había desaparecido. Cada vez, hacía más fiestas con más ruido para desquitar su coraje. Al principio, se había sentido el hombre más poderoso del planeta, por haber conseguido el lago que ningún otro podía tener, pero después… ya no estuvo tan seguro.

Los pobladores veían marchitarse poco a poco la belleza de su pueblo. Los cientos de aves que alguna vez entonaron sus cantos en los árboles, fueron desapareciendo. Los árboles ya no daban más frutos y las flores que un día adornaron los campos no existían más. Ya no había manera de cultivar la miel, que por mucho tiempo había sido la mejor de todos los reinos. Se olvidaron de llevar las ofrendas a los dioses en las cuevas. Pensaron que no había ya nada que agradecer. En el campo amanecían animales muertos, y los manantiales de agua comenzaron a secarse. Mucha gente comenzó a irse de su pueblo. Las casas estaban abandonadas y los campos ya no eran cultivados por nadie. Y los pocos pobladores que se quedaban, vivían cada vez en mayor miseria. Habían perdido la fe y la esperanza. Y así, pasaron muchos años.

Un  día un anciano, le contó a su nieta, que su pueblo había sido el más hermoso de los lugares que alguna vez existió. Con impresionantes cascadas y hermosos pájaros, e incluso, imitó para ella el canto de las aves que él tanto había escuchado cuando era niño. Le dijo que los pobladores eran felices y cultivaban la tierra con amor, y había una gran abundancia. Pero que eso había ocurrido mucho tiempo atrás, cuando los hombres se comunicaban con el Gran Dios, que los escuchaba a través de los guardianes de las cuevas. Ella le pidió que le mostrara las cuevas sagradas, y él con sus lentos y cansados pasos la llevó a cada una. En la noche, la niña tuvo un sueño, donde un anciano con una barba muy blanca, le pedía que le llevara agua y comida a las cuevas. Le dijo que tenía mucha hambre y sed, que los hombres se habían olvidado del él desde hace mucho tiempo. Muy temprano la niña se levantó y antes de que saliera el sol, tomó la comida que tenía en casa, llenó una vasija de agua y la llevó a la cueva más grande que su abuelo le había enseñado. Con gran fervor, pidió perdón al Gran Dios porque su pueblo se había olvidado de él, y por  no haber podido cuidar el paraíso que les había sido dado. Le suplicó su ayuda para que el pueblo no desapareciera, y todo volviera a ser como antes de que les robaran el lago. El Gran Dios miró el profundo dolor dentro del corazón de la  niña, así que decidió encargarse del asunto.

Un día, en que el rey celebraba otra gran fiesta, acompañado por los hombres más poderosos del mundo, el Gran Dios hizo caer la lluvia más intensa de la que el hombre tenga memoria. El lago se llenó rápidamente de agua, mientras el rey y sus amigos, perdidos de borrachos no se daban cuenta. Un trueno muy fuerte se escuchó cimbrar la tierra, su luz fue tan intensa, que toda oscuridad desapareció por unos segundos. En el fondo del lago se abrió un enorme pozo, que en un instante se tragó toda el agua y con ella, el enorme castillo con todos sus ocupantes. En medio de fuertes truenos, relámpagos, y feroces vientos; nadie escuchó los gritos de auxilio, en tanto el castillo se derrumbaba y era arrastrado por la corriente al precipicio que se abrió en el fondo. Continúo lloviendo por tres días seguidos.

Al cuarto día, cuando la tormenta hubo terminado. Muy de mañana, donde alguna vez estuvo el castillo, unos enormes marranos blancos rascaban sobre el lodo, buscando restos de comida. Nadie sabe de donde vinieron los marranos, ni cómo ó a dónde se fueron. Algunos dicen haber visto, que devoraban alguna mano, un pie o algún pescado. Cuando el sol llegó a lo alto del cielo; todo estaba limpio y silencioso. Desde  lejos, los hombres podían mirar el enorme y profundo foso. Nadie se acercaba, todos temían ser devorados. Al paso de los días y con la quietud del lago, las aves comenzaron a acercarse poco a poco, y con ellas; la vida comenzó a renacer lentamente.

Desde entonces, esa niña siempre recordaba llevar ofrendas a las cuevas y agradecer por todas sus bendiciones al Gran Dios. Y así se lo enseñó a sus hijos, y a los hijos de sus hijos y ellos lo siguen haciendo y lo harán por siempre… aunque hoy nadie esté seguro, de que la historia del lago sea cierta. No obstante, durante la época de lluvias, el hombre todavía puede mirar en ese enorme espejo; su reflejo. Y cuando el lago está seco, aún puede mirarse el pozo que ya no es tan profundo, pero que algún día devoró un castillo. Y quizás alguna vez, el Gran Dios vuelva a demostrarnos, que nadie puede quedarse con nada que no sea suyo… ni siquiera los hombres que se creen, los más poderosos de la tierra.

LA INVENCIÓN DEL GARROTE



LA INVENCION DEL GARROTE.
                                                                                                      
Hace miles años, cuando el hombre aún no sabía que era hombre, se comportaba como todos los seres salvajes del planeta. Su vida consistía en hacer solamente lo que hacen todos los animales: comer, dormir, sobrevivir y reproducirse. No era consciente de su existencia, no se preguntaba por el sentido de la vida, ni por su origen. Todas sus acciones estaban guiadas por el instinto. La meta de cada día, era solamente: llegar vivo al siguiente día.

Y esto hoy parecería algo ridículo y hasta de risa, pero en aquél tiempo, la tierra estaba habitada por enormes depredadores salvajes, y el hombre  era uno de sus platillos  favoritos. Y él no tenía ningún medio para enfrentarlos o defenderse de ellos. Así que, cuando el anochecer se acercaba, los hombres se apresuraban a buscar refugio en las cuevas de la montaña y en las más altas ramas de los árboles. Y en uno de esos días en que el hombre estaba encaramado sobre un árbol muy alto, debajo de él pasó una manada de grandes felinos dientes de sable. Justo en ese momento, una rama del árbol se desprendió para caer sobre la cabeza de uno de ellos. Al instante el animal cayó muerto sobre el suelo, con la cabeza sangrante. La manada se detuvo, lo olfateo, y cuando comprobó que no se levantaría más, se fue.

El hombre asustado miraba al enorme tigre, temiendo que aún pudiera pararse. Después de algunas horas de esperar cautelosamente, decidió bajar. Con gran detenimiento  observó al felino derribado, miró su cabeza rota, y sobre ella la rama. De súbito comprendió que la rama era un objeto que podía matar con un certero golpe. Comprendió el alcance de su descubrimiento. Tomó la rama y volvió a azotarla sobre la cabeza del tigre comprobando que nuevamente se le rompía. Saltó de gusto, al tiempo que comenzaba a golpear con la rama el tronco del árbol y comprobaba su resistencia.

Más tarde, se escondió detrás de unas rocas, acechando el paso de un ciervo que vio venir a lo lejos. Cuando  pasó a su lado, descargó sobre él, un fuerte golpe con la rama del árbol. Al momento cayó el ciervo muerto a sus pies.


Y así, fue la historia del primer cazador, que inventó el uso del garrote como primer arma.  

viernes, 18 de mayo de 2012

CHICO GRANDE



CHICOGRANDE

Es una película en donde se retrata con exactitud la lealtad que la gente del pueblo tenía hacia uno de los caudillos revolucionarios más importantes de nuestro país: Pancho Villa. La trama se desarrolla en un poblado donde el ejército estadounidense pone su cuartel, desde donde trata de averiguar el lugar en que Pancho Villa está escondido. Su propósito es capturarlo o terminar con su vida, después de que el caudillo hiciera una incursión a Columbus, ciudad que fue atacada. Afrenta que por supuesto dicho país no puede pasar por alto. Sin embargo sus tropas no pueden lograr su objetivo ante la voluntad inquebrantable de la gente más allegada a Villa,(Chicogrande, representado por Damián Álcazar) a quién no le importa ser torturada hasta la muerte, antes que traicionar al hombre que lucha por los pobres.

Es un filme con unas locaciones que logra trasladarnos a la época revolucionaria. Un paisaje desolado y yermo. La pobreza se refleja en las casas de adobe en ruinas. Sin embargo, el hambre no doblega la conciencia de clase de los luchadores, que con astucia logran engañar al enemigo y burlarlo para que el único médico que ellos traen entre sus tropas, sea llevado para curar a Pancho Villa que se encuentra gravemente herido en la sierra.

Si bien Villa sobrevive gracias al apoyo incondicional de su gente. El  final, deja un sabor amargo, al evidenciar el precio que paga el pueblo por apoyar a sus caudillos: el dolor y la muerte.

Chicogrande 

Director: Felipe Cazals. 
Guión: Felipe Cazals y Ricardo Garibay.  
Intérpretes: Damián Alcázar, Daniel Martínez, 
Juan Manuel Bernal, Iván Rafael González, 
Jorge Zárate, Patricia Reyes Spíndola, 
Bruno Bichir, Tenoch Huerta, 
Alejandro Calva, Lisa OWEN 
México:2010