jueves, 5 de diciembre de 2013

DON CAMILO

 
 
 
DON CAMILO

  

Don Camilo, nació y creció en el campo. Desde muy pequeño su padre lo enseñó a trabajar, a sembrar la milpa, a arrear las vacas, a cuidar las abejas. Cada día, desde los ocho años, antes de irse a la escuela, tenía que llevar al ganado a beber agua. Café y chilaquiles eran su almuerzo diario antes de correr para llegar a tomar clases en la escuela primaria rural. Al terminar su horario escolar, de regreso en su casa le esperaba desgranar la mazorca de la cosecha, dar de comer a los animales, y por la tarde ir a revisar las cajas de abejas que se encontraban ubicadas en distintos lugares en el cerro.
Una vida muy atareada, con demasiadas responsabilidades, pero esa era la vida de todos los niños en el campo. A pesar de ello, don Camilo disfrutó de su vida de niño, desde entonces y durante toda su vida aprendió a amar el viento que lo acariciaba cuando corría en su caballo. De pequeño, jugaba con las dormilonas, unas plantas que cierran sus hojas al menor contacto. Saboreaba los frutos del campo. Cortaba los dardos que crecen en un árbol y que él lanzaba hacia arriba una y otra vez, sólo para mirar cómo caían girando como si fueran las aspas de un helicóptero. Recogía la cáscara de una semilla con forma de barco y que cuando se moja se extiende más. Jugaba a perseguir la flor del diente de león que el viento hace flotar y que él hacía avanzar grandes distancias soplándole y corriendo tras de ella. Recogía el algodón del árbol del pochote y, a veces, encontraba alguna piedra con una forma especial o con un sonido agradable que recogía para guardarla en su casa, como los grandes tesoros de la naturaleza que hasta el último de sus días conservó.

Entre otras tareas, debía acarrear agua del manantial hasta su casa por lo menos cada tercer día. Sus hermanos también ayudaban, pero la exigencia para él era mayor por ser el primogénito de la familia. Creció siempre apurado con las múltiples tareas que debía realizar.

A lo largo de todos los años que trabajó en el campo aprendió a amarlo y respetarlo. Sabía todos los caminos, conocía todas las plantas, incluso sus propiedades curativas. Vio con sus propios ojos todos los animales que habitaban su entorno. Sabía también de las maderas de los distintos árboles y para qué se usa cada una, desde las más blandas, aromáticas, y las que sirven para teñir o las que son más duras y resistentes y que se usan como trabes para la construcción de casas. Conoció los sitios y las temporadas en que el campo le brindaba alimento, que puede ser desde frutas, hasta hongos, plantas, e insectos como los chapulines y jumiles. Y por supuesto, no podía ignorar los peligros de la naturaleza, que iban desde plantas tóxicas o urticantes, hasta animales venenosos o depredadores y los profundos acantilados que a veces tenía que recorrer con cuidado y respeto.   

De igual modo, sabía los lugares en donde podía cazar un conejo o un tejón. Con su padre realizó largas caminatas nocturnas en busca de alguna presa. Era un niño aún cuando mató su primer conejo. Sabía moverse en la oscuridad y en silencio, su afinada puntería le permitió llevar el alimento a su familia varias veces.

A la edad de trece años conocía perfectamente el trabajo del campo, las limitaciones con las que creció lo motivaron a esforzarse en mejorar su situación económica. Impulsado por su deseo de ayudar a sus hermanos a salir adelante, comenzó a aprender la manera de cultivar la tierra con mejores resultados. Trabajando muy duro y ahorrando el dinero que ganaba comenzó a realizar sus propias inversiones y a correr sus propios riesgos. Incrementó la producción de las aves y ganado, para comerciar con sus productos y derivados. Junto con sus hermanos hicieron prosperar el negocio familiar, que a la postre dividirían cuando su padre murió.

Del patrimonio familiar heredó las tierras de su rancho, en donde, contando sólo con veintidos años de edad y trabajando de sol a sol, haría prosperar su propio negocio ganadero, con el cual, más tarde daría sustento a sus hijos. Ahí conoció a la mujer con la que se casó, quien acostumbrada a la vida de campo y al trabajo fue siempre el brazo derecho que él necesitaba. Juntos prosperaron económicamente al tiempo que criaban 3 hijos a quienes también enseñaron el trabajo del campo desde  muy pequeños. No obstante su amor a la tierra, los hijos de don Camilo eligieron profesiones distintas y emigraron a la ciudad, pero frecuentemente visitaban a sus padres.

Pasaron los años, entre las visitas constantes de sus hijos, don Camilo envejeció. A sus ochenta años todavía se hacía cargo del rancho con la ayuda de varios peones. Un hombre acostumbrado durante toda su vida a iniciar su día antes de que el sol saliera por el horizonte. Un hombre trabajador, sano, fuerte, con la mente lúcida. Agradecido con la vida por todo lo que le brindó, con la satisfacción de haber tenido hijos honestos y responsables. Disfrutaba de su trabajo que lo hacía sentir útil y fuerte, que le daba un sentido a su vida. Sin ninguna preocupación, incluso, había hecho su testamento para el día en que la muerte lo alcanzara.

Pero la tranquilidad de su vida en el campo fue interrumpida repentinamente.

Un día se presentaron a su rancho dos hombres en una camioneta Hummer. Se dirigieron a él directamente con actitud arrogante. Dos pistolas se dibujaban debajo de sus chamarras. Mientras miraban alrededor los bien cuidados cultivos, y los animales, mantenían un silencio expectante con el que pretendían crear miedo en don Camilo. Botas con puntas metálicas cromadas, pantalón de mezclilla y lustrosas camisas de finas marcas, eran su atuendo. En sus recias muñecas mostraban portentosos relojes con diamantes incrustados y  gruesas cadenas de oro alrededor de sus cuellos de las que colgaban pendientes con la imagen de la Santa Muerte y del santo Malverde. Uno de ellos encendió un cigarrillo, tras aspirar una bocanada, lanzó el humo en forma de círculos. Y fanfarronamente dijo a don Camilo: “me gusta este rancho…”, aspiró nuevamente el cigarro y después de una pausa agregó: “tiene tres semanas, para desocuparlo, puede llevarse todo lo que tiene dentro de la casa…si se va pacíficamente, le perdonamos la vida”. Con un ademán mostraron sus armas y agregaron antes de dar la vuelta para irse: “recuerde, tres semanas”. Sin inmutarse y mirándolos directamente a los ojos, don Camilo respondió: “aquí los espero”.

Don Camilo siguió su vida, como si nada hubiese pasado. Los trabajadores iban y venían en sus tareas de siempre. Nadie sabía nada, y él quiso que nadie supiera. Cuando sus hijos lo visitaron no hubo nada distinto, excepto que al despedirse los abrazó muy fuerte. Sólo él sabía que no volvería a verlos. Aparte de sus tareas, cada día dedicaba un tiempo a estar en la casa, en las habitaciones que fueron de sus hijos. Todavía había muchas cosas de ellos, sus diplomas, fotos, algunos juguetes que su esposa conservó. Tenía muy gratos recuerdos de ellos, de sus logros. Aún sonreía al recordar sus travesuras. Estaba feliz de saber que ellos también eran felices.

Por las noches, tomaba la foto de su esposa entre sus manos y hablaba con ella. Le contaba la decisión que había tomado, seguro de que ella estaría de acuerdo.  No tenía miedo  por nada de lo que se avecinara. Logró los propósitos de su vida y no iba a irse del lugar que le costó toda una vida de trabajo, como un cobarde, porque nunca lo había sido.

Un día antes de la fecha señalada por aquéllos hombres, escribió una carta a su hijos, explicando la situación. Por la tarde, don Camilo llamó a sus peones, les pagó su semana y un poco más, les dijo que el siguiente día no iban a trabajar, que se tomaran un día de descanso. Algunos protestaron, diciendo que había mucho trabajo y que se iban a retrasar, él sólo contestó que era una orden y que no quería ver a nadie en el rancho el siguiente día. No estaban acostumbrados a ese trato, don Camilo no solía ser prepotente y todos le  tenían respeto y aprecio. Aunque intrigados, obedecieron la orden.

El nuevo día llegó, don Camilo estaba listo desde temprano, aparte de él no había nadie en la casa. Colocadas en puntos estratégicos y listas para dispararse tenía sus armas de caza.  Se sentó a esperar mientras se fumaba un puro y tomaba un café. A media mañana el silencio fue roto por un chirrido de llantas. Cuatro camionetas llegaron en fila y se detuvieron frente de la entrada. Don Camilo apostado detrás de la ventana. De los vehículos descendieron hombres armados con cuernos de chivo y otras armas. Inesperadamente se escucharon algunos disparos a la par que cayeron desplomados seis hombres.  Todos con un tiro preciso y mortal. Los demás reaccionaron rápidamente, ubicando el foco de donde vinieron los tiros, y respondiendo con una ráfaga de balas perforaron los vidrios de la casa. Don Camilo sintió un fuego quemándole el cuerpo, su sangre corrió por el piso al instante de caer. En el momento de morir, entre sus manos aún tenía una de sus armas, su rostro no reflejaba dolor ni miedo, en su lugar se dibujó una leve sonrisa.

El tiroteo llamó la atención de los medios de comunicación. En poco tiempo el escenario de muerte y la carta de don Camilo permitieron comprender lo qué había pasado. La noticia corrió por las redes sociales sin que la complicidad y la corrupción de funcionarios pudieran evitarlo. La presión social consiguió lo que muchas leyes mexicanas no logran: que los delincuentes se salieran con la suya. Con la mirada del mundo puesta en el rancho, los delincuentes no pudieron quedarse con él. Ahora pertenece  a los hijos de don Camilo, un hombre que vivió de su trabajo y que no estuvo dispuesto a dejarse intimidar por quienes quieren una vida llena de comodidades de una manera fácil.

PAOLA




PAOLA

Es una niña pequeña de rasgos finos y hermosos. La armonía de su rostro y de su cuerpo la hace parecer un ángel. Y la luz intensa de sus ojos negros ilumina el día de quien tiene la fortuna de cruzarse en su camino. Ella no necesita decir nada, su sola presencia es una fuente de amor y ternura. Brota de su ser como de un manantial una sensación de paz que puede sentirse a su alrededor. Camina firme, decidida, como si nada en la vida le diera miedo. Sus pasos suaves y callados, hacen verla como si flotara al momento de desplazarse de un lado a otro. Y su risa tiene la frescura y potencia de mil cascadas juntas.

A ella le gusta atrapar luciérnagas. Todas las tardes, cuando el sol empieza a ocultarse, corre detrás de esas pequeñas estrellas voladoras. Las toma hábilmente entre sus manos, cuidando de no aplastarlas. Después de atrapar una,  corre a guardarla dentro de una bolsa de plástico transparente y tras asegurarse de que no tiene forma de escaparse, va por la siguiente. Minutos más tarde, dentro de su bolsa pueden verse encendiendo y apagando muchos pequeños insectos. Siempre pensó que eran diminutos pedazos de estrella caídas del cielo. Quizás por eso le gustan tanto, porque siente que entre sus manos tiene el universo. Entre más anochece, el brillo se hace más intenso, pero después de revolotear desesperadamente tratando de escapar de la bolsa, las luciérnagas pierden su brillo y lucen exhaustas. Sabe que si las detiene más tiempo morirán, algunas lastiman sus alas en su desesperado vuelo, así que sin más, abre la bolsa y las deja ir.

Después de unos minutos las luciérnagas se recuperan y vuelven a brillar intensamente. Paola las mira y no sabe por qué, el verlas brillar le produce tanto gozo, es como si dentro de ella, algo muy brillante también se encendiera. Algo que le burbujea dentro del corazón y le hace cosquillas. Como un soplo de vida que le llega desde el cielo. Está segura que alguien muy poderoso ha podido crear esta maravilla. Se ve a sí misma y se piensa como un ser tan diminuto en un gran universo. Mira hacia arriba y las grandes estrellas con destellos rojos y amarillos, le hacen pensar en mundos lejanos. Tan lejanos que es imposible contactarlos. Se pregunta si en otro mundo también hay una niña mirando una lejana estrella.

La noche se enfría lentamente, su cuerpo comienza a relajarse y a desear un descanso. Todo es hermoso, la noche, el olor a hierba fresca y a tierra mojada, el viento suave y fresco, el sonido del agua corriendo tranquilamente. Le llegan distintos olores a comida. El cantar de los grillos es un concierto y se pregunta por qué cantan sólo de noche. Quizás es para arrullar a los niños mientras duermen. Tiene muchas preguntas sin respuesta. Tampoco sabe cómo es que las luciérnagas brillan. Ni puede imaginarse en donde se encuentran durante el día o qué hacen. Tampoco sabe de dónde salen tantos sapos después de una fuerte tormenta, ni por qué todos se dirigen saltando hacia una misma dirección.

Un día, algo pasó, pero ella no sabe. No recuerda.

Se  despierta  acostada en una cama, el cuerpo le duele apenas intenta mover un dedo. Le duele a cada respiración, ahora como nunca antes, la vida le duele. Los mosaicos blancos y brillantes de las paredes le hacen sentir frío, una enfermera viene a intervalos, le pregunta cómo se siente. Ella se siente toda rota por dentro, pero no sabe cómo se dice esto con palabras, ni tiene fuerzas para decirlo. La enfermera le pone un termómetro debajo de la lengua, revisa el suero. Su cuerpo afiebrado tiembla, un pesado, duro y frío corsé de yeso la inmoviliza. La enfermera checa la temperatura, demasiado alta, coloca una bolsa de hielo en los pies y la cabeza de Paola. Ella tiembla aún más, quisiera abrigarse, encogerse, huir de ese dolor tan intenso y no puede.

Un llanto contenido vibra dentro de su pecho, como un dique a punto de romperse. Quiere llorar, pero el llanto le duele. Cada pequeño sollozo duele intensamente. Ella comprende pronto, debe quedarse inmóvil para disminuir el dolor. Ahoga su llanto. Mira a su alrededor, está sola y no comprende qué pasó. Sus padres aparecen en el umbral de la puerta. Las batas blancas sobre sus ropas, los vuelven extraños, se acercan lentamente, en silencio, la miran con sus ojos tristes. Las lágrimas les inundan los ojos, con un esfuerzo increíble las contienen. De sus bocas no sale ni una palabra, quizás porque una palabra sería suficiente para desbordar el llanto.

Paola ve a sus padres, al instante comprende su dolor callado y le duele más que el dolor de su propio cuerpo. No lo soporta. Cierra los ojos para que ellos no los vean inundados de llanto. Cierra los ojos y finge dormir mientras ellos están en la habitación. Más tarde, sola, despierta en esa habitación, demasiado blanca,  siente un dolor muy grande dentro de su pecho, un dolor que quema y que la quiebra, un dolor atrapado y una pregunta que tal vez, no alcance a responder nunca: “¿por qué a mí?  

Los días pasan, lentos, dolorosos. Los segundos se vuelven horas, las horas se vuelven una eternidad. Una y otra vez posa su mirada sobre el reloj de pared colgado al frente. Una y otra vez quisiera que el tiempo pasara rápidamente, pero el reloj es más lento de lo que nunca lo fue. Quisiera escapar, dormirse para siempre, dejar de sentirse dentro de ese cuerpo tan lastimado. Con una herida que le atraviesa toda la espalda. Quisiera abrir los ojos lejos de ahí, como antes, corriendo tras las mariposas. Pero no hay modo, cada día que despierta, el dolor la convence que no se trata de un mal sueño. Esta acostada sobre esa cama de hospital con otras niñas a su lado. No entiende qué fue lo que pasó. Nadie le dice nada. Los médicos vienen, revisan su herida, le toman radiografías. Las enfermeras la cuidan, la bañan, la alimentan, le dan sus medicamentos. Y de vez en cuando sus padres están con ella un rato. Ella no puede preguntarles nada, el llanto atravesado en la garganta le impide hablar.

En cada visita sus padres se colocan silenciosamente a un lado de su cama, los mira a punto de derrumbarse.  Ellos no pueden decir nada, ella tampoco. Ambos sobrellevan su pena tras ese pesado silencio. Después de unos días conoce a las demás internas. Una de ellas llama su atención, tal vez, porque nunca habla con nadie: Refugio. La niña que apenas se despierta, estira la mano y abre el cajón de su buró, saca  un rosario blanco de cuentas de plástico. Con delicadeza lo toma entre sus dos manos y con un aire solemne comienza su rezo. No mira a nadie, aunque su vista parece estar dirigida al frente. Apenas se le escucha en un suave susurro las palabras que lentamente se desgranan de sus labios, cuenta tras cuenta. No se le escucha llorar ni quejarse, ni siquiera cuando su rostro muestra claras huellas de dolor. No hace amistad con nadie a pesar de que todas las niñas son amigables, vive en su mundo propio, que no comparte con nadie. A veces sus gestos denotan desesperación, o en sus ojos se ven unas lágrimas contenidas, entonces toma su rosario e inicia su letanía, una vez y otra, hasta que la paz vuelve a su rostro.

Paola la mira sorprendida, ella también quisiera sentir que hay un Dios que puede ayudarle. Pero durante todos y cada uno de estos días de sufrimiento le pidió desesperadamente ayuda a Dios, y sintió que su petición no fue escuchada. Ahora no sabe qué creer, se siente abandonada, olvidada. Ve en la cara de Refugio la paz y fe, y no comprende por qué ella no puede sentir lo mismo. No comprende por qué Refugio da gracias a Dios a pesar de todo el dolor por el que tiene que pasar. Quisiera sentir esa paz y esa fe, pero simplemente no puede.

Dentro de ella hay algo roto, algo que lástima, una incertidumbre, un gran miedo. Una certeza terrible de que nada ni nadie en el mundo puede salvarla del sufrimiento. No hay manera de huir, de escaparse de ese cuerpo… ahí está, inmóvil. Inevitablemente, una lágrima silenciosa resbala por su mejilla cuando comprende que estará así por mucho tiempo. Un dolor profundo de saber que no puede escapar de sí misma.

EL VELORIO


El velorio

Son las seis de la mañana, la luz del día aún no llega, entre los árboles se escucha el canto de los búhos. Me despiertan los cohetes que queman en la iglesia para anunciar que el templo ya está abierto, disponible para quien quiera acudir a él para hacer oración. Casi de inmediato tras el estallido de los cohetes se escucha el tañer de las campanas, no es el repique normal, sino el que anuncia que hay un muerto en el pueblo. Me pregunto quién es el difunto, automáticamente comienzo a recordar una lista de las personas enfermas que viven en el pueblo. Todos son conocidos míos, porque en este lugar tan pequeño, todos nos conocemos y es en este tipo de situaciones en el que los pobladores suelen hacer acto de presencia en la casa del difunto para brindar su apoyo a los familiares.

 Yo no puedo sustraerme a este acto solidario tan arraigado de mi pueblo. Comienzo a reorganizar mis actividades para el día de hoy, a fin de abrir un espacio para acudir al velorio en el transcurso del día. Dejo pasar dos horas antes de peguntar a mi vecina quién es el difunto, tiempo más que suficiente en el que la noticia corre por todo el pueblo.  Se trata de don Eusebio, un campesino de 52 años, al enterarme de inmediato pienso que este señor estaba completamente sano. Mi vecina dice que murió en su milpa, pero no sabe qué pasó.


Por la tarde llego al velorio, dentro de un cuarto se encuentra el féretro negro rodeado de velas y flores, muchas flores, como nunca tuvo en vida. El aire es caliente, con humo y olor a copal. La cantidad de gente dentro y las velas encendidas aumentan el calor y el aire es casi irrespirable. Entrego a la viuda unas flores y tomo asiento en el patio que para esta ocasión se encuentra cubierto con una lona a modo de techo para proteger del sol a la gente.  Los familiares y amigos más cercanos van y vienen atendiendo a las visitas, les ofrecen agua continuamente. A lo largo del patio se colocaron sillas y bancas que poco a poco son ocupadas.

A cada esquina del ataúd se coloca una persona de pie, en guardia. Es una creencia antigua, que deben estar a su lado para cuidar de su alma. Sus compadres, amigos y familiares hombres, son los encargados de esta tarea y se relevan por turnos. Cebolla picada y limones partidos se colocan sobre un plato debajo de la mesa en donde está el ataúd, la gente está convencida de que eso ayuda a los dolientes a no desmayarse.

Familiares y amigos van llegando, aún los que viven en lugares lejanos, todos reunidos recordando momentos con el finado, al mismo tiempo, van y vienen realizando los preparativos para preparar café y la comida para el día siguiente en que después del entierro, se invita a los asistentes a comer en la casa del difunto.

Café negro de olla y una pieza de pan, para mantenerse despierto toda la noche, se reparte continuamente y después de terminar un rosario. La viuda va recibiendo las condolencias, las flores, veladoras, maíz, azúcar, frijol, arroz, café, e incluso dinero. En discretas conversaciones la gente comenta la manera inesperada en que ocurrió el deceso. Lo encontraron en el campo –dicen- cuando fueron a buscarlo por la noche, después de esperar un gran rato cuando no volvió a la hora que lo hacía normalmente. Estaba acostado, parecía dormido, no se le veía ninguna herida o golpe. Creen que pudo picarlo un alacrán o una serpiente, pero a ciencia cierta no lo saben.

La muerte  hace recordar la fragilidad propia de cada persona, lo volátil que puede ser la vida. Se respira un ambiente de pesar y nostalgia. Todos hablan acerca del difunto, de momentos que compartieron, de cómo era su carácter, de las cosas que le gustaban, en fin, de todo lo relacionado con él.

Afuera en el patio, sigue el bullicio, los hombres forman pequeños grupos y beben ron o tequila, algunos juegan a la baraja, otros simplemente conversan. Algún hombre de la familia del difunto los invita a que a la mañana siguiente muy temprano le ayuden a rascar en el panteón la fosa en donde habrá de descansar para siempre el difunto. En realidad no es necesario que los invite, desde hace muchos años los hombres del pueblo saben cada uno de los pasos a seguir cuando alguien muere. Al panteón irán muchos por voluntad propia es su manera de solidarizarse con la familia y brindarles su apoyo.

Llegan los músicos de la banda de viento, se colocan en un lugar en donde no estorben a la gente que continuamente va de un lado a otro. Inicialmente tocan las mañanitas, tocaran la música que era del agrado del difunto, pero también la que les solicite los familiares y amigos, después de una ronda de una hora, toman un descanso, la familia les ofrece cerveza o  ron, café y pan.

Las horas transcurren lentas, entre sollozos, rezos, música, café, bebida y conversaciones. Los niños juegan tratando de no hacer ruido ni estorbar a nadie. Gente va y gente viene, cerca de la madrugada sólo quedan los amigos y familiares más cercanos. Algunos dormitan sentados en las sillas. Muy pocos soportan toda la noche sin dormir.

Llega el nuevo día, a las seis de la mañana los hombres se dirigen al panteón. Llegan con sus picos y palas. Alguien de la familia señala el lugar en donde deben de rascar. Primero trazan el cuadro y con el pico comienzan a rascar el contorno. Después alguien saca hacia los lados la tierra, se relevan por turnos la tarea de rascar y sacar la tierra. Poco a poco el pozo se va haciendo profundo, entonces encuentran huesos de algún cadáver de hace mucho tiempo fue enterrado en el mismo lugar, recogen los restos y los colocan en una bolsa, que volverá a ser enterrada después de meter al nuevo difunto. A las ocho de la mañana familiares del difunto les llevan café y pan para que desayunen. Al terminar les invitarán a almorzar en casa de don Eusebio.

Llega la hora de llevar al difunto a la iglesia, una hora antes de la misa, todos los familiares y amigos cercanos pasan a despedirse del difunto. Por última vez se abre su caja para que puedan verlo y decir lo que tengan que decirle. Después la gente se forma en dos columnas que irán delante del féretro con las flores abriendo camino. Cuando todos están listos para salir, la banda toca “las golondrinas” canción propia de despedidas. Entonces el llanto se desborda, todos saben y sienten el dolor de la despedida final. Las columnas avanzan lentamente, mientras los amigos van detrás cargando el  féretro. Después la banda de música toca “xochipitzahuatl” canción tradicional que se usa en festejos, “te vas ángel mío”, el tradicional “brinco del chinelo” y otras canciones del agrado del difunto.

En la misa el sacerdote hace reflexionar a los presentes sobre la importancia de estar preparados para el momento en que todos habremos de rendir cuentas al señor, de prepararnos para alcanzar la vida eterna. Pide a los familiares y amigos del difunto que acepten la voluntad de dios y encuentren consuelo acercándose a él. Por último bendice a todos y cuando el difunto es llevado hacia el panteón se escuchan repicar por última vez las campanas para anunciar su partida definitiva.

Una vez en el panteón, cuando las primeras paladas de tierra caen sobre el ataúd, nuevamente el llanto se desborda, un llanto desgarrador que viene desde lo más profundo, un llanto que conecta a los demás con su propio dolor. Poco a poco toda la tierra cubre el ataúd, al final colocan en el lado en que esta la cabeza del difunto (poniente) una cruz hecha de flores y algunas veladoras a los lados. Todas las personas pasan una por una a colocar sus ramos sobre el  montículo de tierra. Al final, algún familiar dirige unas palabras a los presentes, conminándolos a que si alguna vez fueron ofendidos o tuvieron un pleito con el difunto lo perdonen. Agradece a todos su presencia y apoyo y también habla un poco de lo que el recién enterrado significó en su vida y la de su familia. Al final invita a todos a comer a su casa y a acompañarlos a los rosarios que se realizaran a partir del día siguiente hasta coincidir con el día en que murió y que será cuando levante la cruz, simbólicamente esto representa recoger el alma del difunto y llevarla al panteón para que pueda descansar en paz.

De regreso en casa, cuando todos los acompañantes se retiran, en ese momento que se empieza a sentir la ausencia del difunto, cada tropiezo con la ropa o herramientas que utilizaba es un recordatorio de que se ha ido para siempre. No hay rincón en que se pueda escapar a este hecho. Cada lugar trae recuerdos, a veces incluso, parece escucharse su voz o su risa. Pasarán muchos días, antes de que la mente pueda asimilar esta ausencia.

martes, 29 de octubre de 2013

EL FANTASMA



EL FANTASMA

  

Era una tarde de primavera… al menos esa sensación es la que recuerdo. Un atardecer tibio, con los rayos de sol que pintaban el cielo de líneas rosas y naranjas. Los ruidos de los pájaros, de los gallos, de las chicharras, de los perros y los marranos, todo estaba ahí. Era muy extraño, lo conocía todo, pero al mismo tiempo lo sentía todo tan ajeno a  mí, como si nunca lo hubiera visto o como si hubiera estado ausente por mucho tiempo. Tal vez sí. Era eso. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve ahí. ¿Cuánto? No lo sé.


Mi noción del tiempo en aquéllos años era muy vaga, muy imprecisa. No sabía contar las horas, ni los minutos. Para mí los días eran, no la suma de las horas porque no sabía leer un reloj, sino el espacio que hay entre la salida del sol y su puesta detrás de las montañas. Un día era un espacio donde había la posibilidad de jugar, de comer tres veces o más, de ir y venir a donde quisiera. Y en la noche, a dormir sin ninguna preocupación y con la certeza de que mañana habría otro día para seguir jugando. Eso era un día.


Y de pronto hoy, no sé qué ha pasado. Siento como si de pronto supiera cosas que ahora no recuerdo, que se me escapan pero que de alguna manera están ahí dentro de mí. No sé en donde. Tal vez en mi corazón o en mi mente. Están perdidas dentro de mí. Saber que están y no están al mismo tiempo, me produce una sensación rara, de desconcierto. Siento como  si por primera vez me diera cuenta de que estoy viva y tuviera miedo. Me doy cuenta del dolor que puede sentir mi cuerpo. Tengo miedo. Miedo de la posibilidad de sentir dolor.


Me siento débil y el latir de  mi corazón es frágil. Es una sensación que me enfrenta con mi cuerpo. Ahora noto que tengo un cuerpo. Antes también lo tenía. Pero parece que ahora noto que es mi cuerpo. Es un cuerpo que puede dolerme y enfermarse. Siento miedo de mi cuerpo, de su fragilidad. Como si fuera algo ajeno a mí, como si no dependiera de mí. Como si enfermase sin que yo lo quisiera, como si tuviera voluntad propia. Como algo que no puedo manejar ni controlar. ¡Qué extraño! Antes nunca me sentí ajena a mi cuerpo. Ahora es como si mi cuerpo pudiera actuar sin mí.


¿Qué ha pasado en este tiempo en que estuve postrada en la cama? La fiebre tan alta, me hacía verme a mí misma como si estuviera quemándome en el fuego, como si estuviera suspendida del techo, mirando hacia abajo a punto de caerme, sintiendo que podía estrellarme en el piso. ¡Qué angustia más grande pasé en ese momento! El miedo me recorrió cada poro de la piel. Grité aterrada y desesperadamente. Grité que me caía. Y mi madre me contestó que no podía caerme porque estaba en mi cama. Por supuesto, ella no podía verme de la misma manera en que me veía yo. No podía imaginarse que me veía a mí misma suspendida del techo. A pesar del tono calmado de su voz, no me tranquilizó. Por primera vez, sentí que no podía protegerme. Me sentí completamente a la deriva. Vulnerable. Indefensa. Sin nadie que pudiera ayudarme.


Esta es una de las imágenes que llegan a mi mente. No recuerdo mucho. Apenas algunos fragmentos de conversaciones… Los días pasaban lentamente.  A veces medio despierta y con la conciencia del fuego que me quemaba.  Mi cuerpo temblando incontrolablemente y también con mucho frío. Sin saber cuándo era de día o de noche. Escuché voces diciendo que había pasado mucho tiempo desde que enfermé. Mi madre sin saber qué hacer ante la fiebre que no abandonaba mi cuerpo. Tal vez, no había cura para mí.


Inesperadamente, un día la fiebre desapareció.


Me siento en los escalones del cuarto. Me levanté de esa cama después de estar recostada un mes con fiebre muy alta. Ni siquiera recuerdo haber caminado hasta aquí, pero estoy sentada. Por primera vez en mucho tiempo, siento en mis pies el aire fresco de la tarde y veo moverse las hojas de las plantas. Por primera vez, no siento mi cuerpo quemarse. Estoy tan mareada y débil, el cuerpo entumecido. Hace tanto que no estaba de pie, me duele la espalda de tanto estar acostada y mis pies apenas me sostienen. Aún sentada, siento que puedo caerme en cualquier momento, de tan débil que estoy.


Veo que la tarde cae rápidamente. Estaba completamente sola dentro del cuarto, creo que nadie esperaba que me levantara. De pronto siento renacer la vida dentro de mí, sé que estoy curada, pero siento que no soy la misma. Dentro de mí, algo que no veo y no comprendo, cambió para siempre. Después de haberme enfermado y no responder a los medicamentos por muchos días, se cansaron de cuidarme y de esperar una mejoría en mi salud. Mi familia siguió su vida sin mí, se acostumbraron a mi ausencia. Quizás es esto lo que me aterra, nadie esperaba que me levantara. Tal vez, sólo estaban esperando mi muerte.


Ahora estoy aquí como una intrusa, como un fantasma al que nadie espera ver caminando por la casa. Estoy sola en el cuarto y dentro de mí me siento más sola aún. Sin nadie que me cuide, sin nadie que me extrañe. Sin un lugar en mi propia familia, sin el amor de mis propios padres.


Soy ahora sólo un fantasma sin derecho a existir.  Y cuanto más invisible pueda ser para los demás, será mejor para mí, si es que quiero sobrevivir en este mundo donde nadie me necesita. Mis pasos serán silenciosos, mi voz estará siempre callada.


Soy sólo un fantasma.

LA NOCHE INSOMNE



LA NOCHE INSOMNE

                                                                                                          
A lo lejos escucha un ruido intempestivo.

No, no es a lo lejos.

Es ahí mismo, en su habitación, más cerca de lo que quisiera.

A un lado de su cama.


Lentamente toma conciencia del lugar en donde está,

Es su propia habitación.

Abre los ojos con dificultad,

Mientras las últimas imágenes de sus sueños pasan por su mente.


Los párpados se niegan a permanecer abiertos.

Siente una necesidad imperiosa de dormir.

Pero el ruido continúa cada vez más fuerte.

Nuevamente abre los ojos con dificultad.


La luz intensa del foco hiere sus ojos.

Escucha a su esposo sacar libros del librero que está justo a su lado.

Los sacude, los ojea y los vuelve a guardar en su sitio

Sin querer, ya está despierta.


Es una de esas noches en que él no puede dormir.

Desesperado y tratando de ocuparse en algo,

Da vueltas en la habitación,

Revisa libros, habla en voz alta para sí mismo.


Ella le dice que apague la luz y se acueste,

Que no es hora de hacer tanto escándalo.

Fastidiada exige que la deje dormir.

Él tarda un poco en hacer caso.


Después de unos minutos está completamente despierta.

Enojada, porque el sueño se fue de sus ojos.

Él trata de disculparse.

Ella lo mira con furia.


Se levanta y bebe una copa de vino.

Él quiere hablar.

Ella sólo quiere mandarlo al diablo.

Le dice que odia sus hábitos de vampiro.


Le pregunta si le hace feliz robarle sus horas de sueño.

Él simplemente no contesta.

Ella se acuesta y le da la espalda

Trata de relajarse y descansar, pero el sueño no vuelve.


Molesta se levanta a preparar la comida del día.

Son las tres y media cuando regresa a la cama.

Respira profunda y pausadamente…se relaja.

Son las cinco cuando consigue dormirse.


La claridad del día da de lleno en la ventana.

Tiene que levantarse y el cansancio la agobia.

De prisa se viste y desayuna un café con leche

Medio dormida aún comienza su día.


Se pregunta cómo puede vivir con alguien tan distinto a ella.

A veces es casi insostenible.

No sabe cuánto podrá soportar esas diferencias.

Quizás un día, simplemente… no valga la pena.

UNA MUJER EN LA GUERRA


 
UNA MUJER EN LA GUERRA
 
Se aproxima el día de muertos. Los muertos que por breves horas cobran vida. Llegan puntuales a las casas que algún día habitaron. Para que no extravíen el camino, los familiares vivos que los esperan, les marcan el camino con pétalos de flores amarillas, cempasúchil. Una flor especialmente cultivada para este propósito desde hace muchos años por nuestros ancestros. Preparada se encuentra la ofrenda de comida, sobre el altar o una mesa, sobre papel de china picado con figuras alusivas a la temporada. Flores, frutas, veladoras, pan, dulces, mole, bebida, agua, todo lo que era del agrado de los difuntos. Todo para dar gusto al olfato del difunto, porque con sólo el olor el suficiente para saciar su apetito.
Hace años que no ha muerto nadie en mi familia. La ofrenda se prepara en honor de mis abuelos, a quiénes no recuerdo mucho. La lejanía en el tiempo los convierte en extraños. Pero son mi origen, pienso en alguien a quien no conocí, más que a través de los relatos de mi abuela. Esta vez le dedico la ofrenda porque puedo imaginarla luchando por su vida, y le escribo unas palabras.
 
Querida bisabuela.
Ni siquiera sé tu nombre, a pesar de que en algún momento formé pare de ti. Sólo sé que viviste durante los años de la revolución mexicana y que tu vida fue muy dura. Eran tiempos difíciles. Lo poco que de ti sé es porque me lo refirió mi abuela.
Sé que tuviste que correr entre las montañas y el campo, buscando refugio y  protección. Huyendo de los militares, de los hombres revolucionarios y de los bandidos que saqueaban los pueblos y violaban mujeres. Tú, como todas las jóvenes hijas de campesinos tenían que huir para no ser robadas y llevadas a otros lugares lejos de su familia por cualquier hombre. Tratando de no ser codiciadas, llenaban su cara y sus ropas de lodo y tizne para no ser agradables a la vista de ningún hombre.
 
 
En medio de ese caos, de esa vida incierta tenías a tus hijos, así que corriste de montaña en montaña, de cueva en cueva, tratando de esconderlos y protegerlos. Padecieron hambre muchas veces, en tanto que en medio de la desesperación buscaban entre las cercas cualquier cosa que pudiera comerse. A veces hierbas, tortilla dura, maíz, incluso insectos como las cucarachas. Cualquier cosa, que calmara el hambre.
¡Qué incierta era la vida entonces! La gente moría a cada rato. La mayoría de las familias  tenían más muertos que vivos. Hijos sin padres. Padres sin hijos. Mujeres sin sus hombres que habían sido arrebatados para ir a luchar a  la guerra y después simplemente no volvían.
Para sobrevivir en una época donde lo que sobraba era el hambre  y la guerra, huiste, escondiéndote para no ser raptada y violada, protegiendo tanto como podías a tus hijos. Y no era fácil, ¡qué duro debió ser para ti, no tener nada para alimentarlos! Al final sobrevivió sólo uno de ellos; mi abuela. Los demás murieron de hambre, mientras iban de un lado a otro tratando de salvar su vida. Sólo un hijo quedó. Y de ella nació mi padre y años después, yo.
Gracias bisabuela, porque tus obligadas andanzas no fueron en vano. Hoy estamos aquí, tus nietos y bisnietos. Y si pudieras vernos te asombrarías de ver cuánto ha crecido la familia.
Gracias por luchar por tu vida, que permitió la vida mía. Por correr y refugiarte en las montañas, porque gracias a ello, hoy, yo también puedo caminar por ellas. Creo que heredé de ti, mi capacidad de andar y orientarme en ellas con facilidad.
Cuando pienso en ti, veo a una mujer valiente, que no se dejó vencer por la adversidad. Que hizo todo cuanto fue necesario hacer. Que luchó por sus hijos. Cuando pienso en ti, me veo a mí: valiente y fuerte. Lista para correr si fuera necesario.
Gracias por tu valor, por tu entereza. Gracias por no rendirte.
 
Atte: tu bisnieta Atenea

sábado, 28 de septiembre de 2013

EL DRAGÓN DE LA MONTAÑA



Hace muchos, muchos años, en las tierras frías y congeladas de las altas montañas nevadas existió la  más extraordinaria y temible criatura de la que el hombre tenga memoria. En aquélla época la escasa población se distribuía en pequeños grupos, que no tenían contacto entre sí, debido al extenso territorio que los separaba. Y aunque el hombre ya había aprendido a fabricar ciertas herramientas de trabajo y para la caza, aún no se establecía en viviendas. Prefería refugiarse dentro de profundas cavernas naturales. Ahí encontraba el escondite perfecto cuando tenía que huir del más feroz de los depredadores.

Es cierto que durante generaciones el hombre había aprendido a organizarse en grupos para cazar grandes presas como el mamut. Su valor temerario le permitió sobrevivir en un mundo habitado por fieras salvajes. Bisontes y búfalos fueron algunas de sus presas más comunes. Pero un animal lo hacía huir a las profundidades de la tierra: el dragón de montaña.


Durante la época en que la tierra todavía estaba habitada por los últimos dinosaurios gigantes, sucedía que el enorme depredador surcaba los cielos con su  majestuoso vuelo. Su coraza deslumbrante brillaba con los rayos del sol, pudiendo mirarse desde muy lejos. El ruido del batir de sus alas inundaba los valles, provocando la huida en estampida de todos los seres vivos. La violencia de su aleteo ocasionaba un viento que hacía oscilar a los árboles peligrosamente. Su rugido podía escucharse a varios kilómetros haciendo cimbrar la tierra. El ruido que provocaba era un arma que solía utilizar para ahuyentar a cualquier animal que pudiera estar cerca cuando se alimentaba. Girando en enormes círculos buscaba alguna presa para alimentarse. Con enorme facilidad podía atrapar animales que no podían volar, de hecho ninguno de ellos podía competir con él. Tan sólo su tamaño, doce metros de largo, era motivo suficiente para temerle y peor era cuando de sus enormes fauces brotaba un fuego tan poderoso que era capaz de calcinar la roca en un instante. Sólo una especie perteneciente a la familia de los dinosaurios era capaz de enfrentarlo, el tiranosaurio rex. Cada enfrentamiento era a muerte, pero cuando el dragón se sentía acorralado recurría a su arma invencible: el fuego.



Sin embargo, la extinción llegó para los dinosaurios gigantes cuando un asteroide de enormes proporciones cayó en lo que hoy es el continente americano. La devastación fue inimaginable. El sólo impacto provocó una onda expansiva que acabó con millones de seres vivos al instante. Inmediatamente se originaron tsunamis gigantes que cambiarían para siempre la geografía del planeta. La obscuridad fue total mientras el polvo levantado por el impacto y el humo de los incendios, hacían la atmósfera irrespirable para los animales terrestres. Cientos de años tendrían que pasar antes de que la luz volviera a iluminar nuestro mundo. Los incendios   destruyeron y sobrecalentaron el planeta y acabaron con la flora que era el alimento de algunos animales sobrevivientes.


Muy pocas especies sobrevivieron al cataclismo, algunos refugiados en las profundidades del inmenso mar y otros sin que se sepa cómo, en ciertos puntos del planeta, en donde la devastación ocurrió en menor escala. Uno de los sobrevivientes, fue el dragón, quién como algunos de sus parientes reptiles aún era capaz de respirar bajo el agua, por lo que volvió al mar hasta que la tierra nuevamente fue habitable. Cuando regresó a la superficie terrestre,  tuvo que realizar varias adaptaciones para seguir existiendo por miles de años todavía, prolongando su estancia mucho tiempo después de que los primeros homínidos hicieron su aparición en el planeta.


El dragón encontró su nuevo hogar en la alta montaña. Su capacidad de lanzar fuego le permitió procurarse un refugio en las cavernas más elevadas, las cuales podía mantener lo suficientemente cálidas lanzando fuego de sus fauces hacia las paredes de roca. Además, de su ancestro marino había heredado una proteína que le permitía soportar el frío y evitaba que su sangre se congelara. Sin embargo debía procurarse alimento por lo menos cada tres semanas, momentos en que salía de su refugio para ir de cacería. Era entonces cuando ningún ser vivo podía considerarse a salvo. El hombre astutamente aprendió a esconderse, pero aunque se alejaba lo más posible de la guarida de su enemigo, ningún lugar era completamente seguro, dada la enorme distancia que el dragón podía recorrer fácilmente.


 El gigante de los cielos, desarrolló también la capacidad de hibernar durante la temporada del glaciar invierno. Su sobrevivencia era muy difícil y  no existían muchos de ellos, debido a que cada uno requería de una extensión enorme de territorio donde vivir. La mitad de los jóvenes dragones morían en la lucha por el territorio.  Tenían que sobrevolar cientos de kilómetros a la redonda en busca de alimento o de alguna hembra para aparearse, su fino y muy desarrollado olfato fue crucial en ambas tareas.


Llegada la época de celo, la hembra emitía un olor que era percibido a miles de kilómetros de distancia, los dragones macho acudían al llamado sobrevolando desde lejanas montañas.  Vestidos con deslumbrantes colores, azul, verde, rojo y plateado, para intimidar a los rivales y atraer a la hembra, llegaban a la cita. No obstante, con la presencia de otros machos, tenían que pelear para ganar el derecho a aparearse.  La lucha podía culminar en la muerte de alguno de ellos,  Sólo el macho más fuerte se reproducía, mientras que el perdedor si lograba sobrevivir se alejaba, hasta la siguiente temporada de apareamiento, cuando nuevamente volvería a luchar por la oportunidad de perpetuarse.


El vencedor y la hembra realizaban una danza de amor temeraria en el cielo. Se perseguían en uno al otro en un cortejo seductor que podía durar por días. Realizando arriesgadas piruetas y acrobacias, exhibían un cuerpo que demostraba ser más fuerte y ágil de lo que era posible imaginarse, considerando su tamaño y peso. Entrelazando sus extremidades daban veloces giros, y súbitamente se lanzaban en una deslumbrante caída libre hacia el fondo del valle, para levantar el vuelo a escasos metros del suelo. Parte de la demostración de su salud y fuerza física era el lanzar llamas hacia enormes rocas que podían caer en pequeños trozos calcinados. Esto confirmaba a la hembra que el macho era lo suficientemente sano y fuerte para usar su fuego en algo que no era necesario. Después del festín de amor, se separaban y el macho volvía a su propio territorio.


La fuerza y el tamaño hacían que el monstruo del cielo fuera invencible para el hombre, quien generalmente huía aterrado ante su presencia. Sucedía  muchas veces que arrebataba su botín a algún grupo de cazadores, que al notar su aparición en lo alto del cielo corrían a buscar refugio. Sus rudimentarias lanzas y cuchillos de obsidiana no podían causar daño en la gruesa piel escamada del dragón, cuya dureza la hacía tan impenetrable como la misma roca. Miles de años pasaron huyendo de esta fiera, y miles de hombres murieron antes de que pudieran comenzar a conocer sus hábitos y a encontrar la manera de acabar con él.



A pesar de que por mucho tiempo huyeron de la bestia, aprendieron a observar sus hábitos desde la lejanía. Asombrados, miraban el fantástico y osado ritual de cortejo escondidos en las cavidades de las rocas. Después, veían que por algunos años, la hembra se dedicaba al adiestramiento del polluelo en el vuelo y la caza. Siete años aproximadamente duraba el entrenamiento, hasta que finalmente lo lanzaba a buscar su destino cuando su coraza de escamas comenzaba a adquirir coloridas tonalidades.


Como hábiles cazadores que eran capaces de rastrear y abatir grandes manadas, los hombres, planearon la forma más efectiva de emboscar al terrible rival. Se percataron de que ello sólo podía ser posible en el momento en que la hembra se encontraba más vulnerable: cuando estaba dedicada a empollar los huevos o durante la crianza, porque era un proceso que realizaba sin la ayuda del macho. De este modo, dado que el hombre no podía vencer a la bestia adulta, encaminó sus esfuerzos a realizar el exterminio desde la cuna.


Como todo mundo puede imaginarse, la  hembra tenía que mantener calientes a los huevos. Algunos reptiles entierran sus huevos en abono activo para aprovechar el calor. Pero para la hembra dragón la tarea era más difícil en las montañas en donde todo está congelado siempre, debía utilizar otros recursos. Para ello, apilaba cuidadosamente los huevos entre rocas que no fuesen demasiado grandes y pesadas como para romperlos. Aunque esto era poco probable, debido a que el cascaron era tan grueso y resistente, que sólo podía abrirse, cuando se aplastaba con un fuerte golpe entre dos rocas.


La madre llevaba un constante y cuidadoso control de la temperatura, gracias a unos sensores ubicados en la lengua que le permitían saber cuando esta bajaba demasiado. Entonces lanzaba fuego al montón de rocas, las cuales retenían el calor y lo liberaban lentamente. Tenía que mantener una temperatura estable sobre los huevos, para que los embriones no murieran y pudieran completar el proceso de incubación.


Gracias al calor que absorben las rocas, podía lograr su objetivo, sólo que para ello tenía que estar constantemente calentando las rocas día y noche. Su tarea hacía que fuera necesario alimentarse con cierta frecuencia para que la digestión de la comida produjera el gas que le permitiera lanzar fuego de sus fauces. Pero ir de cacería no era fácil, al mismo tiempo que debía estar cerca del nido tanto para mantener la temperatura, como para protegerlo de los depredadores. Y aún con todo su empeño y dedicación no siempre lograba su propósito. No ponía a incubar más de dos huevos a la vez, aunque lo más común era que sólo lograra eclosionar uno.


Durante mucho tiempo, el principal depredador fue el mismo macho de su especie, quien para eliminar la competencia de aparearse podía comerse los huevos o a las mismas crías recién nacidas. Por lo que la hembra tenía mucho cuidado de guardar en secreto el lugar en donde mantenía incubando sus huevos. A veces,  también la hembra debía luchar con el mismo padre de sus hijos para protegerlos y aunque generalmente ella era más grande de tamaño, la debilidad por no alimentarse durante días enteros, en ocasiones la hacían perder el combate.


Como sucede con los reptiles actuales, lo huevos que son incubados a mayor temperatura dan nacimiento a bebés macho y los de menor temperatura a hembras. Quizás, por la dificultad de cuidar el proceso de incubación y conseguir alimento al mismo tiempo, comenzaron a nacer más hembras que machos, creando un desequilibrio que puso en peligro la sobrevivencia de la especie. Así que la población de animales disminuyó drásticamente, situación que sin duda, ayudaría al hombre a ganar la batalla a su gigante rival.


Cuando las criaturas nacían, la hembra permanecía todavía algunos años a su cuidado. Debía procurarles alimento y calor mientras crecían y adquirían fortaleza para aprender el vuelo. Así iba y venía trayendo comida en el estómago, la cual regurgitaba en la boca de sus hijos. El primer vuelo de estas criaturas se realizó siempre desde los más altos acantilados. Después venía la etapa de enseñarles a cazar y producir el fuego de sus fauces.


De esta manera, después de una cuidadosa observación y con el tiempo, llegó la ocasión en que el hombre descubrió estos refugios en lo más alto de alguna montaña, donde el acceso era casi imposible. Los guerreros más intrépidos escalaron los altos y resbaladizos muros de hielo hasta llegar al nido, y ahí esperaban pacientemente a que la hembra saliera en busca de comida. Y cuando ello ocurría, aprovechaban para destrozar los huevos o asesinar a las criaturas aladas recién nacidas. No obstante la ausencia de la madre, el extermino de las criaturas no se hacía más fácil pues el instinto de supervivencia las hacía luchar ferozmente, aunque su incapacidad de lanzar fuego a tan corta edad, las hacía más vulnerables. Finalmente el trabajo en equipo y su gran habilidad de cazadores aunado a sus rudimentarias armas, lograban la diferencia cuando la madre no estaba y no llegaba a tiempo para defender a sus criaturas.


A través de todos estos años, el dragón se convirtió en objeto de veneración. Su cualidad única de lanzar fuego hacía que los hombres lo llamaran el demonio de la montaña. El dominio visual que tenía desde las alturas, le hacía sentirse al hombre, en peligro constante. No había ningún ser al que le temieran más. Creían que cuando un dragón miraba a los ojos a un hombre lo paralizaba y era capaz de adivinar sus pensamientos y anticiparse a cualquier ataque.


Cuando los hombres ubicaban un nido, se preparaban para una expedición de la que sin duda, algunos no volverían. Entre todos, afilaban y reforzaban sus armas. En aquélla época, habían logrado hacerse de algunos colmillos que recogían de los dragones caídos durante el combate con rivales de su misma especie. Su resistencia y tamaño, de 25 centímetros de largo, los hacían ideales para ser usados como puntas de lanzas. Sólo con ellos habían logrado atravesar la acorazada piel, que era muy resistente, aún en las criaturas pequeñas.


El grupo danzaba alrededor del fuego en los días que duraba la preparación de las armas. Al mismo tiempo, entonaban cánticos  para implorar su protección y ayuda para la batalla. Mientras tanto, de en medio del bosque salía un hombre con lengüetas de fuego pintadas en el rostro y que vestía una capa hecha de escamas. En representación del monstruo, con furia, desparramaba y pisoteaba la fogata. Los guerreros lo perseguían por un tiempo, volvían a encender el fuego y simulaban lanzarlo a él. Tenían la firme creencia de que sólo el poder del fuego podía vencer al fuego del dragón, y quizás, fue el momento en que éste se convirtió en el dios que posteriormente venerarían varias tribus.


Numerosos fueron los combates que tuvo que realizar para acabar con el más temible de sus enemigos, tal vez, el único que podía haberlo exterminado como especie. Los pocos enfrentamientos directos que el hombre llegó a tener, fueron con la madre cuando enseñaba a cazar a sus hijos. Su necesidad de protegerlos la hacía vulnerable, pero después de intentarlo varias veces, los cazadores comprendieron que no podrían vencerla, aunque sí consiguieron en ocasiones, arrebatarle a sus criaturas. Muchos hombres murieron completamente destrozados, aplastados y calcinados. La piel de sus rostros a veces se fundía como la cera, haciendo desaparecer sus rasgos o convirtiéndolos en seres deformes y grotescos. Estremecedores gritos de dolor brotaban de la boca de los más valientes, en medio del arrasador fuego que los consumía vivos. Si algún hombre lograba sobrevivir, lo cual era poco probable, era considerado un ser especial, como un vencedor del fuego. En gratitud, por su valor de enfrentar al monstruo y liberarlos de él, la tribu solía hacerse cargo de su cuidado hasta el final de sus días con veneración y respeto.


Pasaron miles de años antes de que el hombre pudiera encontrar los nidos de dragones, pero cuando ello ocurrió, no hubo piedad para las criaturas. Los aguerridos hombres, determinados a vencer a su enemigo mortal, entraban sigilosamente a la guarida. Con furia enterraban sus armas sobre el cuello del pequeño dragón, quien en medio de la desesperación y dolor, lanzaba golpes a sus atacantes. Muchos cazadores murieron aplastados por alguna de las extremidades, o del golpe de las alas de su víctima. El ataque continuaba hasta que el cuerpo estaba completamente inerte. Los vencedores tomaban como trofeo los pequeños dientes de la criatura, con los que después se hacían un collar para celebrar su triunfo.



En alguna cueva de una de las montañas más altas, todavía yacen los restos de estas criaturas, cuya madre no pudo salvarles. Congelados en temperaturas bajo cero, yacen también los cuerpos de los hombres que murieron en el combate. En algún lugar, muy oculto, se encuentran también los huevos de dragón que nunca eclosionaron y que algunos guerreros se atrevieron a robar para asegurarse el éxito en sus batallas contra los animales.


Los hombres, por mucho tiempo, transmitieron a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, el recuerdo de su temible enemigo. Y por cientos de años todavía, no se atrevieron a construir sus viviendas a cielo abierto a pesar de que podían hacerlo.  Su gran temor a ser un blanco fácil para los dragones los mantuvo en las cuevas, hasta que la existencia del demonio de la montaña, comenzó a ser una leyenda.


Sólo cuando estuvieron completamente seguros de que los animales gigantes no volverían a surcar los cielos, los hombres decidieron abandonar las cuevas e iniciaron la era de la agricultura con la domesticación de las plantas y los animales.


Desde entonces, vagos recuerdos se transmitieron de generación en generación, sobre un animal que hoy todos creen que es producto de la imaginación del hombre. Las evidencias son difíciles de hallar. Las cuevas que un día habitaron, no son lugares a los que el ser humano actual pueda acceder y visitar. Pero congeladas en el tiempo, están las pruebas de su existencia, y de la batalla librada con el más terrible enemigo que el hombre haya tenido jamás. El titán alado, en un sueño invernal eterno, espera a ser encontrado.